jueves, 29 de octubre de 2015

JULIAN BLUFF DESNUDO (¿del todo?)


Hay un señor que se llama Lansky. Lo conocí como participante en un par de blogs de crítica literaria avezados y resultones: “Lector Ileso” / “Lector malherido”. Unos blogs en los que... pese a que sus responsables lo hacían lo suficientemente bien como para que a ti te apeteciese leerlos... solían intervenir como comentaristas una serie de chavales y chavalas jóvenes (me imagino) que, con el ánimo de lucirse (me imagino), componían, entre todos, una máquina perfecta de soltar gilipolleces y obviedades; además de ser unos cursis tremebundos y expresarse muy mal. Lansky se ocupaba de ponerlos en su sitio. No le importaba lo más mínimo, pese a su experiencia y su bagaje de conocimientos, enfundarse el mono de faena y empezar a repartir. Y, claro esta, yo me descojonaba. Luego, para mi completo regocijo, aparecía por allí, un tal Vanbrugh, tratando de sanear, a base de ironía, las magulladuras dejadas por los sopapos en los mofletes de los sopapeados y el festín continuaba adelante. Hasta que uno y otro debieron cansarse (“el que con niños se acuesta...”) de continuar batallando en pro de la cultura (je, je...), ambos blogs echaron el cierre (que casualidad ¿no?) y, quien les habla, se largó con la música a otra parte a seguir disfrutando con la Patrulla de Salvación y en Chez Tongoy, que, al día de la fecha, es ya el único de entre todos los citados que persevera, erre que erre, en la ardua labor de intentar desasnar a los escritores jóvenes y a toda su claque de partidarios.


En todo este tiempo, quiene les habla, julian bluff, montó, al principio del todo, un blog en “La Coctelera” al que le pareció bien llamar “El Clavadista Solitario”, y luego, después, otro más en “Blogger”, al que puso por título “Arquetipo’s”. Por su parte, los influyentes personajes, Lansky y Vanbrugh, montaron “Periquitos Muertos” el primero de ellos, blog jugosísimo en su vertiente científica e inestimable desde una perspectiva puramente intelectual por la sensatez de la mayoría de sus opiniones, y “Júbilo Matinal”, el segundo, en el ánimo de intentar velar, desde cierta socarronería no exenta de ternura, por la corrección del idioma castellano y la consistencia mental mínimamente exigible a sus usuarios. Todo esto al margen de las sucesivas controversias que... con el debido respeto... ambos vienen manteniendo, desde antiguo, sobre la existencia de Dios y la necesidad de su culto; argumentaciones, estas, que cualquier humano (y hasta humanoide) con dos dedos de frente, no debería perderse. En estos sesudos debates, julian bluff no interviene apenas por prudencia, ignorancia y pudor.

Sí... julian bluff es un farsante. Lo primero de todo: porque julian bluff ¡fíjense bien lo que les digo! no es su verdadero nombre. Y además, y esto otro es ya normal que pueda suceder atendida esa falacia primigenia sobre el asunto de la identidad, el más trascendente de todos, porque sus blogs no han sido en modo alguno lo que postulaban ser. El primero se gestó a través de una serie de material caducado (poemas, en su mayoría, apresuradamente reconvertidos en prosa) que tenía ya escrito desde antes de la aparición del primero de los posts. Mientras que el segundo... que pasa por ser, en buena parte, una selección de extractos de novelas propias: “Julian Bluff cita a Julian Bluff” se anuncia pomposamente en su misma cabecera... no es en realidad tal, sino una serie de textos inéditos que han ido ocurriéndosele, entre una cosa y la siguiente, mientras andaba escribiendo novelas de verdad (esporádicamente) o rascándose las pelotas mientras hacía repaso de esos otros blogs de los que aquí se ha hablado (con mayor habitualidad).


Pero no, a Lansky no puedo engañarlo. Primero, porque a lo mejor me rebana algo -ya me ha amenzado alguna vez con hacerlo- y segundo, porque no se lo merece, siempre está ahí alentándome, el tío, mejor que mi mejor amigo. Ni a Vanbrugh ¡pues menudo es él para dejarse tangar!. Ni tampoco a Antonio C., ni a Babybabe, ni a Miroslav P, ni a Jesús Zamora. Y aquí tengo que echar el freno de mano porque no se me ocurre ningún otro seguidor de mi conocimiento al margen de esos seis benditos.

Es por ello, que, haciendo caso omiso de mi buen juicio, que me dice que no debería llevarlo a cabo, a partir del próximo post voy a ir publicando, sucesivamente, los inicios de todas las novelas que tengo escritas. Y entonces -entonces sí- sí que se hará realidad la pretenciosa leyenda, esa, de que “julian bluff cita a julian bluff”, y mis seis exigentes lectores (a los que pido perdón por lo manoseado del término) estarán en condiciones, leyendo mi blog, de hacerse una somera idea sobre mis merecimientos narrativos.


Lo mismo aliento al scouting, a las principales empresas literarias de este país, para que si lo que aparece por este blog pudiese despertar el interés de sus aguerridas squaws internáuticas, no duden en ponerse en contacto conmigo para tratar del tema -indudablemente más serio- de la publicación de cualquiera de esas novelas inéditas que, hasta el momento presente, obran en mi poder y sólo en mi poder. Ya veremos.


domingo, 25 de octubre de 2015

NOVELISTAS DE RAZA


Esta mañana hemos cambiado la hora pero no hemos podido cambiar la vida. Ni siquiera la propia de cada uno.

Me toca ahora -soy novelista, that is the question- escribir una nueva novela. La del otoño de dos mil quince. La que me ayude a recorrer, merodeando cansado entre sus jueves sin recreo, pero con la cabeza alta, todavía, este final del año dos mil quince. ¡Tan amargo!

Ahora mismo me encuentro escuchando a un cantante que canta mal. ¡Me encantan los cantantes que cantan mal pero que son capaces de componer canciones bonitas! Cuando... uno escribe... debe también, a veces, cuando lo considere oportuno, escribir un poco mal en medio de un texto bonito. Véase el ejemplo. A esto yo lo llamo naturalidad o también desenvoltura. Saber que tus errores no derivan de tu impericia. Y que, en el fondo, te da lo mismo la opinión de los que vayan a leerte. Para que las cosas funcionen como debe ser se trata entonces... solo un poco ¡tampoco hay que pasarse!... de escribir con el paso cambiado.


Otra cosa es la historia, la jodida historia. "¡Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo!" dicen que decía el viejo Arquímedes. ¿Quién lo sabe? ¿Acaso existió de verdad este personaje o sólo es una ficción de los hombres para poder clamar: "¡Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo!". Los hombres -las mujeres, algo menos- siempre con exigencias. Dadme una historia...

No es el caso. No quiero historias prestadas. Quiero ser yo el que me invente mis propias historias. Quiero ser Arquímedes, mi Arquímedes.

Decía la otra tarde, en un blog de crítica literaria, que ya que todos los que escribimos somos un poco gilipollas (y los que no escriben, también; añado ahora) deberíamos procurar, al menos, ser unos gilipollas con personalidad, gilipollas únicos, y convertirnos en Arquímedes o en el protagonista de esa irresistible idea, de esa inconmensurable pretensión, de llegar a mover el mundo ¡nada menos que el mundo! a partir de un único milímetro de contacto entre dos superficies. ¿Se acuerdan ustedes de Chaplín haciendo girar el globo terráqueo, a lo loco, en la yema de uno de sus dedos?  Algo así constituye una empresa que exige de cierto grado de concentración. Ahí radica el problema. En que, a mí, concentrarme me provoca una especie de agobio. Más que a Arquímides, creo, o que a los tipos que se lo inventaron, seguro. Y sin embargo... ahora, no debo posponerlo más, me toca hacerlo. Sí, así es... a partir de unas cuantas ideas difusas, a partir dos únicas páginas escritas que ni siquiera sé si serán las primeras del libro, contando por el momento con una única reflexión, sobre la cordialidad, que tengo a medio montar en un folio aparte... he de inventarme un argumento. Los pilares de una historia de ficción que habrá de dotarle de un sentido lógico a todo lo que, al final, termine apareciendo en esa tesitura por la pantalla de mi computadora.


Los temas claves de mis textos, mal que me pese, vienen siendo recurrentes, pero... ¿en que novelista no lo son, por lo menos entre los actuales? He hablado ya: del paso del tiempo (lo he hecho al principio, cuando era más joven y eso me parecía un putada injusta), de la estrechísima línea moral/intelectual que separa verdad y mentira, del eterno retorno nietzschiano (casi siempre), del irresistible asunto, al menos para mí lo es, del doble, del doppelganger, tan en boga desde los mismísimos tiempos de Caín y Abel, y, hoy en día, un poco olvidado. De realidades paralelas donde todas las cosas transcurren prácticamente igual a un lado y otro del espejo. He hablado de amor, fundamentalmente. Y de la gran falacia del amor, en ocasiones. Y ahora tendría que ponerme a hablar de otra cosa.

¿De qué?. Pienso en otros autores... en grandes autores, o por lo menos en gente en la que confío, y... me bloqueo. A bote pronto no me vienen a la cabeza cuales son los temas esenciales de sus novelas, y eso es porque no deben parecerme más interesantes que los que yo he sido capaz de tratar hasta ahora. Pero cuando hoy den las diez de la noche (que serían las once si fuese ayer todavía) sin duda tendré ya que saberlo. Es el plazo que me he fijado como tope para haber diseñado el argumento de mi nueva novela. Y lo pienso cumplir.



A partir de ahí me imagino que todo vendrá rodado y, como me ha sucedido siempre, el texto progresará un día tras otro, casi sin que yo mismo me dé cuenta del medraje, hasta llegar al final de la trama. La novela -esta novela- también morirá. Lo mismo que todas. Pero entre tanto, yo, que voy a ser su autor, habré podido disfrutar... de lo que la vida me ofrece... un poco más intensamente.

martes, 13 de octubre de 2015

ALLEGRO MA NON TROPPO

(David Marl)

Sé que, por fin, has dejado de sufrir. También sé ¡seguro! que ya habrás tenido ocasión de verlo y pasear a su lado. Lo sé. Porque sé de tu fe e imagino -porque eres un tío cojonudo- que él habrá salido enseguida a tu encuentro y le habrá complacido darte un abrazo bien machote; de Dios a hombre.

También sé que estarás feliz porque, al cabo del tiempo, vuelves a hallarte de nuevo con los tuyos, que tan pronto se retiraron. También sé que cuando sea mi turno de largarme, tú estarás ahí -yo confío en mejorar a última hora y que también me manden para arriba- impaciente por hablar de fútbol y tomarnos los dos juntos unas cañas. Y sé que nos volveremos a acordar, de nuevo, del tío del concesionario de coches, el tío de la avispa, y volveremos a descojonarnos vivos con la anécdota. Sé, lo mismo, que, entre tanto eso suceda, no vas a vacilar en echarme una mano que me permita seguir flotando. Continúar a flote. Todo eso lo sé.

Pero también sé que, de momento, aquí abajo, a ras de suelo como las comadrejas, voy a encontrarme un poco más solo que antes. 

martes, 6 de octubre de 2015

LO REAL


Nada de lo que a mí me carga -y son bastantes cosas- aunque yo me pusiera a despotricar aquí, sobre el asunto, llegaría a desaparecer del escenario de mi vida, ni tampoco ¡ay de mí! dejaría de cargarme. Niego rotundamente, entonces, las posibilidades ejemplarizantes de los blogs, y, en mi caso, incluso sus facultades terapéuticas para el que los alumbra. Y las niego igual, como resulta obvio, y por extensión, en cuanto a los libros, salvo que sean expresamente libros de texto, docentes. Los que necesitarían leer ensayos, ni se les ocurre acercarse a ellos porque les aburren y los que deciden leérselos tienen ya formadas (o “sin formar” ¡pero las tienen!) sus propias opiniones casi sobre cada extremo de su contenido y, difícilmente, van a aceptar cambiar su punto de vista en función del punto de vista de un tercero que se cree más listo que ellos. Si no, no le hubiera dado por dejar constancia escrita de sus elucubraciones.

Desisto, entonces, de tratar en el blog temas pretendidamente sustanciales, porque sé que carezco de la menor influencia para que mis pareceres (estrictamente personales) puedan sugerirle algo a alguien. Pienso que, por lo general, todos somos más o menos lo mismo y mantenemos una única opinión oscilante según como entendamos, en cada momento, que nos está tratando la vida. Al final, el rumbo de los pensamientos no es sino consecuencia del nivel de consecución de los deseos. Pero ya ven... estoy enrollándome... y he escrito este post justo para decir que no merece la pena, de ninguna de las maneras, enrollarse entre los hilos de lo trascendental. Menos, en los blogs. Lo trascendental, si tú tienes la suerte de llegar a vislumbrarlo, ya se encargará de atraparte a ti, con todas tus ideas, con todas tus dudas, con todas tus neuras, y, cuando lo haya hecho, dejará automáticamente de suscitarte, ya, el menor interés.

Cualquier apunte, cualquier sugerencia, capaz de contribuir a un mundo mejor -indudablemente, las más eficaces- proceden de una serie de hechos y conductas ajenas, por entero, a la pretensión de lograr, a partir del don de la palabra ¡menudo don! la transformación del mundo.

Los científicos, los investigadores, los hombres de ciencia, en suma, están a lo suyo... no pierden el tiempo en soflamas, con discursos, con sermones... ¡actúan! Son, somos, esos otros individuos a los que la inteligencia se nos pierde irremisiblemente por los decisivos caminos de la lógica matemática, los que como sucedáneo intelectual... para poder entretener nuestra mente con asuntos susceptibles de nuestra asimilación... nos dedicamos a hablar de conceptos tan etéreos como lo son el bien y la justicia, e incluso nos atrevemos a pretender convertirlos en algo tangible... ¡qué ilusos! ... porque no queremos quedarnos descolgados, pese a saber de nuestras carencias, del progreso de la humanidad... ¡qué cínicos! Cuanto ni bien podríamos dedicarnos mejor -es para lo que, al parecer, servimos- a hablar de las caderas de nuestra enamorada... de las puestas de sol en las laderas de un valle... de las hermosas arrugas que la senectud les presta a los ancianos o de las risas espontáneas de los niños pequeños... que de postular como ciertas una serie de grandilocuentes clarividencias que solo van a servir, al fin y la postre, para satisfacer el ego -eso, para empezar- a quienes en último término vayan a resultar ser sus ejecutores.

jueves, 1 de octubre de 2015

CIENFUEGOS. Un retrato fugaz


Cienfuegos era un tío de mi clase, un poco hijo de puta. Cienfuegos, era rubio, tenía el pelo rizado como una escarola, y presumía de tener la polla bien gorda. Pero era un desastre jugando al fútbol y eso lo condenaba a juntarse con los frikies en los recreos. Además era interno, lo que, tampoco, sumaba puntos a su favor, que digamos.

El típico tío que exasperaba a los profesores. Les hacia preguntas gilipollas a ver si los pillaba y para que nosotros, en cambio, lo consideráramos la mar de agudo. Al de ciencias sociales, en concreto, que daba clase los martes y los jueves a primera hora por las tardes, lo sacaba de quicio. A Cienfuegos le gustaba pintar esvásticas y stukas, y alemanes de la legión cóndor en los cuadernos, no se le daba del todo mal dibujar, al cabrón, y "el cerilla", el profesor de ciencias sociales ese del que les hablo, cada vez que lo pillaba o veía los dibujos rulando por la clase -Cienfuegos también pintaba tías en pelotas- le decía que se dejara de gilipolleces y estuviera atento a lo que ponía en el encerado.

Luego tenía una regla de metal, con forma de toblerone, que tiraba al suelo, en clase de religión, cuando el cura, el padre Valentín, empezaba a apasionarse con sus parábolas y se ponía a llamarnos "mis corderos" y toda esa vaina. ¡Cloc! hacía la regla de Cienfuegos al golpear contra las baldosas. Y, antes de que el sacerdote le demandara explicaciones, él ya había puesto tal cara de idiota, que aquel otro, confundido, terminaba por desistir de su propósito.

Cienfuegos pintó una vez una cruz gamada y una polla, en la pizarra, antes de que entrara a clase el profesor ciencias sociales. Tenía catorce años y se conoce que pretendía medir su hombría con la del cerilla. Al ver los dibujos, este lo amenzó, delante de todos, con entrevistarse con sus padres si no dejaba de hacer el gilipollas.  Cienfuegos se encaró con él y el cerilla lo arreó un sopapo. Luego, antes de que a él le diese tiempo a reaccionar, lo echó de clase y le dijo que iba a hablar con el padre prefecto para que lo expulsaran del colegio de una vez por todas. Cienfuegos se echó a llorar.

Esa misma tarde, en el patio, nos contó que no tenía madre y que su padre estaba siempre viajando, y no le hacía demasiado caso, y que por eso había llorado, pero que el cabrón del cerilla iba a terminar pagándoselas, todas juntas, tarde o temprano. Y fue y lo juró delante de todos nosotros. Por aquel entonces no se estilaba todavía denunciar a los profesores y, para que vamos a engañarnos, Cienfuegos tampoco contaba con ningún familiar a su lado al que le apeteciese, o le interesase, defenderlo.

Ultimamente había perfeccionado sus habilidades artísticas y le podías encargar la chica como tú quisieras que él se ocupaba de dibujártela. Diez pesetas si enseñaba las tetas. Quince, si lo enseñaba todo. Cienfuegos veraneaba en una pedanía, cerca de Xátiva y aquel año, puso de moda entre los de la clase, la palabra parrús. Ricardo Cienfuegos, comedor compulsivo de donuts y un tramposo inofensivo jugando a las cartas, con los empollones, a juegos de mariquitas.

El otro día, ojeando en el periódico... a toda prisa, con aires de suficiencia, desgana, cara de asco... las páginas de política nacional, reparé en una foto. En ella aparecía un conocido líder, abrazando, tras un mitin que acababa de dar en cierta ciudad de provincias, a un tío calvo, la tira de feo, al que, el redactor del artículo, calificaba de hombre fuerte del partido en esa comunidad autónoma. Sin saber por que realmente, permanecí luego, cierto tiempo, dándole vueltas y más vueltas, en la cabeza, a la dichosa fotografía.

Hoy, al cabo de un par de semanas, estaría por asegurarles que el calvo aquel, de la nariz de patata, era Cienfuegos. El mismo Cienfuegos que viste y calza. Pero he consultado en la wikipidia, Ricardo Cienfuegos Puchades, y ahí no aparece nada de nada. Por no tener, el cabrón de Cienfuegos ¡no tiene ni facebook! Será capullo el tío.