lunes, 30 de noviembre de 2015

El segundo capítulo de "LA ATRACCIÓN DEL VACÍO" transita por estos derroteros


Una pareja se aproximó hasta una mesa cercana, el camarero que los acompañaba retiró la cartulina de “reserva” de encima del mantel y ambos tomaron asiento. La mujer -una mujer elegante, seria, delgada, con un traje blanco de hilo...- cruzó con pulcritud sus piernas desnudas y extrajo, también con una premeditada parsimonia, un paquete de Marlboro de dentro del bolso. Con el cigarrillo entre sus dedos, aun sin encender, su rostro adoptó un rictus de ligero ensimismamiento. El hombre, alguien a todas luces mayor que ella, con el pelo fosco, abundante en canas... se acomodó, a su vez, al otro lado de la mesa... de espaldas a los abogados.

Arañándolo con suavidad en el dorso de su mano, Silvia demandó la atención de su acompañante: "bueno, en resumidas cuentas ¿qué te ha parecido el curso?". "Un coñazo. En general, todos estos cursos me parecen un coñazo". Santiago pasaba por ser un hombre sincero. "Pero... te apuntas..." asestó Silvia, contra la opinión de él, la rotundidad de la evidencia. "Algo hay que hacer, los veranos pueden volverse eternos para un hombre solo a punto de entrar en la cuarentena". "¿Todavía no los has cumplido...? le resultó imposible, a ella, reprimir su curiosidad, y... al percatarse de que su pregunta, el tono con la que la había formulado, podría inducir al varón a especular sobre sus años y obtener unas conclusiones ciertamente desalentadoras... se ruborizó de inmediato. 


Mientras se explayaba facilitándole a su amiga algunos de los motivos concretos por los que consideraba que, en la práctica, aquellos onerosos seminarios para juristas no reportaban, apenas, provecho alguno a sus participantes -según su opinión valían tan solo para emperifollar el curriculum- a Santiago le resultaba imposible desentenderse de la atractiva mujer que justo acababa de aparecer por la terraza. Le resultaba extrañamente hermosa, singular. Morenos los cabellos, lucía sin embargo un tono de cutis muy blanco, nacarado, según tal vez algún septuagenario escritor pasado de moda se hubiere atrevido a glosarlo, como si la potencia del sol, cuyos rayos de luz ahora mismo rebotaban con rotundidad en las copas y los cubiertos distribuidos ordenadamente sobre el mantel, fuera incapaz de desplegar el mínimo efecto en la naturaleza de su epidermis. Rondaría, calculó Santiago, los treinta y cinco años, una edad perfecta para que los hombres cayesen fatalmente enamorados a sus pies.

Entre un bocado, y otro, del guiso marinero que el maître les había sugerido como una de las recomendaciones del día, la isleña insistía en profundizar... tratando de desbrozarlo, de comprenderlo, pretendiendo de Santiago una solidaridad o incluso algún consejo de valor... en el delicado asunto de la rebeldía adolescente que les achacaba a sus hijos. Este otro, bien poco podía añadir al respecto, ni tenía hijos ni tenía sobrinos a cuya conducta remitirse a la hora de poder traer a colación unas referencias reales sobre el problema. Santiago ni siquiera era capaz de recordar con precisión la naturaleza de sus propios sentimientos en el difícil tránsito de desligarse del vergonzoso mundo de la niñez e ingresar en el vergonzante mundo de los adultos. Pensó, incluso, que tal vez no se hubiera llegado a incorporar aun, del todo, a este último. "Déjalos a su aire; no les regañes tanto..." le iba a repitiendo a Silvia con medias palabras... sin llegar a interrumpirla de veras, convencido de que en esa clase discusiones, en las que el antagonista perseguía ante todo su reafirmación personal, tal y como suele ocurrir con los adolescentes, las aspiraciones de nuestra voluntad estaban condenadas de antemano al fracaso. 


Las quejas de Silvia se centraban, ahora, en cierta recriminación que unos días antes le había formulado su hija mayor, reprochándola que no era capaz de manejar su vida. "¿Tú te crees que se le puede decir eso a una madre...? ¡Una mocosa de quince años!" protestaba la mujer con razonable enojo, y él asentía, asentía con una sonrisa, sin haber llegado a asimilar por completo las palabras de ella, con la parte primordial de su atención diferida hacia otra mujer: la mujer morena de la mesa de enfrente. Esta otra permanecía callada, casi muda, sin intercambiar apenas palabra alguna con su acompañante. Tensa. El rostro alerta. Sin, en ningún momento, llegar a mirarle, siquiera subrepticiamente, pese a que a él le resultaba prácticamente imposible poder tener apartados, más de un par de minutos, los ojos de su cara. Adornándola el cuello llevaba prendido un llamativo collar de piedras transparentes de color azul. Si fuera una princesa, serían turquesas. Pero ella se parecía a Audrey Hepburn y las piedras de su collar no necesitaban ser preciosas para refulgir llamativamente como las aguas de los atolones. Sí, ella se parecía a Audrey Hepburn y, como le había sucedido a la actriz, y le iba a seguir sucediendo en el futuro a través de sus películas y sus fotografías, su rostro, su figura, sus ademanes incluso, se revelaban, ante los demás mortales, envueltos en un sutil velo de fragilidad y misterio.

En tales observaciones propias de... (continuará)







domingo, 29 de noviembre de 2015

El capitulo II de "LA ATRACCION DEL VACÍO" tiene este comienzo

(Shaka)

Habían pasado nada menos que treinta años desde el episodio de las lombrices. Era verano otra vez. Agosto de nuevo. Santiago se hallaba en Santander asistiendo a un congreso de juristas. Versaba sobre una reciente reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que los conferenciantes tratarían de analizar doctrinalmente, concienzudamente, hasta conseguir embarullar aún más, con sus peroratas, esa enjundiosa ceremonia de equívocos que casi siempre supone la aplicación de la ley sobre los intereses de los hombres.

Las ponencias programadas para ese día, el último del seminario, justo acababan de concluir y muchos de los asistentes, al abandonar el Palacio de la Magdalena, iban formando pequeños corros desorganizados a fin de protocolizar -y sentimentalizar- las despedidas. Mientras fundía su diestra con la de una tal Lourdes, una joven colega de León, Santiago trataba de localizar con la mirada a Silvia Martín. Esa misma mañana había reservado una mesa para dos en un restaurante típico, al final de El Sardinero, como si dijéramos al pie del montículo que conduce hasta el faro, que le había recomendado alguien. Ella, Silvia, era una abogada de Tenerife, divorciada como él, de más o menos su misma edad, a la que sólo veía de congreso en congreso y con la que se llevaba lo suficientemente bien para que a los dos les apeteciera salir a comer o tomar una copa las veces que coincidían en situaciones como la descrita. Nunca había surgido entre ellos nada parecido al sexo, ni al amor, y a lo mejor el secreto de su complicidad residía justamente en este detalle. Los días previos a que tuviese lugar el evento del que venimos hablando, acerca de la reforma legal de la prisión preventiva, los dos habían estado cruzando entre sí una serie de e-mails, y, al final, la mujer había terminado por convencer a su amigo para que se quedase a pasar el fin de semana en Cantabria antes de regresar a su tierra. En el mismo hotel que ella pero en habitaciones separadas. Ese era el truco.


(Jason Ratliff)

Hacía apenas unos minutos que habían podido escabullirse de los últimos colegas empeñados en decirles adiós y ahora estaban los dos solos -"¡por fin solos!" había exclamado Silvia cuando se sentaron a la mesa, con ese sentido del humor un poco ramplón que la convertía en una persona tan cercana- en la terraza de "Casa Benja" tomándose unas navajas a la plancha con unas copas de vino de Rueda bien frío. Hablaban de sus vidas. Fue Silvia la que primero hizo alusión a la rapidez con la que pasaba el tiempo: "Alda ha cumplido ya quince años, así, sin más, como él que no quiere la cosa. Dentro de nada... abuela, verás tú...". "¿Con quién los has dejado?" se interesó Santiago. "Con mi madre ¿con quién los voy a dejar...? Si se los dejo a mi ex-marido es capaz de apostarlos". "¡Vaya...!" se lamentó él, antes de que ella prosiguiese, quejosa: "sí; no creo que vaya a ser capaz de parar. Si no lo ha hecho por sus hijos, me dirás tú...". "No entiendo el rollo ese, del juego, me supera... francamente; me parece que ni siquiera me apetecería ganar" deseó, Santiago, dejar patente el desconcierto que le producían los ludópatas.

"Tú eres un buenazo". Tras haberse referido a su interlocutor en unos términos morales, tan genéricos como esos, Silvia volvió a reconducir el rumbo de la charla a los terrenos que había comenzado a trillar unos instantes antes: "¿no te arrepientes de no haber tenido hijos?". "Procuro no pensar en ello" fue la respuesta de Santiago. "Luego lo del niño... me da un poco de miedo el niño..." especuló Silvia. Aunque Santiago no sabía exactamente a que era a lo que la mujer estaba refiriéndose, no pudo evitar sonreír; no pensaba que su hijo... ¿qué tendría?  ¿once... doce años? de verdad pudiera llegar a asustarla, a ella le gustaba exagerar las cosas. "No. No te rías. Desde que ha cumplido los trece, se ha metido en el rollo punky ese, de los Ramones, Metallica y todos esos cojudos y anda todo el día por ahí, incordiando, con la música a todo volumen y el pelo hecho un asco; podía haberle dado al angelito por el fútbol, digo yo, y a lo mejor lo terminan fichando a la criatura el Madrid, o el Barça, y su madre puede darse de baja en el puto turno de oficio ¿No te parece?". "Los Metallica no son punkies, Silvia". "¡Ah! ¿no...? Ya no me acordaba que tú entiendes de eso... ¿Qué carajo son, entonces, esos pelones?". "Justo lo que acabas de decir: meten ruido, arman jaleo, ponen cara de malos, cosas típicas de críos".

Una pareja se aproximó hasta una mesa cercana... (continuará).


lunes, 23 de noviembre de 2015

VII.4 Así concluye el primer capítulo de "LA ATRACCIÓN DEL VACÍO"


“... no sé... el fútbol, los amigos, los coches, a lo mejor las chicas...” le respondió el muchacho. “Las tías son verdaderamente idiotas; unas creídas...” opinó ahora Eduardo de las mujeres jóvenes. Santiago guardó silencio.

“... oye, tu hermana ¿cómo se llama?” deseó enterarse a continuación el aventajado misógino. “Paloma” le respondió Santiago. “¿Dónde está Paloma?” dijo Eduardo y sonrió, acordándose de Wally. “Ha bajado a la playa hace un rato”. “Lo ves...” -deseó el mayor que al más joven el asunto le quedara meridianamente claro- “...las playas son cosa de ellas, de las tías, a ellas sí que les gusta la playa, a las muy capullas les chifla ¡Son tan presumidas!”. Y como Santiago, a su hermana, la había venido considerando desde siempre, casi desde el momento mismo que adquiriera uso de razón, una presumida insoportable a la que le encantaba hacerle de rabiar, no le pareció mal seguirle la corriente a su vecino. “Sí, es verdad, son unas presumidas inaguantables”. Este se rió entre dientes, de buena gana; le dijo a Santiago: “... además, tu hermana no está ni mucho menos tan buena como ella se cree”. Frente a este dictamen, el chaval volvió a patentizar su aquiescencia, últimamente estaba hasta las narices de que Paloma se dedicara a llamarlo todo el rato "mi pequeño mon cheri" delante de su camarilla de amigas. “¡Mi hermana es tonta!” no pudo evitar, explotar, ante la provocación del peculiar personaje. 

Akiko White

"Mira... ¿ves lo que hay ahí dentro?". Eduardo le indicó a Santiago con el rostro, torciendo el cuello, que mirara hacia el fondo del cubo azul. "¿No ves lo que hay?". Al chico le pareció que aquello era una lata de pintura, sin tapa, con algo oscuro en su interior. "Mete la mano en el bote ¿a qué no hay cojones?" oyó como el otro lo retaba. Santiago obedeció y sintió adherírsele a las yemas de los dedos una especie de pasta viscosa y fría. Prefirió no decir nada.

"Son lombrices. Para pescar. ¿Tú has ido de pesca alguna vez, madriles? ¿A qué no?". Santiago permaneció unos instantes pensativo y, aunque le daba corte decir la verdad, terminó reconociendo: “no, no he ido nunca”. “Un día de estos te vas a venir a pescar conmigo. Si te dejan tus padres, claro. A mí me gusta pescar de noche, enmedio de la oscuridad, sin que nadie me moleste y con el hombre lobo por ahí, rondando alrededor mío. A los peces les da igual que sea de noche, apenas ven, pero cuando intuyen a su lado la presencia del cebo, no pueden resistirse y se abalanzan a devorarlo ¡son terribles!. Tú no has oído nunca decir eso de que el pez grande se come al chico...”. Aquellas sentenciosas palabras del joven le asustaron un poco a Santiago -al que ni por asomo se le habría ocurrido pensar que los hombres lobos pudieran rondar por los sitios de costa o que los peces estuviesen medio ciegos- pero tampoco le vino a los labios nada en esta otra ocasión. El otro insistió en su propuesta: “... bueno, si tus viejos se ponen cabezotas ya nos las ingeniaremos nosotros para que te puedas escapar ¿no te has fijado en las celosías de los lavaderos? agarrándote a ellas no tendría por qué resultarte demasiado difícil colarte en la terraza de mi apartamento”. Las alarmas volvieron a dispararse en el corazón del chaval y su cara se puso ligeramente roja. “No creo que pueda hacerlo”. “Bueno, no te preocupes, todavía eres un crío, ya me ocuparé más adelante de que aprendas...”.

En esos términos tan peculiares -en su conversación, el mayor de los muchachos había ido saltando como si nada de un tema a otro, conforme a él le iba pareciendo, aunque aquellos no guardaran demasiada relación entre sí, adoptando, mientras lo hacía, unos aires de autosuficiencia y dominio capaces de hacer mella en la inocente sensibilidad de Santiago, y este, o al menos su subconsciente, no acababa de asimilar del todo, aunque también podría ser que en aquellos momentos el detalle se le escapase, que un tío con aquellas gafotas, y aquellas camisas, fuera capaz de desenvolverse con tamaña desenvoltura- se fraguó el inicio de una amistad intermitente que se prolongó, luego, a lo largo de varios veraneos.




viernes, 20 de noviembre de 2015

VII.3 Más "ATRACCIÓN DEL VACÍO" (para Babybabe)

Vincent Van Gogh

Santiago había conocido a Eduardo en su adolescencia. Durante algunos veranos, por agosto, su familia alquiló un pequeño apartamento junto a la playa de Santoña, en Cantabria, y Eduardo resultó ser el hijo único del matrimonio que ocupaba la otra vivienda existente en la tercera planta del bloque. Al principio, las primeras veces que se vieron... en el portal, esperando al ascensor, o en el supermercado al final de la cuesta... a Santiago su vecino le pareció un tipo raro: en lugar de las camisetas estampadas con nombres y dibujos de cosas fardonas que acostumbraban a lucir los tíos mayores de su colegio, Eduardo iba vestido siempre con unas camisas de manga corta, blandurrias y sedosas, llenas de dibujitos de flagelos, estribos y cosas parecidas; unas camisas típicas de padre. En lugar de tener el pelo muy largo, o casi al rape, como entonces resultaba común entre los adolescentes, él lo llevaba pulcramente recortado y peinado a raya con la precisión de un lechuguino. En lugar de lentillas o, al menos, unas gafas de alambre que en la medida de lo posible intentaran pasar desapercibidas, Eduardo lucía unas gafotas de concha completamente desfasadas. Además el tipo había comenzado a dejarse crecer la pelusa del bigote cuando a nadie, entre los jóvenes, parecía darle por ahí a aquellas alturas de la película.


Terminaron por fin coincidiendo, una tarde, dentro de uno de los dos ascensores con los que contaba el inmueble. Santiago llevaba consigo una bolsa del supermercado con pan y fruta y Eduardo un cubo de limpieza, de plástico azul, bastante sucio, valga la paradoja. Mientras ascendían, el más veterano, entendiéndolo tal vez como un imponderable propio de la diferencia de edad que mediaba entre ellos, estaba a punto de cumplir dieciocho años, se decidió a dirigir por primera vez la palabra a su tierno vecino. Eligió preguntarle, para romper el hielo, si le gustaba la playa y le volvió a preguntar, a continuación, por qué creía que le gustaba la playa. A Santiago le resultó imposible no embarullarse un poco y en sus respuestas hizo elogio de las olas, cuando eran bien grandes, y reconoció lo divertido que resultaba bañarse, bucear, nadar y coger olas. El otro esbozó una sonrisa orgullosa de autosuficiencia y le aseguró al chaval que la playa era un rollo, que todo era un rollo y que lo único verdaderamente importante en la vida era la astronomía, saberlo todo acerca de las estrellas. Santiago le contestó que había otras cosas que tampoco estaban mal y Eduardo le pidió que se las dijese. El ascensor se había detenido y ellos estaban a punto de salir al descansillo de su piso.




jueves, 19 de noviembre de 2015

VII.2 "LA ATRACCIÓN DEL VACÍO" continúa así


.....
Lo primero que hizo cuando salió de casa, a la mañana siguiente, fue acudir a una comisaría para denunciar la desaparición de la mujer. El agente que le tomó declaración, tras escuchar varias veces las palabras grabadas en el celular, le indicó que tendrían que quedarse con el aparato. Antes de que él abandonase la comisaría, estuvieron los dos hablando durante unos pocos minutos de infidelidades, de accidentes y de secuestros. También de secuestros. El prefirió omitir hacer cualquier comentario sobre las depresiones de ella.

Esa misma noche, alrededor de las nueve, telefonearon a su casa desde las dependencias policiales. Era el comisario de guardia. Quería recomendarle que anduviese tranquilo ya que... en el mensaje que su mujer había dejado en el contestador... se escuchaba mucho bullicio de fondo: música, lo que probablemente fuera un televisor encendido y, lo más tranquilizador de todo, también se oían sonar, muy próximas, algunas carcajadas femeninas. Por otra parte, la llamada había sido hecha, además, desde la zona de La Latina, de sobra conocida por su animación, y eso también era una buena noticia. El puso cara de alivio.

No se acostó. Esperó a que dieran las dos para bajar hasta el garaje y enfiló con su coche carretera de Burgos hacia adelante. Paró a echar gasolina a la altura de Aguilar de Campoo y no volvió a detenerse hasta llegar a Isla. Ya una vez se hizo presente en los contornos de esta última población, tomó un camino forestal de tierra comprimida, muy húmeda, que iba a desembocar junto a unos racimos dispersos de acantilados. Amanecía. Bajó hasta el tope la ventanilla de su puerta para así poder percibir con más fuerza la presencia del mar. El camino se hallaba próximo a su término. Levantó el pie del acelerador y dejó en punto muerto la palanca de cambios. Frenó. El vehículo se detuvo por completo. Apagó el contacto. Salió afuera.

Las ráfagas de viento golpeaban contra su rostro y le esparcían el pelo del flequillo por detrás de la frente. Con unas cuantas zancadas alcanzó el lugar donde se quebraban las rocas. En ese instante, todo aquello le pareció inmenso. Casi infinito. Pese a todo, intentó descifrarlo, durante unos segundos, antes de que su mirada resultase absorbida por la avidez del horizonte. Lo deslumbró un pedazo del sol. Hizo visera con su mano diestra, pestañeó, miró hacia la luz, volvió a pestañear, entrecerró los ojos y, en un tris de claudicar y dejarse caer a plomo en el pozo del sueño, lanzó con todas sus fuerzas el móvil de Claudia en dirección a la gigantesca fosa de agua salada que fibrilaba, acuciante, bajo sus... ".
  
En esos precisos instantes sonó el teléfono. Era Eduardo Alocén. Lo llamaba porque necesitaba otra vez su ayuda.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

VII.1 Así comienza "LA ATRACCIÓN DEL VACÍO"


LA ATRACCIÓN DEL VACÍO

Habían pasado, ya, tres días desde que Santiago Hidalgo asistiera a su amigo Eduardo Alocén en la diligencia indagatoria que se celebró ante el Juzgado de Instrucción nº 7 de Santander y habían pasado sólo cinco minutos, el tiempo invertido en ir a la cocina a beber un vaso de leche y comerse un par de magdalenas, desde que el abogado acometiese la última corrección del cuento policíaco que tenía a medio escribir. Pensaba darle un último repaso al texto antes de meterse en la ducha. Este, por el momento, decía lo que sigue:


“Cuando llegó a casa, ella no estaba.

A las diez la llamó por teléfono y no se lo cogió; le dejó un aviso en el buzón de voz.

A las once, fue él, el que recibió una llamada de ella. Tampoco le resultó posible atenderla, se encontraba en esos momentos en el piso de los vecinos preguntando por ella y se le había olvidado llevarse el móvil consigo. En su mensaje de voz, Claudia le decía que no se preocupara y se fuese a la cama, que estaba perfectamente y en un par de horas -o tres, a lo sumo- se encontraría de vuelta. Sin embargo, al final, ella no se presentó a dormir en toda la noche. 
.....



martes, 17 de noviembre de 2015

VI.2 "LA PLAZA DEL ALMA" continúa así


Luca Primia es un tipo con suerte. Teresa lo quiere de corazón y él, por su parte, se siente profundamente enamorado de ella.

Los dos comparten un trabajo que les apasiona y dicen sentirse muy felices. Se jactan de saber que su idilio no va a poder marchitase jamás. Las pruebas con las que cuentan al respecto -mantienen ambos- son irrefutables.

Se estarán ustedes preguntando por la extraordinaria naturaleza que estas pruebas habrán de poseer para que sean capaces de garantizar la realidad de un suceso futuro. De un suceso, además, dependiente de algo tan subjetivo como lo son los intereses del ser humano. Unos intereses, por ende, relacionados con un sentimiento tan inconsecuente y tornadizo como el del amor. Por la magnífica amistad que mantengo con la pareja y en el sincero convencimiento de que a ellos no habrá de molestarles que me decida a hacer algo semejante, creo que debo ser yo la persona que se ocupe de aclarárselo. Ahora que por fin empiezo a recuperarme de cierta dolencia que me tiene postrado en cama desde hace algunos días -muy útiles para amarrar ciertos cabos sobre lo sucedido que tenía sueltos- ha llegado el momento de sacar a la luz la insólita historia que posibilitó que estas dos personas, un hombre y una mujer, se conocieran y se enamoraran sin remedio, como los fingidos personajes de un libro, en la ciudad de Brujas.

Los trenes de los deseos marchan en contra de la realidad.





lunes, 16 de noviembre de 2015

VI.1 Así comienza "LA PLAZA DEL ALMA"

(Kerdalo)

LA PLAZA DEL ALMA

¿Te gustan las novias tristes? ¿Si? Entonces, te gustará Teresa. Igual que los curas de antes cantaban la misa en latín dando la espalda a sus feligreses, Teresa desmenuza la vida en su propio idioma dándole la espalda a un mundo que la observa con recelo. A la gente le gustaría saber. Saber algo. Una piel sonrosada y una melena pelirroja auspician, casi siempre, la mirada de unos persuasivos ojos claros, proveedores de nostalgia. Pero Teresa no los mira, ni siquiera percibe que están allí. ¡Se encuentra tan perdida entre la muchedumbre! Sólo se siente segura en brazos de Luca. Ella es únicamente una de las piezas del puzzle; un frágil cangrejo de mar que puede romperse, fragmentarse en mil pedazos, con el estallido de una ola cualquiera, la definitiva. Y Luca es la roca a la que debe que sujetarse con todas sus fuerzas, clavando en firme sus patas e incluso intentándolo con las pinzas, para que eso no suceda; aunque sepa, por las cosas que ha visto y las que le han contado, del peligro de quedar estampada contra la piedra que se cierne sobre su alma.



viernes, 13 de noviembre de 2015

V.2 "LAS CARICIAS DE LA FASCINACIÓN" continúa así


Juan se llevó el vaso a la boca. Aunque se afanaba en el intento, aguzando al máximo el oído, aunque amenazaba temporal, y progresaba por momentos la fuerza del oleaje, no conseguía escuchar el sonido del mar. Estaba ahí, sí; y podía ver sus aguas chocando contra las rocas e incluso -ya transformadas en espuma- llegar a distinguirlas diseminándose precipitadamente entre los aires, pero no podía oirlo. Como si aquellas imágenes que plasmaban sus ojos perteneciesen a una película tristona con pocos diálogos, una película de esas, bastante aburridas, alemanas, que no cuentan con apenas argumento. Se pasó las yemas de los dedos por encima de los labios para quitarles los restos de espuma y recapacitó sobre las diferencias existentes entre los distintos estados de la materia, sobre la facilidad de la que disponían algunas sustancias para poder saltar de uno a otro. Pensaba, por ejemplo: “¿no debería haber alguno, más, aparte del sólido, el líquido y el gaseoso?. El barro ¿dónde incluirlo? ¿y... al alquitrán? Conjeturaba igual: ¿a cual de los tres estados pertenecería la espuma de la cerveza?”. Miró el reloj y comprobó que eran las siete y cuarto, una hora prudente para regresar al hotel. Eso fue lo que hizo.


miércoles, 11 de noviembre de 2015

V.1 Así comienza... "LAS CARICIAS DE LA FASCINACIÓN"


LAS CARICIAS DE LA FASCINACIÓN

“Lo que a ella de verdad le satisfacía es que se la metieran despacio, poco a poco; muy despacio”.

Releyó una vez más aquella breve secuencia de letras. Las palabras. Valoró la trascendencia de la información que suministraban. Y le pareció que era absurda, completamente superflua. ¿Le puede importar a alguien en su sano juicio conocer las preferencias sexuales de su prójimo? ¿No variaban casi constantemente esas predilecciones en función de las caprichosas apetencias de la libido? Tachó la frase y le dio un trago a la cerveza. Se puso otra vez a cavilar en la búsqueda de esa oración corta, sonora y contundente con la que dar inicio a su relato. Escribió: “....al final del paseo, donde siempre, estaba el mar...” y pensó que una simple descripción como aquella, tan poco comprometedora a primera vista, le forzaba de manera innecesaria a situar la trama de su historia, o al menos una parte de ella, en un lugar radicado en la costa. Le desagradaron tales constricciones. Deslizando la punta del bolígrafo, trazó una raya longitudinal, casi recta, sobre el renglón. Giró el rostro a un lado, algo así como noventa grados, y vio que lo vigilaba -al lado suyo- el reflejo de su mirada.


Era la segunda semana de mayo. En los muelles, al otro lado de los cristales, soplaba el viento. Dentro, apenas se oía el menor de los ruidos. Juan se hallaba sentado junto a la ventana de un café de la Camarga. Un café casi vacío, sin apenas clientes. Encima de la mesa: las cuartillas, el bolígrafo y una jarra de cerveza, rebosante de espuma, comprendían la clase de argumentos que impulsaban a Juan a reconocer que la vida, pese a sus innegables sinsabores, podía ser también una experiencia digna de aprecio. Había llegado hasta allí tratando de escapar del infortunio, buscando la felicidad. Y sus objetivos inmediatos se centraban en poner en práctica ciertas medidas tendentes a librarlo de las casi infinitas preocupaciones que desde hacía unos cuantos meses venía padeciendo a causa de la suerte. De la inconmovible suerte. Hasta entonces le había ido bastante bien. Era alguien valorado en el trabajo, apreciado por sus amigos, capaz. Por lo menos, así es como él había venido considerando casi siempre que marchaban las cosas. Pero, éstas, los ingredientes de la normalidad ¡tan apaciguadores! a partir de cierto suceso nimio, apenas relevante, habían comenzado a cambiar. A darse la vuelta. 


martes, 10 de noviembre de 2015

IV.2 "LA MÁQUINA DE DIOS" continúa así

(Quint Buchholz)

Me encuentro recostado contra el tronco, rugoso, áspero, de un olivo para intentar protegerme ‑bajo la destartalada sombra que nace, exprimida, de las tortuosas ramas que sostienen estos árboles lechuza‑ de los rayos ardientes, llenos de rabia, que me lanza un sol rabioso; muy capaz de abrasar, a estas primeras horas de una tarde de agosto, los cantos rodados del Peloponeso. Inhalo el aire encrespado por el güirrúgüirrú de las cigarras, y la sequedad del tomillo, y dejo que una libélula me engatuse, junto al litoral del mar Jónico, con una bella historia de silicio y sal.

"Hace ya muchos, muchísimos años, recorría estos campos una linda muchacha a la que enamoraban las puestas de sol y las caracolas marinas. La joven vivía con su padre y con un perrillo blanco, al que llamaba Smalos, en una casa de piedra levantada en la ladera de uno de esos montes que tienes ahí enfrente. Pese a que ella se había criado aquí, nadie había visto nunca a su madre. Nacida del mar, decían las gentes que entonces habitaban estas tierras cuando se referían a la joven; y, aunque pensaban que era la más bonita entre las púberes ‑hablaban y no paraban de su belleza‑ y sabían que era dulce y buena ‑como un melón de Mantineia, a decir del viejo Euthímos‑ con todos los que trataba, intentaban eludir su compañía...

lunes, 9 de noviembre de 2015

IV.1 Así empieza... "LA MAQUINA DE DIOS"

(Quint Buchholz)

LA MAQUINA DE DIOS

Amor a la sabiduría. El cielo: inmenso, de un azul tan limpio que, cuando por fin se diluye sobre la línea del horizonte, se confunde con el rosa pálido. Al mover un poco el rostro hacia la izquierda, alcanzo a divisar en la lejanía el contorno que diseñan los primeros montes de una sierra que, algo más al norte, llegará a tornarse abrupta; sólo en ese punto; sombreados tenuemente los cerros, el azul aparece surcado por unos brochazos horizontales de color blanco, casi translúcidos, que se descomponen en flecos irregulares por sus flancos más estrechos, como si fueran los rasguños frenéticos de un gato pintor de Los Angeles.

domingo, 8 de noviembre de 2015

III.2 "EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ" continúa así

(Slinkachu)

El río. En una primera instancia… lo que más me llamó la atención de Sevilla, fue su río. La tarde de mi primera escapada, la del día siguiente al de nuestra aparición por la ciudad, no despegué casi ni un momento la vista de su cauce. Recuerdo haberlo atravesado por un puente de hierro, echar a caminar por la orilla opuesta y volverlo a atravesar luego... por otro puente distinto... para emprender el regreso al céntrico barrio donde se hallaba enclavado el hotel. Desde ese instante, el Guadalquivir pareció ejercer sobre mí, una especie de hechizo, de fuerte atracción. Sus aguas... un poco sombrías... turbias, por el contraste de los brillos del sol, espejaban su superficie con matices de plata, de manera que, a esas alturas de la tarde, no resultaba difícil imaginártelas provistas de solidez, al punto de poderte permitir, y recompensar de esta forma tu osadía, cruzarlas como un apóstol patinador, al bies, y sin llegar a salpicarte el cuerpo con una sola de sus gotas.

La sensualidad. Luego, a partir de las nueve más o menos, cuando, ya acompañado por ellos, salía con mis padres a ver las procesiones y picar algo, me dedicaba a observar a las chicas de mi edad con las que constantemente íbamos cruzándonos por todas partes. Las veía granadas, expertas, perfectamente conscientes de su atractivo, como si se tratase de unas mujeronas de dieciséis que ya lo conocen todo acerca de la seducción y la vida. Al cabo de varios de estos paseos, llegué a preguntarme si no me estaría enamorando. Cuando... la verdad... no me cabía a mí tener la certeza de saber si lo que me pasaba tenía verdaderamente algo que ver con el amor o era a causa tan sólo de la libido. Si lo primero, le faltaba al lance disponer de un nombre y de una voz, de unas referencias concretas, como si dijésemos, con las que poder llegarme a conmover de verdad, si lo segundo, sumaban tanto mis ignorancias sobre el sexo -todavía me entraban, de vez en cuando, ganas de ponerme a jugar con los G.I Joe’s- que aún era incapaz de apreciar... de manera consciente... el nexo fatal, e indisoluble, que vinculaba a las dimensiones de las minifaldas con la aceleración de mi pulso. Solo sé que me encantaba poder ver a mi alrededor a tantas chicas guapas y sonrientes.



sábado, 7 de noviembre de 2015

III.1 Así empieza... "EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ"

(Lori Nix)

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ

Me van a permitir ustedes que les cuente una historia.

Su comienzo es bastante simple: desde siempre, desde que era bien pequeño, casi un niño, me había sentido atraído por Sevilla; luego, cuando ya me hice mayor, y empecé a ganar algo de dinero por mi cuenta, dispuse de la oportunidad de trasladarme a vivir allí. No la desaproveché. Esa historia... que ahora me dispongo a contarles... justo tuvo lugar en esa ciudad de la que acostumbra a ensalzarse su “duende”. Y, aunque no se trate de una historia de duendes, o sí, no sé, es bien probable que sea ella, Sevilla, quien precisamente termine convirtiéndose en la principal protagonista de sus páginas.

Mi toma de contacto inicial con mi enamorada tuvo lugar en compañía de mis padres, calculo que tendría por entonces unos trece o catorce años de edad, una Semana Santa a mediados de los años ochenta. Estuvimos hospedados en un hotel cercano al río. A la hora de la siesta, ellos me permitían irme por ahí a dar un garbeo... a mi aire... con el compromiso, por mi parte, de estar de vuelta antes de las ocho. Tal vez fuese, esa, la primera oportunidad que se presentó en mi vida de vagar a mis anchas por el mundo sin que nadie controlara mis movimientos, en soledad -sin tener a mi lado a familiares ni amigos ni tampoco maestros... y sus respectivas voluntades a la hora de decidir lo que había que hacer a cada minuto- y seguro que sí que fue la primera vez que eso me sucedía en un ambiente y un entorno que resultaban ser completamente desconocidos para mí.


jueves, 5 de noviembre de 2015

II.2 "EL SANTO HOBBES" continúa así

Ian Francis

Le eché un vistazo a los primeros párrafos de la carta de presentación y me picó la curiosidad de seguir adelante. Aunque aquel tipo albergase la peregrina idea de pretender quedar por encima del bien y del mal en casi todo lo que manifestaba, por simple que fuese, había que admitir que la soltura con la que se desenvolvía al expresarse, mejoraba, con mucho, la que era habitual en este tipo de situaciones. Abrí el manuscrito. Constaba sólo de siete hojas y, tal vez excediéndome con ello en mi celo profesional, me decidí a leerlas. ¿Y...?. ¡Joder, pues que no me parecieron mal del todo! El hombre era capaz de aguantar con dignidad el pulso de la narración entre una frase y la siguiente. Estas aludían, en líneas generales, a un país en ruinas donde unos tíos iban buscando latas de un refresco llamado monster high por una ciudad en ruinas y donde una pandilla de chicas criaban a unos cuantos niños mutilados -les faltaban a todos ellos las dos orejas- que estaban ocultos dentro de unos depósitos de gas vacíos. Aparecía también, en ellas, un matemático que había descubierto que el tiempo pretérito volvía a reproducirse en el futuro en un lugar distinto. Por ejemplo: algo que había sucedido ya en Arkansas, en 1978, volvía a ocurrir, pongamos por caso, en el 2013, en Nairobi. Igual, de la misma forma, aunque sus protagonistas fuesen en esta ocasión otros completamente distintos. Y... bueno... aunque no se entendía nada demasiado bien y aparecían un montón de referencias a una serie de autores raros que sólo conocemos cuatro gatos -de algunos, hasta yo podría llegar a plantearme su existencia- lo cierto es que las frases eran por lo general cortas y certeras, con un montón de palabrotas y de intercambio de haikus entre supervivientes y zombies por medio del whatsapp, y que, lo mismo, se hacía exhibición en la trama de un cumplido repertorio de actos sexuales -cunnilingus fundamentalmente- descritos con todo lujo de detalles. ¡Todo eso en únicamente siete páginas! Y las editoriales serias tenemos la obligación de estar al día.


miércoles, 4 de noviembre de 2015

II.1 Así empieza... "EL SANTO HOBBES"

John W. Waterhouse

EL SANTO HOBBES

Verán, soy editor. O, mejor, soy uno -lo cierto es que persigo escribir con propiedad aunque a algunos de ustedes pudiera costarles admitirlo- de los responsables, lo de "máximo responsable" me parece a mí que suena demasiado rimbombante, del área de "narrativa" de una prestigiosa editorial cuyo nombre, y espero que sabrán comprender mi mutismo dado lo sensible del suceso que me dispongo a contarles, prefiero, hoy por hoy, omitir.

Tras los correspondientes filtros practicados por mis colaboradores llegó el otro día hasta mis manos determinado manuscrito. Era fino, no contaba con demasiadas hojas, y venía firmado con seudónimo. En la portada llevaba impreso el grabado de una calavera. Pregunté a los muchachos si sabían la procedencia de aquello, quién podría ser el bromista, y ninguno supo darme respuesta satisfactoria. "Raztko Luscius", se limitaron los tres a pronunciar el alias del autor que aparecía escrito justo al lado del cráneo.

Temí lo peor, el título del manuscrito: “La sangre de Törless, el viejo”, el tipo de letra elegido para rotularlo (gótica germánica) y la insistencia en su eminencia por parte de Javiechu Yañez, quién, no obstante su “cum laude” en el doctorado de filología sajona, todavía carece a estas alturas de un criterio fiable, me impulsaban, como acabo de decirles, a no aventurar presagios demasiado positivos respecto de los añejos hematies de herr Törless.






martes, 3 de noviembre de 2015

I.2 "BORGES A GO-GO" continúa así

Justin Nunnink

Yo he soñado que volaba. Estaba de píe, sobre el rugoso muro de cemento encalado que bordeaba la terraza de un séptimo piso, y sentía como la brisa del mar satinaba la piel de mis labios. La fuerza de la gravedad se empeñaba en tirar de mí y yo, por mi parte, insistía en mantener la espalda arqueada y los ojos cerrados tratando de poder hacerle frente. Sentía miedo, tenía vértigo. Un hombre a punto de claudicar frente al vacío. Mas enseguida, como si de repente hubiese saltado en algún rincón del alma un resorte metálico encaminado a espolear mi coraje, yo abría los ojos -ofrendándolos al cielo y a los astros- y, tras elevar hacia lo alto los dos brazos hasta formar sendos ángulos rectos con el tronco, me abalanzaba de frente sobre el espacio. 

April Gornik

Esa fue la primera vez que eché a volar, tenía dieciséis años y me encontraba pasando las vacaciones de verano en una playa del Cantábrico. A partir de ese día no he cesado de hacerlo. Desde entonces he acudido a numerosos lugares de la tierra -algunos remotos y entrañables, otros cercanos y espantosos- en los que, entre las horas, en ciertas ocasiones como consecuencia de acontecer a mi lado grandes acontecimientos físicos y éticos de casi obligada influencia, y, en otras más numerosas, a partir de ciertas sensaciones fulgurantes... apenas perceptibles para los demás, he ido desprendiéndome de las sucesivas mudas emocionales con las que se cubre, se adorna y desgasta la existencia. Jirones de pergamino seco ensartados en las afiladas púas de los espinos que crecen junto a los caminos del tiempo. Tiras de dermis reseca impúdicamente expuestas, en su irremediable abandono, a la vista de los demás caminantes. Pero, eso sí, al regreso de cada uno de esos viajes, he sentido bullir dentro de mi corazón, imperecederas, inagotables, cordiales, a las amables células de la ternura. Esa ternura que tanto me ha reconfortado en muchos de los enojosos episodios en los que me he visto envuelto, casi siempre sin proponérmelo de verdad, a lo largo y ancho de mi vida.




lunes, 2 de noviembre de 2015

I.1 Así empieza... "BORGES A GO-GO".


BORGES A GO-GO

Los momentos iniciales son trepidantes: caída libre, el corazón en la boca y la tierra, avanzando en estampida, directa al epicentro de tu cerebro. Luego sientes, sólo durante unas pocas décimas de segundo, que el aire opone alguna resistencia -mínima, pero cierta- a tu proyección. Ahí, en ese instante, ya estás volando, aunque tú todavía lo ignores. A continuación, la nada otra vez, el miedo cerval -y, por tan excesivo, tranquilizador- a dejar de existir como hasta ahora, el miedo a estrellarte contra el suelo, el mar, o cualquiera otra cosa de las que se compone la tierra, y dejar de ser un hombre. Y, por fin, la gran remontada. El aire cobra peso, tiene consistencia, tú lo percibes; tu cuerpo, por el contrario, parece perder densidad, cada segundo que pasa te cuesta un poco más caer, puedes notarlo; extiendes  tus brazos con firmeza, tan lejos como te es posible, y sientes que tu figura, en lugar de continuar precipitándose hacia el fondo del abismo, se eleva en un suspiro, camino de las alturas, rotulando en su trayectoria el arco espléndido de una turgente elipse. Ahora; vivo, radiante, pletórico, comienzas a ascender por los aires doblegando la atracción de la materia. Por increíble que una cosa así te hubiera podido parecer hasta este día, eres jubilosamente consciente de que estás surcando los aires por ti mismo, sin ayuda de nada ni de nadie; de que, sin el menor esfuerzo por tu parte, el cielo te sostiene como a los pájaros. La ingravidez.