martes, 31 de mayo de 2016

ENGAÑABOBOS

(Claire Harvey)

Me imagino que en otros países también pasará lo mismo, aunque también me imagino que en Francia, en Inglaterra, en Australia... en naciones con un nivel cultural alto en comparación con el nuestro, el fraude no acontecerá en unas proporciones tan desorbitadas. ¿De qué les estoy hablando? Del engaño. Del engaño sistemático y programado como forma de vida.

A la gente, en concreto a los españoles, le gusta que les engañen. Tal cual ¡les encanta! Siendo la de la altivez, venga o no cuento, una de las señas de identidad de nuestro pueblo -y no se trata tan solo de una apreciación mía porque el conjunto de nuestros vecinos coincide... a la hora de poner de relieve nuestro mayor defecto... por juzgarnos así: arrogantes o, incluso, soberbios- y concurriendo que el provecho de la sapiencia requiere, lo primero de todo, de la humildad del cavilante, llegaremos a la conclusión que esta es tierra abonada para los parlanchines, los dorapíldoras y los vendedores de humo.

El español, siempre en guardia para que no se rían de él, para no hacer el rídiculo, termina convirtiéndose con su actitud recelosa, y un tanto esquiva, pero llena de candor dogmático, en presa gustosísima para los vividores. No es algo nuevo, desde antiguo ha venido sucediendo así, la pena es que el arco de la curva de tendencia no decline. El truco, es obvio, consiste en implicar al engañado en el embuste, la treta más común entre los filibusteros. Esto se traduce, hoy por hoy, en conseguir que este pague una pasta por ser engañado, que la mentira le cueste dinero, ya que, en este caso, muy pocos se avendrán a reconocer que los han tomado el pelo arriesgándose a pasar por tontos ante los demás. Cuanto más pagues por la trola, más se afanará tu menoscabado orgullo en transformarla en certeza y más feliz terminarás por considerarte a la culminación del truque.

 (Kay Althoff)

Les sugiero entonces a los políticos, a todos, si quieren terminar con las críticas acerbas hacia sus personas, con las querellas, las denuncias, y demás cosas por el estilo que tan desagradables tienen que resultarles a los pobres hombres, que le cobren a la ciudadanía -a imagen de lo que hacen otras élites profesionales de indudable renombre: abogados, cocineros, economistas, sociólogos... a la hora de prestar sus servicios- un estipendio por votar, pongamos que doscientos (200) euros para las "legislativas" y cien (100) en lo que respecta a las "autonómicas" y las "municipales" (las"europeas" irían de "free bonus" con el combo completo al no ser objeto, su resultado, de demasiadas desafecciones), y van a ver como así, la gente dejaría de dar el coñazo, de increparles, y se conformaría con lo que les toque. Incluso con una sonrisa profidén instalada en el rostro.

Los jerifaltes del mercado no son ni especialmente inteligentes ni especialmente perversos ni especialmente metódicos. Ni sus estrategias de marketing se diseñan con unas complejísimas variables cuya comprensión sólo alcanza a unas pocas mentes privilegiadas reunidas en conciliábulo, ni sus estudios de campo se basan en unos conocimientos exhaustivos de los hábitos de los consumidores urbanos llevados a cabo por eminentes eruditos. Son única y exclusivamente unos vivos, unos jetas, unos tunantes, que han asimilado sin el menor problema ¡al punto de aceptarlo como justo! la paradoja consistente en que a la gente le gusta que le engañen, y que... a más, a más... cuando ha tenido que pagar, por ello, una hipotética sospecha de fraude va a tornarse casi siempre en complacencia de favor.


viernes, 27 de mayo de 2016

QUIZÁS

(Loui Jover)

¡Llámame! No te reprimas. Sé que a veces me consideras vanidoso. Otras, irritante...

¿Ya cuelgas...? ¿Qué sientes...?

"Relax. El relax suficiente para no querer volver a verte" me has dicho.

Te conozco y sé que es eso lo que sientes. Agarro uno de mis papelotes, lleno de notas y tachones, y escribo: "Te conozco y sé que es eso lo que sientes ". Hago sonar "White Shoes", de Marie Danielle, e intento escribir algo parecido a la letra fallida de una canción de amores malogrados. 

Quizás.


martes, 24 de mayo de 2016

INFLUENCIAS e INFLUENZA

(David Levine)

Leo en el blog titulado "Un Libro al Día" del que últimamente estoy muy fan, probablemente porque presienta que sus autores (se trata de un blog colectivo) se hallan en la senda correcta, justo la que esquiva las enlodadas praderas del buenismo, descubro en este blog... les estaba diciendo, me iba ya por las ramas, una relación de novelistas que el celebrado escritor argentino Patricio Pron reconoce, de propia voz y en exclusiva, como influyentes en relación con su último libro "No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles". Cita Patricio, exactamente, a: Ezra Pound, Jorge Luis Borges, Thomas Bernhard, Roberto Bolaño, Georges Perec, Julien Gracq, Marcel Duchamp, Felix Philipp Ingold. Kurt Vonnegut, Jr… Y, tras releer todos esos nombres, yo no he podido dejar de especular en relación con algo que ya he valorado otras veces. Ahora verán que es. Aunque los que vienen siguiéndome desde hace tiempo, probablemente estén ya imaginándoselo.

Analizando únicamente a los "integrados" -de la conocida dicotomía entre estos y los apocalípticos, popularizada por, el recientemente fallecido, Umberto Eco- he dado en calificar a los miembros de dicha categoría de creadores en tres grupos distintos.

Por un lado están aquellos, cuyas sensibilidades y preferencias éticas, estéticas y hasta psíquicas se ajustan como un guante a los requerimientos que imponen las modas y tendencias decretadas, en esos precisos momentos, por el establishment. A estos son, entre todos lo integrados, a los que menos mérito les veo, ya que, cuando escriben, actúan naturalmente, libremente... Y la narrativa, en lo básico, consiste en fingir. Más o menos.

Están los que, atizando a su alrededor palos de ciego, a tontas y a locas y sin saber muy bien de donde les viene el aire, consiguen subirse al carro de la moda. Son bastante entrañables. Como ese señor de pueblo que se endominga para ir a los toros, y del que todo el mundo opina, aunque no lo diga, que va hecho un cuadro el pobre hombre.

Están por último, los que se adscriben al sistema con ciertas reticencias y, como les da cierto apuro lo que han hecho, escriben como si trataran de descabalarlo, pero como también les da cierto apuro que se caiga, porque el sistema es el sistema y ellos han conseguido colarse en él, al final lo que hacen es apuntalarlo, aunque intenten aparentar lo contrario. Estos últimos son los que están hechos un lío y, a su vez, escriben cosas muy confusas, también.

(David Levine)

El señor Pron, citando a todos esos autores que relaciona como asumidas influencias estilísticas, parece cabalmente encuadrable, y mira que me ha chocado que sea así, dentro del primer grupo. El tío tiene que estar poco menos que encantado de haberse conocido escribiendo para el lector hispanohablante en este arranque -ya menos arranque- de centuria. ¡Cojones, si parece la alineación del mundial de Diego! ¡Pound de arquero! ¡Borges por el lateral diestro! ¡Centrales: Berhard y Bolaño! ¡De defensa izquierdo, Perec!... y así sucesivamente. No falta ni uno. Ingold, del que he de reconocer que no tenía noticia, cabe que sea el segundo entrenador o el fisioterapeuta.

Vaya... que, de uno en uno o, incluso, de dos en dos, el asunto podría tener su aquél. Pero así... todos seguidos, uno detrás de otro, a mí se me acaba hasta el aire. "¡Arghh... que me asfixio!"

Si esto fuera música, y no literatura, sería más o menos como la lista del Rock de Lux de lo más guay del indie. Le preguntan a uno de, pongamos por caso, que no lo sé, "Love of Lesbian" "¿Cuales son las influencias del grupo?" y el tío contesta: Arcade's Fire, The National, The Black Keys, Mark Lannegan, Arctic Monkeys, Neutral Milk Hotel, Nick Cave, P J Harvey y Radiohead. Con dos cojones. Y el que se mueva... ¡si no sale en la foto que se aguante!

Y no es eso. No es eso.

Todo lo cual me lleva a preguntarme al final -¿admiración, envidia, estupor...?- ¿Cuales habrán de ser las dotes persuasivas, empáticas, encantadoras, subyugantes, de las que se hallan provistos todos esos gurús culturales capaces de lograr convencer a la gente de que Nick Cave canta bien, de que George Perec es un tipo rebosante de ingenio, capaces de conseguir que un escritor con personalidad propia, como Patricio Pron, haga suyos todos y cada uno de los dogmas de su archimanida catequesis?.

A mí, la lista de Patricio -o de quien sea: que parece hecha a medida del "perfecto moderno"- hace que me suba la temperatura. Palabra de honor.


viernes, 20 de mayo de 2016

CRONICAS MARCIANAS

(Rudolf Kurz)

¿Podemos fiarnos de los sueños?

Sí. Aclarar, que no voy a referirme a ningún tipo de adivinación, de predestinación, sino, más verazmente, a un... a modo... de inspiración, o, mejor todavía, de sugestión.

No son pocas las ocasiones, en las que hallándome yo completamente dormido, o eso creo, ha aparecido por mi mente una imagen fugaz, una idea, incluso una frase, que, con el despertar, me ha servido de pauta para empezar a escribir una historia. A veces, la frase figuraba transcrita a mano, en un papel. No les hablo de algo demasiado concreto, como podría serlo el cuadro intensamente iluminado de un museo, que, a poco que te lo propongas, habrá de permitirte explayarte a tus anchas, frente al teclado del procesador de textos, describiendo todas y cada una de las peculiaridades expuestas en el mismo con la mayor minucia. No. A lo que me estoy refiriendo es a una historia que ya existe, una historia que vive a su aire fuera de mi cabeza, pero que, en mis ensoñaciones, viene a ser algo más o menos parecido a esas imágenes borrosas y sincopadas que captan las cámaras de seguridad de los comercios. En mis sueños, hay veces, la mayoría, en las que solo aparece un lugar, un escenario, un espacio lleno de objetos, pero hay otras, más raras, en las que también figura una persona -sí, por lo general es sólo una- recorriéndolo. Estas secuencias son justo las que, a mí, más me interesan. Vean:

Hay un hombre, vestido con un abrigo de paño, sentado a una mesa de un café. Da lo mismo el color del abrigo. La mesa es pequeña y tiene posadas encima unas cuartillas. Encima de las cuartillas figura un bolígrafo. La mesa se halla colocada junto a unos ventanales que recorren el piso de arriba del café. En efecto, el local tiene dos pisos. O tres, si contamos el altillo donde se encuentran, el uno junto al otro, los cuartos de baño.

Desde esos ventanales se puede ver, a poco que gires el rostro, la plaza principal de la pequeña ciudad de provincias de la que, precisamente, ese café, un poco triste y desangelado pero garante aun de cierto intelectualismo entre liberal y sicalíptico ya en franco declive, constituye uno de los mayores alicientes para las señoras dicharacheras, los jóvenes confusos y los escritores frustrados. Abel es uno de estos. Abel se sienta todas las tardes, ya casi de noche, junto a la cristalera, en alguna mesa libre, para leer un rato el libro que, en esos momentos, tenga entre manos, y echarle, entre página y página, y sorbo y sorbo de café con leche, lánguidas y escépticas miradas a la plaza. También acostumbra a tomar notas.

(Ferdinand Hodler)

A Abel le gusta ver como anochece. Y, aunque a veces disfruta cuando algún parroquiano, viejo conocido, y hasta podría ser que remoto amigo, se anima a sentarse con él y compartir mesa y plática, prefiere por lo general estar solo. Sí, lo tiene que reconocer, eso es lo que más le complace, quedarse solo: haber permanecido primero, unos cuantos minutos, parloteando con alguien de alguna bobada y tomándose el pelo un poco el uno al otro, y recobrar luego, de inmediato, como en un milagro laico y sencillo, su soledad. Un placer a su alcance: no tiene a nadie esperándolo en casa, y, no sabe si ya por costumbre o por verdadera afición, es siempre uno de los últimos clientes, o incluso el último, en abandonar el local.

Esa noche no está del todo tranquilo y, de vez en cuando, consulta su reloj.

Levanta el bolígrafo y escribe: “...por fin veo surgir la figura de una mujer desde el lado opuesto de la plaza. Al principio no sé si es ella. Son nueve años. Nueve años sin vernos. Ha tenido dos hijos con otro hombre. Ella. María. La mujer sostiene un paso decidido, juvenil, mientras atraviesa el terrado. Cuando se detiene junto al kiosko de los músicos, un ligero sobresalto abomba mi pecho. ¡Sí, es ella! Apuro el café con un último sorbo. Alzo el cuello de mi abrigo y... sonrió. Sí, es ella”.

Abel vuelve a mirar hacia la plaza una vez más. Van a dar las once y no se ve a nadie por ninguna parte. No hay ninguna mujer, frágil y bonita, esperando de píe, junto al kiosko de música, la llegada de ningún amante.

Recoge todas sus cosas despacio -las cuartillas y eso...- y, con un gesto imperioso de la mano, le transmite al camarero -Anselmo Cifuentes: merengón, diabético y medio gitano. A punto de jubilarse- que ya ha satisfecho la cuenta.

Mientras desciende por las escaleras de dos en dos, sorteando los manchurrones de serrín pringoso, le echa una nueva mirada al Seiko. “Crónicas Marcianas” tiene que encontrarse ya, en esos momentos, a punto de dar comienzo.


miércoles, 18 de mayo de 2016

EL VIGILANTE DE LOS SUEÑOS (para "N")

(Maggie Taylor)

Por las noches, cuando me desvelo, me gusta tocar tu espalda con la mano
y comprobar que estás ahí, que no te has ido.
Percibir el pulso de tu espíritu en silencio,
entrelazado con el mío, aliento con aliento,
bálsamo bienhechor de mis vigilias.

Tus sueños ¡tan reales...!
... según me cuentas ¡tan poco proclives al absurdo!
Mis vigilias tan locas, tan perversas algunas,
que sólo tu cariño
es capaz de encerrarlas dentro de sus arcones.

El rastro de tu sueño
conduce a mis desvelos al reino de la calma.
A la ternura.
¿Qué sería de mi paz si te hicieras ausente?
¿Si, en lugar de dormir,
te figuraras presa de las preocupaciones y el desánimo?
Por eso te vigilo, amada mía,
presto a tomarte de la mano si despiertas,
camino de los cielos o el infierno, donde sea,
ya que pienso que el mal, hasta las mismas pezuñas del diablo, 
habrá de convertirse en miel, y plenitud,
si estamos juntos.


martes, 17 de mayo de 2016

ESCRIBIR. PERSONAJES (esos adorables capullos)


A la hora de escribir una novela no conviene darles demasiada libertad a los personajes, como personajes que son -no son un río ni una montaña- lo que ellos buscan es emanciparse de tu voluntad y tomar, por su cuenta, las riendas de la trama. Entonces... no permitas que campen a sus anchas por la narración, so pena de que seas tú el que acabe irremisiblemente convertido en personaje de ellos.

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A la hora de escribir una novela debes procurar que cada protagonista de tu historia hable su propia lengua. Los sentimientos de todos ellos van a poder ser muy parecidos, pero no así sus motivaciones. Tampoco debe serlo su manera de expresarlas. En este aspecto, la novela, que es irrealidad, debe ir un paso por delante de la vida, a todas luces más prosaica.

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Los niños no pueden hablar como los adultos, ni, menos aun, sentir como ellos. En los niños, la hipocresía no ha venido aun a sustituir a la mentira, y... ni su limitado conocimiento del lenguaje ni sus escasas experiencias vitales... les van a permitir expresarse como sus mayores. En este sentido, la obra de Agota Kristof es un puro despropósito.




Cuando la novela esté escrita en tercera persona, los personajes no deben ser el narrador, ni, como resulta obvio, el narrador, los personajes. Los personajes no pueden “decir” y “sentir” como la voz que los perfila. Pero es que tampoco está última conviene que sea la del escritor.

Solo los escritores egregios ¡los grandes farsantes de la historia mundial de la literatura! han conseguido, con éxito, esto último.

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No se puede hacer costumbrismo con filósofos, porque no es verosimil. Igual que es realmente difícil que cohabiten tres personas verdaderamente brillantes en un mismo cuarto, debería serlo que lo hagan tres personajes de ese cariz en el mismo capítulo.

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Eso sí, trata siempre con cariño, con infinito cariño, a tus personajes, aunque sean unos libertinos,  unos perfectos bribones o estén locos. Ya que no habrán de ser pocas las ocasiones en que, atentos todos ellos a los paulatinos sucesos de la trama, acudirán prestos a echarte una mano y sacarte del atolladero de la falta de inspiración. Cuanto mejor, más concienzudamente, más sinceramente, les configures tú a ellos, más probabilidades tendrás de que ellos se decidan a acudir en tu ayuda en esos comprometidos lances.



sábado, 14 de mayo de 2016

LA ESTIMULANTE LEVEDAD DE ESTAR. Diarios de Iñaki Uriarte (Tomo II)


Siguiendo a vueltas con los “Diarios” de Iñaki Uriarte, el segundo tomo lo terminé de leer hará como cosa de un mes, desgrano, aquí, estas nuevas impresiones:

Iñaki va cumpliendo años, como todos, y su vida va discurriendo con tranquilidad, y sensatez, por unos cauces que no me atrevería yo a calificar, de atenernos al propio testimonio del interesado, como desagradables: largos paseos por Bilbao, su lugar de residencia, reencuentros con San Sebastián, en la que transcurrió su infancia y su primera juventud, frecuentes estadías para ponerle distancia a lo cotidiano en la playa de Benidorm, donde manifiesta encontrarse a sus anchas ¡incluso en el mes de agosto!, esporádicas escapadas al sur de Francia para recargar baterías... En resumen, que no se puede quejar el tío Iñaki. Y no lo hace. De hecho, todo lo que nos cuenta, lo expone con una cálida presencia de ánimo que, al lector, ha de resultarle bien reconfortante.

Esa, entre otras, es una de la mayores virtudes del libro. Se trata de un libro, o al menos así lo interpreto yo, escrito para que el lector esté a gusto leyéndolo, un libro en el que, si Iñaki te lo propusiera, y su gato... Borges... supiese comportarse, no te importaría quedarte a vivir una buena temporada entre sus páginas. Además, estoy convencido de que el casero no iba a incordiarte lo más mínimo. Porque es alguien que va a lo suyo. A su aire. Y, a este otro detalle, supongo que el lector también podrá sacarle algún provecho.

De su persona, nos revela Iñaki una prudente moderación en las afecciones. Y, lo mismo, en las desafecciones. Como él bien se ocupa de aclararnos, si saca entre sus páginas a algún famoso lo hace para darse pote, para fardar un poco, pero en el fondo, y hasta en “las formas”, parecen hacerle más gracia y provocarle una simpatía mayor, la gente anónima, de la calle, o aquellos... entre sus conocidos... que han llevado una vida común y corriente al margen de cualquier notoriedad mundana, que las que le causan esas pequeñas, o no tan pequeñas, celebridades de los ámbitos de la política y la literatura españolas que él ha tenido oportunidad de tratar y de las que, de tanto en tanto, nos va chivando alguna anécdota. En una época como esta, de fugaces y cuestionables victorias, ese descreimiento de Iñaki ante “la verdad”, ante “el triunfo”, nos debería resultar aleccionador cuanto menos.

(Aylin Sen)

La conclusión a la que se podría llegar después de todo lo expuesto, es que nos hallamos, nada más y nada menos, que ante un gentilhombre ilustrado en pleno siglo XXI, una especie de posthippy vocacional integrado a su aire en el sistema (un poco a trasmano) con un abanico de inquietudes de lo más variopinto, bastante poco aparatosas todas ellas, que, sucesivamente, van a ir apareciendo a lo largo y ancho de sus crónicas. Y todas esas opiniones, reflexiones, anécdotas con las que Iñaki se despacha sin perder en ningún momento el sentido del humor -un humor "sui generis" marca de la casa: contenido y cordial- a nosotros, sus lectores, nos van a poder sugerir, según el caso, desde escepticismo a resignación, desde placidez a ternura. Cabiendo que nos provoquen incluso, y solo excepcionalmente, cierto estado de confusión mental ante las peculiaridades presentes en el hecho analizado: se toca tangencialmente entre otros muchos temas, si bien al margen de cualquier dogmatismo, ya podrán imaginárselo de todo lo expuesto hasta el presente, la, llamada, "cuestión vasca". 

Mas, en general -y este, sin duda, es otro acierto más de “Los Diarios”- acaso por lo que se cuenta (asuntos a los que casi todos hemos dado alguna vez unas cuantas vueltas en nuestras cabezas) o incluso con mayor motivo, creo, por el tono empleado al hacerlo (coloquial e íntimo, bien que poco proclive a efectistas sentimentalismos) lo que los lectores vamos a encontrar casi siempre gracias al texto, sin que casi nos lleguemos a apercibir verazmente del detalle, es el tibio placer de la empatía. ¡Un placer de humanos!


martes, 10 de mayo de 2016

EL AZOTE DE LO CURSI

(Haven Kim)

Hablaba Baroja, don Pío, no me acuerdo si en "Las Noches del Buen Retiro" o en sus memorias "Desde la Ultima Vuelta del Camino", aunque lo más probable es que fuese en los dos sitios, de la aversión que se dio en su día, en España, digamos que en determinados círculos sociales medianamente ilustrados, por "lo cursi". Ser "cursi" era, en tiempos decimonónicos, lo peor de lo peor, y casi todo lo que hicieras o dijeses, podía, fatalmente, ser catalogado de cursi. Sin negarles esa característica a sus compatriotas, el escritor daba un paso adelante, como le correspondía, esto es obvio, y, a su vez, venía a considerar igual de "cursis", o todavía más, a muchos de los que se ufanaban descalificando a sus homónimos como tales. En resumen, que a finales del XIX, la España "cultivada" era, a juicio del pensador donostiarra, un hervidero de "cursis" e, incluso, la "popular" (ahí están si no: los sainetes, el refranero, esos remoquetes castizos tan de la época... para dar cumplida prueba de ello) tampoco se libraba de serlo.

Por mi parte, mucho me temo -hoy ya en pleno siglo XXI, con internet, windows y todas esa parafernalia de nuevas tecnologías de la información y de la comunicación marcando (impertérritas y ecuménicas) los rumbos nuevos del progreso- que continúa siéndolo. Acaso, incluso, últimamente, se haya podido acentuar con renovados bríos esa cursilería -ya saben, la clásica teoría del péndulo- y, tras unos tiempos pasados de cierta moderación: sobre todo los años setenta y primeros ochenta, el nuevo milenio haya venido a volver a deparárnosla de manera abrumadora, y, lo que resulta ser más doloroso, boyante. ¿No nos hallaremos, tal vez, ante un rasgo llamémoslo congénito -o, por lo menos, atávico- de nuestra idiosincrasia? ¿De una servidumbre emotiva que es innata a los usos y costumbres de los españoles como entramado social?

Podría ser. Lo cierto es que los jóvenes relamidos dan como penilla. Son el reflejo, más tierno, de una realidad inquietante. Nos alertan de que por mucho internet, y muchas hostias que haya, y muchos idiomas que se sepan (algunos), los españoles seguimos siendo bastante de lo nuestro, y que lo nuestro es "lo cursi", lamentablemente. No sé si me entienden.


Expongo el caso, tanto por lo representativo del mismo como por tratarse de un asunto que puedo presumir de conocer bastante bien. Veamos... en la actualidad es posible encontrar en la red un buen surtido de blogs en los que se reseña la narrativa que se está fraguando, aquí y ahora, por nuestros nuevos literatos. Me voy a referir, específicamente, a uno de estos blogs, uno muy concreto, "La Medicina de Tongoy", en el que, fíjense que curioso, a veces los propios escritores acostumbran a materializarse, cuando se debate sobre sus libros, para -como si se tratara de una joven madre con su desvalida prole- defender, a sangre y fuego, su pericia.

Leo ese blog, todas sus entradas, porque no me quiero perder la retranca ¡cien por cien marca de la casa! con la que su responsable, Carlos Tongoy, sabe salir airoso de todas las situaciones, sin apenas despeinarse ...ejeem..., y poniendo a cada cual en su sitio. Por mi parte, aunque participo en los comentarios con asiduidad, únicamente de manera esporádica... y con un comedimiento y mesura de los que por lo general no acostumbro a hacer gala en otras pautas de la vida... me he decidido a cuestionar -y siempre desde el punto de vista de las formas que no del de las ideas- los escritos de todos esos descollantes creadores noveles a los que me vengo refiriendo.

En esas contadas oportunidades, los aludidos me han atizado ¡hombre claro, no iban a quedarse quietos! Pero me han atizado mal, sin gracia, de manera desabrida, pueril, poco ingeniosa. Lo mismo ha sucedido con sus seguidores, cuando han querido intervenir para hacerse eco de las palabras de los otros, se han revelado asimismo incapaces de desenvolverse con una cierta ironía, con un mínimo sentido del humor. Muy al contrario, unos y otros, no han tenido el menor empacho en ejercer de oficiantes corrientes del tópico y la vulgaridad. Y todo esto lo han hecho, todos ellos y en todas las ocasiones, en unos términos y mediante un tono decididamente cursi. Desaforadamente cursi. ¡Qué lástima! 


Así andamos, mis admirados, con la cursilería campeando por sus fueros, imponiéndose a la naturalidad, sojuzgando a la sencillez. Porque si existe un denominador común en todos esos textos, extractados por Tongoy para ilustrar sus posts, un nexo principal que los aglutine, este no va a ser el de que resulten sosos, o rebuscados, o inverosímiles, o forzados, sino el de que, ya amalgamadas todas esas características según aciaga fórmula magistral de rancias raigambres celtibéricas, terminan por resultar, en general, rematadamente cursis. Frases en las que se emplean, con una desinhibición que asusta, verbos tan gilipollas como: "pergeñar", "maliciarse", "maridar", "muñir". En las que se confunde el verdadero sentido del humor con dudosos juegos de palabras. Oraciones donde se anteponen los adjetivos calificativos a los nombres. En las que se aplican... a los objetos... verbos propios de actividades de personas, y viceversa. ¿Por qué? se estarán preguntando. Muy sencillo, porque, en su ingenuidad e inexperiencia, "ellos" piensan que "lo literario" consiste en eso. "Un pastel pringoso de potingue rosa y calabaza escarchada, relleno de merengue, con media docena de guindas adornándolo por encima". ¿Es esta la clase de literatura que queremos?. Perdonen que les amargue el día, pero parece ser que sí. Por lo menos las editoriales, sí. Rotundamente.

Ahora aparecerá por aquí, el listo de turno, a decir, a imagen del bergante de don Pío, que uno es todavía más cursi que el resto por atribuirse la prerrogativa de llamárselo a los demás.  

¡Y unos cojones! 


(P.D Disculpas a todos por el "pasote" que acabo de meterme con el video. Me sabrán comprender. Imagino)

sábado, 7 de mayo de 2016

CRITICA DE "EL ENANO" de Pär Lagerkvist

TODOS SOMOS ENANOS

(Paolo Veronese)

Yo, el primero. Y mi padre y aquél otro. Y... usted también lo es. Todos somos enanos.

Si usted, amigo lector, es de los que se mueven como pez en el agua en el desasosegante mundo de lo políticamente correcto, olvídese de este libro, va a fastidiarle, lo va a pillar en pelotas. Si, de vez en cuando, reconoce que se pasa un poco con sus calculadas correcciones, entonces, échele una ojeadita, estoy seguro de que le va a provocar cierto morbo. Si, en general, lo de lo fariseismo le toca los cojones a fondo, entonces... entonces va disfrutar como chancho.

Quien nos cuenta la historia, en primera persona, es un enano, un enano realmente pequeño, que habita en una corte italiana, de las del Renacimiento, desempeñando funciones de asistente del príncipe. Un enano que ¡ni mucho menos es un bufón! -ya se encarga él de repetírnoslo en varias ocasiones, atribuyéndole, por demás, el vergonzante papel al amigo de valor del príncipe y amante de la princesa- sino una especie de mayordomo, aunque él gusta de imaginarse ser el perfecto alter ego de su señor.

Como el enano está jodido y no es para menos -estamos hablando de sesenta y cinco centímetros de estatura- quiere que todos los demás -los que se ríen de él y hasta le patean en la rabadilla para despertarlo, y, lo mismo, los que no lo hacen- también estén jodidos, en especial la propia princesa, por puta, y su hija adolescente, por gilipollas y por fea. Y en esto, básicamente, consisten las andanzas de nuestro héroe: en pasear altivamente por los pasillos de palacio, al servicio de su señor, reprimiendo todo el tiempo las ganas de darles su merecido a toda esa serie de fantoches con los que tiene que convivir a diario, y en escribir en un papel, por las noches, en el cuarto de los enanos, todo las cosas que van sucediéndole y las opiniones que, estas, le suscitan.

¿Y qué es lo que le va ocurriendo? ¿Cuáles son esas memorias que componen el grueso de su crónica? La gesta principal, que, por demás, es la etapa más dichosa de su vida -él mismo no tiene el menor empacho en proclamarlo así- es la crónica de la guerra que el príncipe, su amo y su ídolo, decide emprender contra el reino vecino para saquearlo y apoderarse de sus tierras. Ahí nuestro hombrecillo va a sentirse colmado y feliz por disponer de una oportunidad única de pertrecharse de yelmo, y espada, y poder saciar su sed de sangre.

(Brueghel el Viejo)

Luego, de nuevo, llega la decepción. La guerra que aparece en el libro, y por la que suspira el enano, va a desarrollarse como el resto de las guerras que en el mundo han sido, y, tan absurdamente como dio comienzo, va a alcanzar, para gran pesar de nuestro escarnecido (y enardecido) personaje, su final. Nada va a fastidiarle más a Piccolino que la contienda justo vaya a interrumpirse en pleno asedio de la capital enemiga. El asunto le resulta de todo punto incomprensible. ¿Y a quién no? ¿No?

El fin de la guerra. Otra decepción más que atribuirles a esos seres imperfectos: "los hombres", que tanto detesta. El enano presume para sí mismo de ser hijo de una estirpe distinta, la de los enanos, una raza de elegidos que poco tiene que ver con la de los "hombres" como él la llama. Menudos imbéciles están hechos estos últimos. Pero ¡ay! los ideales que él alberga son tan nobles -téngase en cuenta que su canon de humanidad es Bocarossa, un condotiero gigantesco, velludo y fiero como un oso- que no puede evitar odiarles también a sus pares, cuya voz atiplada y su servilismo... para con los señores... le resulta de todo punto intolerable. El es el verdadero "enano", los otros, esos mierdecillas asustadizos, no son dignos de merecer llevar tal nombre.

Ocasiones tendrá Piccolino de hacer veraces sus designios, pero ponerme a exhibirlas ahora supondría la indelicadeza de incurrir en eso que actualmente se califica como spoiler y a lo que toda la vida de dios, los lectores, se han venido refiriendo como: destripar el argumento. Reprimamos, pues, la tentación y suplantémosla por el encarecido consejo de proponerles a todos ustedes convertirse en testigos, directos y sin nuevas ideas preconcebidas, del desarrollo de todos estos episodios. Para ello, claro está, tendrán que hacerse con la novela. Y leérsela. Sano ejercicio intelectual que les va a poder venir al pelo para enterarse, o bien corroborar, que los seres humanos estamos hechos casi todos unos cabrones, que los pocos que aparentan no serlo, también lo son en cierta medida, y que todos esos defectos: físicos, intelectuales o, incluso, afectivos, que, con el paso del tiempo, hemos aprendido a asimilar e incluso, al cabo de más tiempo, considerar... sólo por ser nuestros... una especie de íntima virtud, están ahí, siguen ahí agazapados, al acecho, aseteándonos la autoestima, para consentirnos el solaz de clamar, cuando nos figuramos la ocasión propicia, por una justa venganza.

Obra maestra. Y no hay nada más que decir.



jueves, 5 de mayo de 2016

GATO DE MADRID. Evocación de Francisco Umbral

(Archibald Motley)

La boca de la noche. La oscura boca de la noche. Una trampa presta a engullir embustes y promesas. A devorar esperanzas.

Palabras que se entrecruzaron entre el bombeo de los bafles y entre el guiñar de los párpados. El ánimo emperrado en que se desate la lujuria, ávido de caras y de cuerpos, en una burda, esforzada, reivindicación de la parranda. Miradas sin rumbo que atraviesan el humo y los flashes. Tragos imperiosos de alcohol para arropar de arrojo los balbuceos del habla. La encrucijada de la noche a punto de licuarse como los trozos de hielo de los destornilladores y de incendiar el aire como los ojos entornados de la chica morena que atiende la barra. Una barra estrecha, repleta de vasos, cuyo sentido último ha quedado enterrado en el tiempo junto a un ramillete de bonitas mujeres que no se acercaron jamás hasta ella y las risas procaces con las que nosotros, los machos, anestesiábamos nuestro desencanto.

Sólo lo verdadero conserva ahora su importancia. Sólo lo bello. Y en un feed back apresurado, no podría nombrar hoy lugares y citas, tampoco fechas, ni sucesos, ni romances. Me cabría, sí, evocar de aquellos remotos días: algún libro de Ripley, el recuerdo de otras que no estaban allí y la voz grave -y un poco nasal- de Elvis Costello, cantándole, enrabietado, a una mujer con una camisa verde.

Pese a todo, en la noche fea, de luces amarillas y prisa: papeles, cigarrillos, bronca, bocinazos y cubos de basura por en medio de las calles, volvía yo de vuelta, un sábado tras otro, al desparrame de la melopea, porque el alcohol siempre me trató bien, justo es decirlo -era para mí algo así como un padre bondadoso y un poco desastre de esos que nunca saben el curso en el que estás y de vez en cuando se pasan dos o tres días sin aparecer por casa (como un mítico piloto de jumbo)- y, también, porque no había podido ni sabido dar con ninguna otra cosa que lo mejorase, justo es decirlo.

(Thierry Sellem)

Durante la semana tocaba ir a la universidad, conseguir convertirme en un tipo de provecho. Para intentar librarme del aburrimiento me reía mucho y no paraba de soltar tontunas. Estudiar, estudiaba lo justo.

Deambulando junto a la boca de la noche -los viernes, los sábados- han ido transcurriendo las horas y los años de este iluso giocondo; imaginando unas amantes que eran sólo eso -imaginación- y sofisticadas bacanales que casi siempre terminaban relativizándose, en la mesa de un VIPS, con media lagarterana en el cuerpo y una cheesburger fría en el plato.

Al final, lo más emocionante, lo único emocionante, era llevarse a casa el periódico del domingo antes de que el domingo extendiera su capa -una capa negra de murciélago, como la de un vampiro- sobre el cuerpo resacoso y la boca sedienta del domingo. Porque al fin y a la postre, después de varias horas de farra, al cabo de un montón de copas bebidas casi a la fuerza en unos tabernáculos tributarios de la castidad y el tedio, lo único que permanecía sobrio de toda mi sustancia y ánima era el instinto básico de ponerme a leer, a Paco Umbral, cuando, convulso y apesadumbrado, me levantase de golpe, de la cama, con los calores homicidas de la tarde.


martes, 3 de mayo de 2016

NIÑO DE CASTILLA. El alumbramiento de Francisco Umbral

(Sir John Everett Millais)

Alto, espigado, enquencle y medio muerto. Hijo de poeta, hijo de muerto. Grandes botas, piernas largas, pálido y curioso. Nieto de las letras, siervo de Castilla. Engalgado y arisco como acostumbran a serlo los chicos de buena estatura a los quince años.

Francisco en Valladolid -Francisquillo me parece recordar que lo llamaban sus íntimos- afronta su corta vida con la insolencia de sus lecturas incipientes y fuerza el gesto, lo afea, para otear, con la mirada, una mirada que empieza ya a evidenciarse de miope, unos páramos que le quedan demasiado cerca y un río que se lleva consigo, entre sus aguas, en tiempo de crecida, las vainas de cartucho, las mondas de patata y las enaguas. Enaguas rotas de niñas enfermas que juegan a los médicos con treinta y ocho de fiebre y una muñeca de cartón pintado. Enfermitas. Monjitas. El Pisuerga.

Allí, en Valladolid, acude Francisco, Francisquillo, a grandes zancadas y con un resquemor soterrado en el alma, que él... todavía... no sabe muy bien a que se debe, a sus clases. Quiere ser periodista, quiere ser escritor, uno muy bueno, y en el aula le hablan en abundancia de catetos, isósceles e hipotenusas al cuadrado, de batallas legendarias y milagros imposibles. De la fórmula del nitrato de plata. Pero no le hablan de amor ni de los mocos húmedos de los niños del hospicio con los que a veces se cruza, los domingos, pasado el mediodía, allá por San Gregorio.

(Gagnon & Schott)

¡Ay Francisco Umbral, escritor niño, que ya, silente y timorato, adolescente en sombras, soñabas con los caminos del Parnaso. Creías en los poetas y sus gestas, pese al cobardón de tu papá. Y te enamorabas, rendidamente, como un trasnochado paje renacentista, onanista y soñador, de las piernas blancas, pecaminosas y exquisitas de la niña pura de la trenza impura!

Umbral, que comprendiste la literatura en esos cuartos de leer, en esas rinconeras, en esos burdeles silenciosos, populares y místicos, ayunos de literatura. Escritor en ciernes, escritor para siempre ¡qué gran renacimiento de las letras nos deparó ese primer polvo tuyo, adolescente y callado! ¡qué murmullo de los adjetivos no manaría ya, de esa palangana, sería y desportillada, castellana, sobre la que te enjuagaron la pija unos dedos forrados de oro con las uñas pintadas de tristeza!

Pacoumbral que antes de acercarte por la corte, y aposentarte en ella, dejaste en Valladolid, tu casa, aquellas tediosas caminatas de estío, aquellos sabañones broncos de invierno, aquellos sofocos secos, de toses, que las mil y una páginas de tu memoria, tal vez por puro decandentismo, prefirieron dejar dispuestas, entre un aluvión de palabras, haciéndole guardia un Domingo de Ramos, en la Plaza Mayor, a una muchacha tímida e ingenua, vestida de rosa, portadora de una hermosa palma, que... ¡angelito!... te encontraba cierto parecido con Gary Cooper.


domingo, 1 de mayo de 2016

DESLUMBRANTE FRANCISCO UMBRAL (Un ser de lejanías)


El hombre es un ser de lejanías, conjeturó Heidegger y afirma nuestro gran Francisco Umbral. Transcurridos, hoy, ya ocho años de la muerte del genio, uno, desprejuiciado, va a atreverse a poner en duda tal aserto.

La culpa de esos recelos, la va a tener precisamente él, Pacoumbral, su moderno proclamador. Ha sido terminar de leer "Un ser de lejanías" y sentirme devotamente próximo, ominosamente próximo, a su autor. Percibo, junto a mí, su presencia. "Hola, Paco".

Umbral en su libro, no pretendiendo apoderarse de nada -eso nos dice y no hay razón para pensar que vaya a engañarnos- termina por acaparar el mundo: se despide de todos, adueñándose del mundo. Ese Umbral amable, y golosamente desengañado, que se acoge en su jardín al refugio de la lejanía, la soledad y la huida, no deja de integrar a todos los escritores, todos los árboles, todos los gatos, todos los recuerdos, todos los libros que en el mundo han sido, a través del boulevard galante del otoño, los reflejos de cristal del invierno, los fuegos fatuos del verano y las dagas impunes de la primavera. Todos ellos -los seres y los sentimientos- confusos, y despavoridos, en medio de la soledad reiterativa del tiempo. Clavados, como crujientes libélulas de fósforo, al cartón inmenso de la nada. Livianos, como adjetivos tímidos y estériles, entre las páginas de "Un ser de lejanías".

Umbral nos consigue deslumbrar en "Un ser de lejanías" al ilustrarnos de que todo en la literatura -todo aquello que vale de verdad, quiero decir- es metáfora, como también lo es, ¿por qué no? se cuestiona, en la verosimilitud, o inverosimilitud, de la vida. Defiende, algo que ya sabíamos, y lo defiende a capa y espada, utilizando la capa para embozarlo y la espada volátil en volantines como si fuese una batuta de orquesta y él: un director espadachín y un poco sablista, que todo lo que les va sucediendo a los seres humanos ha acontecido ya, antes, muchas otras veces y que, en las novelas, a sus componedores lo único que les cabe hacer para no resultar tediosos ni infamantes, es jugar con el sueño y el turbillón de las palabras. Un juego al fin y al cabo en el que, el maestro, conceptúa a Borges un redomado experto (iba a decir... bellaco).


El lenguaje de Umbral en este libro -se ha dicho ya pero se tiene que volver a repetir- es deslumbrante, apabullante, casi intimidatorio. Las ideas son, en igual medida, poderosas, sabias, virtuosas. Huelen a verdad, que ya es decir mucho, cuando hablamos de ideas.

Mi conclusión, tras acabar de paladear su prosa y toda su prosopopeya -lírico sin ser épico, Umbral se mueve a sus anchas, a gusto como un pepe, por los terrenos únicos de la genialidad- es que el vallisoletano, además de ser uno de los dos mejores escritores españoles de todos los tiempos -junto con Baroja- es, en igual medida, el número uno, "the one", de toda la historia de la literatura universal, hasta donde a mí se me alcanza, a la hora de cohesionar en un único objeto muy bello, bellísimo -potente, cruel y nuevo- la imagen tangible de las cosas que crea y el gen del verbo con el que él ha querido concebirlas.

Entonces, ya lo ven, están, ustedes, no ante un gran libro, sino ante un gran espectáculo, gracias al cual van a disponer de la oportunidad de asistir, no solo a una imponente exhibición del lenguaje, conjugadas las palabras en un derroche de lirismo siempre que la tentación lo permite, sino también, y para mayor encomio, a una inmensa panorámica de la realidad, digna de una película divina, en la que van a coexistir las enfermedades del cuerpo con las cataratas del Niágara y las deposiciones de los pájaros con las bragas blancas de encaje. "Las bragas de los murciélagos de Dios" según, nuestro hombre, ha considerado oportuno ponernos al corriente. El sabrá. 

Después de todo lo dicho, queda solo proclamar la admiración más pura. Este post.