jueves, 26 de junio de 2014

ALAIN DELON


Tenía mi madre una prima soltera que estaba platónicamente enamorada -y, a lo mejor, no tan solo platónicamente- de Alain Delon. En una carpeta guardaba un montón de fotos suyas -de revistas, interviews, affiches de películas... no sé de donde las obtendría- y cuando iba a visitarla con mi madre, a su casa, vivía con sus padres, ella las sacaba de la carpeta y las dos se ponían a verlas, muy concentradas, repantingadas en un sofá de tela verde que había en el salón. Las dos decían que era muy guapo, y yo veía que era muy guapo, en efecto, pero sin que eso me afectara lo más mínimo, posiblemente dispusiera ahí de mi primera prueba de fuego para saber que no me gustaban los tíos.

Porque, pese a que Alain Delon fuese muy guapo, y eso era indudable -como no me iba a dar cuenta si andaría por los siete años y, a esa edad, este tipo de percepciones son de una rotundidad drástica- yo prefería identificarme con un vaquero tuerto, con una casaca roja, que montaba un caballo... sin silla... al que se le sacaba la cola. Aquel vaquero de plástico era mi favorito. Indudablemente. E iba siempre conmigo a donde quiera que yo fuese. De esta forma, mientras ellas fantaseaban a su aire con el bello parisiense -supongo que mi madre aprovecharía el climax estético para sonsacarle información a su prima sobre potenciales pretendientes- yo permanecía centrado en hacerle cabalgar a mi vaquero sobre la alfombra ocre de debajo del sofá, echándole de vez en cuando una mirada, y esto no podría asegurarlo pero estoy casi seguro que sí que lo haría, a las piernas de la prima Luisa. Porque sí, los recuerdo, los he recordado después bastantes veces, recuerdo unos muslos blancos -blancos como la nieve, casi diría hoy- allá donde las medias de ella se detenían -permítaseme la expresión circulatoria- bajo el entoldado -igual con esta otra tan veraniega- de la falda. Mi vaquero galopaba por la lana marrón persiguiendo a los comanches y a su dueño -este John Ford de pacotilla- la mirada se le escapaba a veces hacia lo alto, inevitablemente, instintivamente, buscando quien sabe -no lo sabía entonces- qué quimeras ocultas.

Las escuchaba, a las damas, reír por encima de mi cabeza y cuando a veces, una de las fotografías se les caía al suelo, la prima me pedía con mucha educación que la recogiera y se la diese. Al recuperarla, ella la soplaba un poquito, le miraba a los ojos a Alain Delon, con ensoñación y nostalgia, y la volvía a colocar intercalada entre las otras.

La prima Luisa era una moderna. O eso comentaba mi padre. Bebía whisky y ponía en el stereo discos de Abba y de una tal Billie Davies, una chica que, por aquel entonces, debía partir la pana y de la que luego no he vuelto a saber más, y mira que me gusta la música, en toda mi vida.

Fumaban Winston, mi madre sin llegar a tragarse el humo y su prima sin que su padre, el tío Ramón, estuviese delante, y se tomaban "una copita", como les gustaba decir. Luego por la casa aparecía mi padre, que acababa de salir del trabajo, y me iba y con él y mi tío a donde la tele a ver los resúmenes de los partidos de fútbol en blanco y negro.

Mientras nosotros veíamos a Amancio y a Ufarte correr la banda, las mujeres jóvenes de la casa se entretenían coqueteando, a su modo, con la sonrisa de Delon. De mi tía Asunción, la madre de Luisa, de momento no he dicho nada. Pongamos que estuviese en la cocina preparando unos emparedados de esos fritos, de jamon y queso, que, primero, se empapaban en leche y se restregaban por un plato de huevo batido antes de depositarse en la sartén. Una barbaridad.

Luego el tiempo ha ido pasando ¡cómo no! y, menos mi madre y Alain Delon, hoy en día todas estas personas, tan queridas para mí, no se hallan ya aquí abajo. Mi prima nos dejó prematuramente por culpa del whisky. En cuanto al cow boy de la casaca roja, si me pusiera a buscarlo, no sé si lo encontraría. Me parece que no. Seguro que no. Cuando abandoné la adolescencia me deshice de todos los indios. Se los di a los niños. Y, sin embargo, esta noche echo de menos a aquel tipo. Un gran tipo.

miércoles, 25 de junio de 2014

"33" RECORD


Adelanto con las persianas bajadas, y una música triste cincelando el silencio, el turno de la noche. No tengo frente a mi ventana ningún bosque de abetos, ningún mar bravío, que me alienten a sublimar la vida. Hay, en cambio, unos mugrientos bloques con balcones, sin una puta planta, que no saben que existo. Menos mal.

domingo, 22 de junio de 2014

LOS FANTASMAS DE LA LITERATURA. Parte III (Racionalizar)

Parte III. Racionalizar

... la puerta no hay nadie.

No fastidien. Justo lo mismo que le sucede al tipo de mi novela. ¿Qué mierdas es esto? díganme: ¿Qué mierdas es esto? ¿Lo entienden, me lo podrían aclarar...? ¿Un conjuro, una confabulación…? Imagínense la cara de imbécil que tengo ahora mismo. En el descansillo hay cuatro puertas: las de los dos ascensores, la de la escalera y la de la casa de los vecinos. Ninguno de los ascensores se encuentra en estos momentos en la planta, ni siquiera parecen hallarse en movimiento, la lucecita roja que avisa de sus ascensos, y descensos, permanece apagada. Como resulta habitual, la puerta de acceso a la escalera se encuentra cerrada con llave. Con mis vecinos, un matrimonio con un hijo pequeño, bastante arisco, apenas mantengo la menor relación. Ahora bien, el chaval debe andar por los nueve años y cabría perfectamente que, con esa edad, le hubiera dado ya por empezar a hacer gilipolleces. Dudo si volver al ordenador o quedarme a esperar unos minutos en el hall. Por culpa de la historia en la que ando enredado, elijo esta última opción. Aproximó mi ojo derecho a la mirilla a ver si al panoli del crío se le ocurre repetir la gracia. Con lo impertinentes que son sus padres no me importaría, en absoluto, atizarle un buen susto.

Los segundos van transcurriendo sin que nadie aparezca a dar señales de vida. Recapacito. Mientras estoy fisgoneando me vienen a la cabeza nuevas ideas para incluir en mi relat…

¡¡Ding-Dong!! ¡¡Ding-Dong!!

El sonido eléctrico de la campana del timbre percute sobre mi cabeza. Rotundo. Insensible a toda lógica. Y como yo soy un tipo lógico, percibo a mi corazón preparado para salir huyendo y dejarme tirado aquí mismo. Instintivamente, sin pensarlo, hecho un manojo de nervios, agarro el picaporte con mi diestra y abro la puerta de par en par. No hay nadie ¡claro!. Absolutamente nadie.

Mientras miro con aprensión hacía arriba, hacia el registro del timbre, el cacharro culpable del insidioso ruido... el amedrantador, una especie de aire frío, cortante, pasa en una ráfaga fulgurante por mi lado, dejándome entumecido el costado izquierdo del cuerpo. Me giro para comprobar si de repente, en el pasillo, empiezan a suceder cosas extrañas y, al instante, escucho a mis espaldas, cerrarse la puerta. Lo hace con una fuerza estrepitosa.

Me abalanzo hasta ella e intento abrirla. Tiro hacia abajo del picaporte. No lo consigo. Tiro con más ganas. Nada. Repito varias veces la operación en vano. Pese a ser consciente de no haber echado el cerrojo, intento, ahora, probar suerte introduciendo la llave de seguridad en la cerradura blindada. Imposible, tampoco de esta forma logro que la puerta se mueva un ápice. Estoy encerrado. Prisionero en mi propia casa. La pregunta es obvia: ¿de quién...?.

Lleno de aprensión, el corazón latiéndome a mil por hora, avanzo con suma cautela, pasillo adelante, hacia el cuarto del ordenador.

Lo veo a él.

Sentado en mi silla hay un tipo alto… rubio… melancólico… cuyo cabello empieza a clarear en las sienes, y cuyo cuerpo, muy delgado, quijotesco, casi cadavérico, aparenta derretirse entre medias del aire de la habitación.

Me explica este hombre, con una timidez gentil, que está tratando de escribir un cuento, acerca de un hombre solitario al que le commociona el mar, y le gustaría saber lo que yo, un escritor, presumiblemente también otro hombre solitario, acostumbro a sentir cuando me demoro en contemplarlo. Le respondo:

-“Evaporación”-

Porque en esos mismos instantes, él, sin que al desventurado le resulte posible hacer absolutamente nada por impedirlo, está comenzando a evaporarse en el éter y a mezclarse con la nada. Me ruega: “¡por favor, no me olvides!”. Me instruye: “repara en la forma tan sofisticada de la que me he valido para presentarme ante ti”. Entiendo que desea proveerse de una coartada… un truco... una justificación plausible… con los que alojarse en mi pensamiento y conseguir, de esta manera, pasar a formar parte, de presentarse la ocasión propicia, del argumento de alguno de mis libros. Entiendo que no desee perderse para siempre en el vacío de la nada. Pero imagino que, esto, resultaría ser poco menos que una quimera inaccesible.


sábado, 21 de junio de 2014

LOS FANTASMAS DE LA LITERATURA. Parte II (Desbarrar)

Parte II. Desbarrar

... golpeándola.

No espera visitas. Estas no suelen ser habituales, apenas acude nadie a darse una vuelta por la urbanización los días laborables... entre semana, y la perspectiva de tener que ponerse a hablar con alguien, quien quiera que sea, de algo, del asunto que sea, le parece un engorro. Hasta el gesto mismo de tener que levantarse de la mesa, e ir a ver quien es el autor de los golpes, lo considera un esfuerzo. Y, levemente preocupado y decididamente contrariado, se toma su tiempo antes de decidirse a hacerlo.

Cuando abre la puerta, no ve absolutamente a nadie bajo el pequeño porche de la entrada. Saca su cuerpo apenas un par de metros afuera del recibidor y, no sin cierta suspicacia, desvía su mirada a izquierda y derecha, resignado a la consumación del encuentro. No. No hay nadie. Quien quiera que fuese el que hace unos instantes estaba tocando en la puerta, parece haber resuelto no quedarse a esperar. Como si le diese lo mismo ser, o no, recibido por los moradores de la casa.

El hombre de la barba gris regresa al salón y vuelve a tomar asiento junto a la mesa. Va haciendo pasar con lentitud las hojas del cuaderno. No hace amago de seguir adelante con el relato. El mar, los rayos del sol, el malva del océano, se hallan ahí, en el papel en blanco, aguardando a que los amalgame, los singularice, los acaricie, mas a él le resulta imposible concentrarse en la tarea. Ni siquiera es consciente de su desidia. No puede dejar de pensar en la puerta, en ese extraño que ha llamado a la puerta del chalet y ha desaparecido entre el pinar sin dejar la menor pista tras de sí. Baraja algunas alternativas para tratar de justificar el incidente. Se impone sobre el resto la de calcular que un ladrón ha tratado de cerciorarse de la ausencia de personas dentro de la vivienda, antes de aventurarse a penetrar en ella. Aunque obra en su poder un billete del tren que sale a las ocho hacia Madrid, sopesa si, esa noche, no debería quedarse a dormir en el chalet. La posibilidad de tener que hacerles frente a los ladrones lo atemoriza. Coge el teléfono móvil. Trata de localizar el número del puesto de la Guardia Civil. No ha concluido sus manipulaciones de la pantalla cuando empiezan a aporrear la puerta con extrema insistencia.

¡Ding-Dong! ¡Ding-Dong!

¡Vaya! ¡Mierda! Justo tiene que aparecer ahora un vendedor a darme el coñazo para que me haga un seguro o le compre cualquier electrodoméstico absurdo. Alguien debe haberle abierto el portal.

Refunfuñando, me hago con unos pantalones bermudas que veo tirados sobre la cama y me los voy poniendo de mala manera... por el pasillo... conforme acudo a abrir.

Abro. Al otro lado de la puerta no hay nadie...


viernes, 20 de junio de 2014

LOS FANTASMAS DE LA LITERATURA. Parte I (Escribir)


Parte I. Escribir

Vuelvo de la cocina de haber bebido un vaso de agua. El relato que ando escribiendo está a medias. Quiero significar con ello que por fin me he animado a darle comienzo. Aunque, en realidad, no sé lo que dará de sí, y, por tanto, tampoco sé si ando ya por la mitad o si he escrito menos de la mitad o si voy a rematarlo enseguida. Porque las historias, y también incluyo entre ellas a las que no son de fantasía, resultan tal cual, nunca se sabe con exactitud ¡ni lo sabe el cronista ni lo saben sus intérpretes! su duración. Son naturalmente efímeras. Como el amor.

En esta, de ahora, aparece una casa en el campo. Es otoño, es martes, y la casa del cuento es una casa “triste”. Una casa encalada de blanco, con regueros amarillentos de agua rancia junto a los canelones de plomo y un tejado de pizarra que ha comenzado a blanquear por el paso del tiempo. Detrás de la casa hay un pinar. Dentro, una persona. Permenece sola. Se trata de un hombre maduro que se está dejando crecer la barba. Debe andar por los cincuenta años, más o menos. Sentado a una mesa, redacta un cuento de misterio en un cuaderno de papel. Describe -y esto es algo que no deberá resultarnos disparatado en unas circunstancias como las expuestas- a un hombre solo. Un hombre solo que está en una habitación de hotel -un pequeño hostal de la costa- acodado sobre la barandilla de la terraza con la mirada perdida en el mar. Este es el protagonista de su relato.

El mar rotula en la distancia una línea transversal que hiende en dos el horizonte. Y al hombre del hostal, un tipo triste del interior, un tipo alto… rubio… melancólico… cuyo pelo empieza a clarear por las sienes, esa exactitud tan pulcra lo descoloca. Lo confunde. La clarividencia del océano endulza su temperamento. Y, aunque pretende que sus palabras hagan justicia al desgarro de su corazón y su ánimo perezca inmolado en fogatas de pena, todo aquel manto líquido de color azul… que desde donde él se halla sentado abarca la práctica totalidad del mundo… no le permite consumar sus propósitos. Esa espléndida constelación de agua viva lo obliga a sanear sus palabras con joviales notas de esperanza que no consienten la gangrena.

Mientras intenta describir los efectos de la luz del sol al reflejarse sobre el agua -pretende que el protagonista de su cuento sea capaz de hacerlo de forma original y pura- al protagonista de mi historia, el hombre del chalet, le ha parecido sentir un ruido proveniente del exterior de la casa. Como si alguien hubiese golpeado la puerta de afuera de manera no intencionada, por casualidad. No sabe si levantarse a abrir. Opina que de tratarse de una visita, hubiese hecho uso del timbre. Pero luego repara en que cuando apareció por allí esa misma mañana... no hacía aún dos horas... no llegó a prender el automático de la luz, y, por tanto, en esos momentos no existe timbre alguno en condiciones de rendir servicio.

En atención a sus características, su livianeidad, piensa que el ruido bien podría derivarse del roce, con la madera de la puerta, del cuerpo de un perro vagabundo o, incluso, tener su origen en los devaneos de un gato aguerrido y alborotador. Pero sabe, igual, que los gatos y los perros, suelen jadear o maullar cuando porfían con las cosas de los hombres y no ha sido, este, el caso. Lo saca de sus especulaciones otra vez el mismo ruido de antes. Un poco más fuerte, ahora. Secuenciado. Calcula que indudablemente habrá de provenir de la puerta del chalet y asume que debe de haber alguien golpeándola... 

lunes, 9 de junio de 2014

TAORMINA


Siempre a tu lado. Me gusta mudarme de ciudad. Vivir en un entorno desconocido. Hacerle un regate al libreto del tiempo cambiando de escenario con alguna frecuencia.

Volver donde ya se ha estado es recordar una parte del tiempo consumido. No acostumbra a haber sorpresas: la plaza, el parque de juegos, unos niños corriendo, la fachada de la iglesia, las amas de casa con el carrito de la compra. Todo permanece igual. El bar de la esquina, que cuando viene el buen tiempo saca unas cuantas mesas a la calle. Los coches detenidos en tropel ante los semáforos en rojo. El Corte Inglés.

En cada caso, sé lo que se van a encontrar mis ojos al doblar cada esquina. Las he doblado, antes, un montón de veces y puedo recordarlo.

He dicho que no hay sorpresas en las ciudades de mi vida, pero sí las hay. Yo mismo soy la sorpresa. Cazado mi rostro al vuelo en los escaparates de las tiendas, su aspecto es el de otro tipo, parecido pero distinto, al que los cristales reflejaban antaño. Alguien más viejo.

También existe pérdida, un hondo sentimiento de pérdida, rezumando en las calles de las ciudades donde hemos permanecido viviendo un buen tiempo. Vuelves a ellas, de turismo, un puente, a pasar el rato, e inconscientemente recuerdas a esa mujer de la que te enamoraste, ese buen amigo con el que salías de parranda, a tus padres cuando acudían de visita en primavera.

El camarero, al que le gustaba bromear mientras te servía la cerveza, ya no está. La cerveza es peor. Miras la decoración del bar. No podrías jurar que no ha cambiado. Coges el periódico. Han pasado... no sé ¿diez años? ¿quince? Sabes que ese ya no es tu periódico. Que lo que digan todas esas noticias absurdas, todos esos comentarios previsibles... y capciosos, no es algo que vaya realmente contigo. La mediocridad no va a poder abatirte. Ahora que no estás solo aún menos que nunca. Terminas la caña de un trago. Le das a ella un beso cariñoso en los labios. A tu chica. Y le dices ¿nos vamos?. Cada día más consciente de que son su figura, su sonrisa, su ternura, su vida... las que le ponen el compás a la tuya.

Se trata de escaparnos, entonces. De llegar a algún sitio donde a todas las cosas -las calles, los edificios, los monumentos más característicos- les resultemos extraños. Les parezcamos poco menos que otro objeto más. De arribar a un lugar, cualquiera, al que, por el momento, no le resulte nada fácil proveernos de rememoraciones ¿Taormina? Y de continuar a tu lado. Siempre a tu lado.

viernes, 6 de junio de 2014

LAS HOJAS MUERTAS


De "Memorias de un libertino desencantado"

Quietas, recordaban sorbos de té del Himalaya. Cuando se movían con los vaivenes del viento, aparentaban ser capaces de insuflarles cierto hálito perezoso, y dulce, a las alumnas y los profesores que cada tarde sistemáticamente, de lunes a sábado, recorrían los senderos del parque. Al ir a desprenderse por fin de sus ramas, por la llegada del otoño, lucían como si fuesen pequeños dragones de piel amarilla prestos a remontar el vuelo y dejar abandonadas Francia, y a las chicas, bajo las nubes y la lluvia.