miércoles, 30 de abril de 2014

TAXI. Parte IV (El Angel Gabriel)


EL ANGEL GABRIEL

Un silencio acechante.

A Marcos las ideas se le agolparon en el cerebro desbocadas como yeguas en celo; tenía que hacerse lo antes posible con el maletín. Sacarlo del taxi, esconderlo en algún lugar entre la chatarra, y... luego de conducir al hospital a su cliente, quien era bien probable que ya estuviese muerto... regresar en un satiamén a recuperarlo y llevárselo a casa.

Con el maletín repleto de dinero en su poder, Marcos oteaba el horizonte tratando de dar con algún lugar en el que dejarlo, a buen recaudo, sin correr el riesgo de que alguien se pudiese hacer con él durante su ausencia, y lo que era más importante -calculó que no le llevaría más de una hora regresar a aquel sitio tras haberles empaquetado el fiambre a los del Gregorio Marañón- con la seguridad de que podría acordarse sin problemas del lugar exacto donde lo escondiese. Vio un grupo de tres árboles sueltos, probablemente unos acebuches, a unos ochenta metros, erial adelante, y calculó que, ese, podría constituir un sitio idóneo para ocultar provisionalmente el maletín.

No le dio tiempo a llegar a los árboles. Poco antes de hacerlo sintió el inconfundible ruido de un motor de gasoil venírsele encima. Oyó luego a una voz, ciertamente melancólica, gritar exasperada: "¡la concha de tu madre, ladrón!". Y no sintió ya nada más. Solo el estallido de todo su cuerpo en mil pedazos y la consoladora aleluya del silencio. 

Viendo el telediario esa mismo mediodía en un bar, mientras se tomaba el sol y sombra del postre, Esquivias se quedó nota, al extremo de tirar de móvil para mandarle un whatsapp a su parienta.

En las noticias acababa de salir una reportera contando que un taxi con matricula 4841DBZ, del que era titular Marcos García Simarro, acababa de atropellar a un hombre en extrañas circunstancias, en un descampado por la zona de Mejorada del Campo, y, al parecer, el conductor se había dado a la fuga tras haberle arrebatado un maletín a su víctima.

-"No te lo había dicho, yo. Marcos a veces se pasa de vueltas". Le había puesto Esquivias a Sonsoles en el mensaje, tan contento de que su colega, el hijoputa, tuviese que verse las caras con la pasma.

Entre tanto, el "Grabiel", el chaval que lo había visto todo mientras andaba rebuscando en una montonera de escombros para pillar cable, estaba, en su casa, con la yaya y las vecinas, más contento que unas pascuas porque la periodista... con la que había hablado por la mañana... le había dicho que esa misma noche lo iban a sacar en el telediario.

martes, 29 de abril de 2014

TAXI. Parte III (Camino del Infierno)


CAMINO DEL INFIERNO

-"¿A mí?".

-"Usted es el pastor que conduce al rebaño; no le conviene perder de vista este detalle".

Con los trescientos euros convenientemente guardados en el bolsillo de delante de la camisa, Marcos cogió su móvil y trató de buscar con google algún lugar al que a sus dueños no les hubiera importado bautizar como el El Infierno. Lo único que consiguió localizar, con un nombre parecido a ese, fue un discopub en Arganda del Rey, de ambiente heavy, llamado "El Quinto Infierno". Había mucha pasta en juego y le convino proclamar:

-"¡Ya está. Ya he localizado ese sitio!".

-"¡Que bueno, amigo mío, que bueno!".

Marcos, echó una mirada por el espejo retrovisor al asiento de atrás. La tez del tipo aparecía, en esos momentos, tan congestionada, que, diriase, estaba a punto, casi, de volverse roja.

-"¿No podría usted conectar el acondicionador de aire, mi hijito?".

-"Lo siento. Ya le he explicado antes que no funciona" se desentendió Marcos del requerimiento del hombrecillo, con esa burda estratagema.

Este, ahora, comenzó a jadear y rebufar de manera constante, por culpa de la edad y el cansancio, y luego de volver a echar un vistazo por el retrovisor, a Marcos le pareció distinguir, en cierto momento en el que aquel retiró su sombrero para secarse el sudor de la frente, dos pequeñas protuberancias sobresalir entre sus cabellos. "No, no podía ser..." se dijo Marcos. "Aquello era demasiado chungo como para poder ser cierto..." continuó asegurándose. "¿Cómo iba a ser verdad que llevaba al mismo diablo montado en su taxi?".

El tiempo iba pasando, sin que hubiesen alcanzado su meta, y los jadeos del tipo iban volviéndose más y más persistentes. Más fuertes. El forastero le rogó a Marcos que se detuviesen lo antes posible junto al arcen. Este así lo hizo. Se hallaban al lado de un descampado, salpicado de restos de chatarra, junto al que los coches y los camiones... de la autovia... pasaban a velocidad de vértigo. De repente, el hombrecillo profirió un intenso quejido, muy bronco, y, a salvo de los intermitentes bramidos del tráfico, el taxi quedó en completo silencio.

lunes, 28 de abril de 2014

TAXI. Parte II (Dando vueltas y más vueltas)


DANDO VUELTAS Y MAS VUELTAS

-"¿Al infierno...?". Marcos estaba francamente sorprendido.

-"Sí. Ya lo escuchó usted, joven; al infierno" recalcó el hombrecillo del sombrero.

-"Mire, no sé como se va al infierno ¿Qué es eso? ¿Un puticlub?".

-"No tengo ni idea. Me han citado allí a las once en punto. Dentro de una hora. Su carro de usted ¿no disfruta de GPS, mi hijito? Pues... vaya... y conecte el GPS. Tampoco creo que sea tan dificultoso ¿No, mi hijito?".

Marcos introdujo las letras de infierno -sucesivamente, la "i", la "n", la "f", otra vez la "i"...- en la memoria del buscador. Apareció, en el mapa de la pantalla, la orden de continuar recto, toda La Castellana adelante, en dirección a Atocha.

Salieron del centro de la ciudad, por la carretera de Andalucía, y continuaron así, dando vueltas y más vueltas, camino de el infierno, entre los arrabales y los suburbios de la parte sur de Madrid. En cierto momento, Marcos, se hartó. El puto GPS había vuelto a conducirlos a la zona de Delicias, despues de haberlos obligado a recorrer media M-40, y su pasajero no quiso dejar de advertirle:

-"No me resulta lógico que estemos dando vueltas y más vueltas a lo loco. Tampoco me parecería caballeroso por su parte para con este, su hermano, que ello pudiera deberse a la aviesa intención, por su parte, de procurarse un sobrecoste en su tarifa". 

Molesto con el comentario, Marcos le sugirió al extraño personaje, según pasaban junto a una boca de metro, que podía bajarse del vehículo si así lo deseaba.

Con ese acento extraño, propio de algún país sudamericano, que le confería a su voz una melosidad no demasiado acorde con su aspecto, el hombre le solicitó esta vez:

-"No hace ninguna falta que dé más vueltas. Va terminar mareándome. Pero por favor, se lo ruego, lléveme al infierno, rapidito, me juego mucho en el envite. Tenga, tome...".

El tipo procedió a abrir el maletín y extrajo del mismo tres flamantes billetes de cien euros, completamente nuevos, de los que le hizo a Marcos inmediata entrega.

-"Y ahora, dese prisa. Está a punto de cumplirse la hora de la cita y no sé lo que me va a poder suceder si no llego a tiempo. También, algo raro, podría incluso que le pasase a usted. Sí, sí... a usted mismo".

sábado, 26 de abril de 2014

TAXI. Parte I (Un destino inesperado)


UN DESTINO INESPERADO

En aquella parada confluían los taxistas más cabrones de toda la ciudad. Se hallaba delante de un hotel de cuatro estrellas siempre lleno hasta los topes de guiris viejos y ellos solían darles, a los guiris, unas vueltas de cojones antes de dejarles donde, estos, les habían pedido. Las carreras al aeropuerto eran apoteósicas. Una pasta.

Marcos era casi el más cabrón de todos. Después de la tourneé le gustaba aparecer por Barajas a toda hostia. Entre acelerones. Como si llegaran tarde. Como si el avión fuese agua y estuviese a punto de escapársele, al matrimonio de viejales, entre los dedos de las manos.

Apareció por la puerta del hotel un tipo bajito, encorbatado, que lucía un pequeño sombrero de fieltro y portaba consigo un maletín. Este se dirigió a buen paso hacia la parada. A primera vista podría parecer un dinámico hombre de negocios un poco canijo. Mas, si te fijabas bien, podías apreciar, según el tipo iba acercándose, que no era tal, sino más bien un vejestorio de más o menos la misma quinta que el resto de los clientes del hotel. En resumidas cuentas, una presa fácil.

Marcos se abalanzó a por ella. Aunque en su ciudad no había costumbre de hacerlo, se apeó del vehículo y llamó por señas, al hombre del maletín, para que se incorporara al mismo. Estaba el segundo de la cola, pero se aprovechó de que a Esquivias le había entrado la modorra, y andaba medio sopa, para birlarle el cliente ante sus propias narices.

El hombrecillo entró al vehículo y Marcos le preguntó donde quería que lo llevara. Este le requirió en español:

-"Al infierno".

miércoles, 23 de abril de 2014

PAJARITA


Tenía una cara que molaba mucho. Como de personaje de cómic. Una buena nariz y unas gafas negras, con una montura bastante aparatosa, parecidas a las de los monigotes de los tebeos de los años sesenta. Aunque, últimamente, esas gafas se habían puesto de moda, él las había llevado desde siempre, desde que cumplió los catorce. Las primeras gafas que se hizo ya eran así. ¡La de hostias que se había llevado por culpa de las putas gafas! Pero tenía que reconocer que fueron también esas mismas gafas las que le ayudaron a hacerse un hombre. Le enseñaron, muy serias, que si querias hacerte respetar, había ocasiones en la que no te iban a quedar más huevos que liarte la manta a la cabeza y emprenderla a tortas. No hay que exagerar, siempre se había preocupado de elegir para currarse, al más mierdoso de la pandilla de Saavedra. Siempre. Cuestión de táctica. Hasta el punto de que los otros, más fuertes, más hijoputas, terminaron pasando del pobre infeliz. El pasó... lo mismo... de juntarse con ellos. Sí, sí, claro, eran los amos del patio, pero él no le veía la gracia por ningún lado a todo el rollo, aquel, de darse empujones, fumar marlboros, atizarles collejas a los pardillos en cuanto se descuidaban un segundo y fusilar a balonazos al gordo de Carreño cuando se ponía de portero.

Luego, ya más mayor, las putas gafas volvieron a joderlo, a base de bien, a la hora de que las tías le hicieran caso. Lo consideraban un tío raro y no lo tomaban en cuenta ni para las confidencias. Los besos, ni con lengua ni sin lengua. Besos en la mejilla, de pringao.

En la universidad, los nerd empezaban a ponerse de moda. Comenzaron a proliferar, como setas, los tíos con unas gafas como las suyas o parecidas. Remilgados, larguiruchos, siempre en camiseta de manga larga así cayeran chuzos de punta. Pero las suyas ¡las putas gafas! eran de verdad, de verdad de la buena, vintage, como ha dado ahora por decirse, adquiridas siempre, a precio de saldo, en las ofertas más cutres de las ópticas más cutres de Moratalaz y El Puente, cuando lo que partía la pana era llevar los cristales, y solo los cristales, flotando por los aires delante del careto, como si estos se sostuvieran en un equilibrio mágico... leonardiano... loco, sin necesidad alguna de montura.

Tenían, sus gafas, las patillas mordisqueadas, de cuando se ponía a pensar con ellas en la boca, delante de un libro que era una puta mierda que le había prestado, para que se lo leyese, una tía que lo volvía literalmente majara. El pasaba del libro, se la imaginaba a ella en pelotas, follando, y roía la pasta de las patillas, a conciencia, como si le estuviera propinando a la chica mordisquitos en los lóbulos. O como si fuese un puto ratón salido.

Tenían, sus gafas, los cristales raspados, de dejarlas apoyadas en cualquier parte siempre boca abajo. Raspados, de todas las veces que se le caían al suelo por llevar los tornillos de las patillas demasiado flojos. A veces, si se fijaba mucho, veía algunos rayones delante de él, pero, por lo general, el tema aquel se la sudaba y le importaba un pimiento acudir al curro, o incluso a una cita galante, con aquella mierda de gafas.

En una de estas citas, una chica menuda, con el pelo corto, que le recordaba a Amelie y no le acababa de convencer del todo, el las prefería más gordas y con un poco más de pinta de puta... la verdad, le dijo que le encantaban sus gafas. No supo como reaccionar. Lo hizo de la manera más lógica posible, quitándoselas. Ella se lo quedo mirando a los ojos fijamente y le pidió, por favor, que volviera a ponérselas. Le dijo que le parecía que estaba más bueno con las gafas puestas. Quedó desconcertado.

Eso fue hace ya ocho años. Pero continuaba igual de desconcertado a causa de las putas gafas. No sabía lo que podría suceder. Parecía mentira que algo, como aquello, fuera capaz de depararle pesar, o mejor incertidumbre, cuando, realmente, carecía de la menor importancia. Incluso, tenía que admitirlo, debería sentirse bastante contento. No eran pocas las veces, en su vida, en las que había abominado de su aspecto por culpa de ellas, y, sin embargo, ahora, que faltaba tan solo un día, veinticuatro horas, para que le operasen de sus dioptrias no se sentía feliz. O no del todo feliz.

Bajó de casa. Cogió el metro. Entró en unos grandes almacenes del centro y se hizo con un par de pajaritas bastante sobrias, una de cuadros y otra de lunares. En cuanto obtuviese el alta médica, iría con ellas puestas a trabajar. No le acababa de convencer la idea de que la gente dejara de compararle con un personaje de cómic. Le iba a costar acostumbrarse. Era así como él se sentía feliz: siendo, justo, como el héroe de un tebeo de aventuras. Adoraba a Tintín y, este, jamás, en ninguna de sus historias, se había avergonzado lo más mínimo por utilizar pajarita. Y si había tenido que soltarles un guantazo a los villanos, luciendo su pajarita en el cuello, lo había hecho de mil amores. A los tíos que les sudaba la polla todo, como Tintín, también se la sudaba llevar pajarita. Sonrió. Volvió a sonreír. Porqué él, a quien en realidad se parecía, era al capitán Haddock.

martes, 22 de abril de 2014

LA DECADENCIA DE LOS PERSAS


Con el destino, el azar, la suerte consiguen irracionalizarse las causas de muchas desilusiones. Es necesario y preeminente, entonces, que los duendes sigan existiendo. Porque también las desilusiones pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, así prospere la revolución emprendida por el más sabio entre los visionarios más justos, van a seguir existiendo siempre. Y casi nunca habrá de interesarnos su comprensión certera.

Quede todo... entonces, o al menos casi todo, al albúr de la inminente llegada de los persas.

viernes, 18 de abril de 2014

EVREAUX

(Imagen, letra y ¡música! Vincent Delerm)

Martes, 3 de enero. Son las ocho y veinte. En las aceras ha cuajado un poco de nieve. Entro a un restaurante vietnamita. En Evreaux. En el comedor vacío hay una pecera con un pez capturado en el mar de Japón, que parece chocar contra el azul del agua. Evreaux. En la taza de sake, una mujer desnuda. Me parece que te voy a extrañar.

El camarero desmañado tiene de vietnamita lo que yo, que llegué en el 82 a Evreaux

"El plato 43 es cerdo con soja" "El pato... ¿es para el caballero?". En Evreaux. Y la mujer desnuda del fondo de la taza ¡zas! ha desaparecido.

Me parece que te echaré de menos. "¿Creés que continúa nevando en la calle?".

En un restaurante vietnamita permitiste que te pasara la mano por el pelo. Te voy a echar de menos. Un poco por lo menos.

(Por la traducción, libre, libérrima, julianbluff. Merçi, Vincent)

lunes, 14 de abril de 2014

I LOVE TROLLS


Por que me encantan los trolls. El mundo está lleno, rotundamente lleno, de gilipollas. Y yo procuro moverme -no digo que alguna vez en mi vida no haya hecho gilipolleces- justo por el lado de enfrente. Y cada vez me siento más beligerante, apaciguadamente beligerante, supongo que me entienden, cosas de la edad, con los del otro lado. En esta tesitura estoy persuadido de que el fomento -o, por lo menos, la aceptación- del trolleo, es una herramienta formidable para dejar a los gilipollas en evidencia. Aunque sen anónimos, da igual. O, incluso, me pone más que sean anónimos. Miren: van ellos, sueltan su cagada en tu blog y... ¡ahí me las den todas!. Y cuando profiero esta última exclamación a quien estoy refiriéndome es a mí mismo, claro.

La fulanita o... casi siempre... el fulanito -las chicas, en líneas generales, no suelen ser tan ruines- hace su deposición en el recibidor de casa y yo no estoy dispusto a limpiarla. Me mudo cada dos por tres de apartamento y me imagino que el único que, si acaso, va a volver a aparecer donde se halla la mierda es él, el troll. Para ver su mierda, oler su mierda y comprobar si a alguien -el tipo del blog o cualquier otro de los comentaristas- le ha apetecido, o no le ha apetecido, motejarlo de monsieur cagarro. Bonito panorama.

Un panorama delicioso que no estoy dispuesto, bajo ninguno de los conceptos posibles, a desbaratar. No a la moderación de comentarios. No a las claves encriptadas para poder entrar a opinar en el blog. No a ningún tipo de censura. Que quien esté hecho un gilipollas disponga de todos los medios a su alcance para poder evidenciarlo. Y yo... a pasarlo teta. Que, ya se lo he dicho, ando atravesando una etapa de "mi vida" -en parte por el "mi" supongo, y en parte, también, por la "vida" misma que nos está tocando en suerte vivir estos últimos tiempos, de insensatos sería negarlo- en la que me produce no poca satisfacción contribuir a desenmascarar gilipollas. Aunque sen anónimos, da igual. O, incluso, me pone más que sean anónimos.

Y estarán ustedes preguntándose, ya me lo supongo, que perra, el tío este, con que prefiere que lo troleén los gilipollas innominados a los gilipollas con nombre y apellidos. La explicación es bien sencilla, con estos últimos pudiere darse el caso, y de hecho se da, de que apreténdoles un poco las clavijas, se la envainasen ¿Y que vas a hacer tú, entonces, sino aceptarles las disculpas a los pobres cabeza de chorlito, aunque no se lo merezcan? Ya que los gilipollas, todos en líneas generales, acostumbran a llevar adelante sin descanso, sin desfallecer, la misión primaria que tienen atávicamente encomendada de ir y joderle la marrana al prójimo y les da igual haberse arrepentido un jueves para volver a cagarla el sábado. Mientras que... a los primeros... para no ponerse en evidencia una vez han recibido el primer soplamocos, no los queda si no perpetuarse, ad eternum, en su gilipollesco anonimato de gilipollas eterno. No has de molestarte en tener que asumir, o no, la moralidad de su arrepentimiento. Que es, este, asunto de dioses y no de simples humanos.

Cabría también que estos adorables trolls, a los que me estoy refiendo ahora, los gilipollas anónimos, una vez satisfechas sus necesidades no volviesen a aparecer ya nunca por el recibidor de casa. Vale. También, esto otro, me sirve de cara a mi abnegada labor. Su mierda cabrá como señuelo para otros trolls. "Se admiten trolls" vendrá tácitamente a sugerirles, la catalina, en un blog así, al margen de cualquier tipo de censura, permitiéndole, esta estratagema a su autarca -esto es, mi menda lerenda- desenmascarar para el bien de su "ego" depredador ¡y hasta el de la humanidad pensante! nuevos y recalcitrantes gilipollas.

Pero... vaya... en el fondo tampoco es que sea demasiado mala persona y lo único que seguramente pretendo con esto, con este egoista ejercicio de tolerancia -o, al menos, es, este, argumento al que recurro para permitirme la tranquilidad de conciencia- es que alguno de mis trolls ¡por lo menos uno! después de haberse leído, un par de veces, las gilipolleces que no le ha importado dejar expuestas en público, a la vista de todos, como contrapunto a alguno de mis resplandecientes textos -je, je...- pueda, avergonzado, desengancharse en parte de su enorme estulticia y la próxima vez que le dé por hacer el imbécil, utilice su nombre de verdad. El de la realidad cibernética, quiero decir. En cuyo caso, me presentaré en su blog y, pespunteándole al pobre diablo alguno de sus lamentables soliloquios con el vértice de mi florete dialéctico, le permitiré disponer de la oportunidad de demandar perdón. E incluso me avendré a perdonarle. Palabra de honor. Como el escote.

sábado, 12 de abril de 2014

UN VERDADERO CAMPEON

(Paul Coventry-Brown)

En mi opinión, mi mujer está demasiado delgada. Siempre obsesionada con la báscula. Se trata de una mujer que vincula su dignidad -a la que sobrestima sin verdaderos motivos- con la carencia de peso. Y por eso, yo creo, asocia los hidratos de carbono y las salsas con una pérdida de autoestima. Comer con ella es un suplicio. La comida la asusta. Y cuando está rica la asusta todavía más. Aunque yo creo, esa impresión tengo, que, a veces, come chocolate a escondidas. Y me temo que eso sí le parezca bien. Comer chocolate a escondidas reune todas la características necesarias para que Patricia lo considere algo digno.

Me da miedo que la culpabilidad que la impide disfrutar de la comida termine confundiéndola la mente. No quiere admitir que no come, casí, para estar guapa -identifica, o eso se quiere creer, la falta de kilos con la belleza- y prefiere asociar la delgadez con un valor, aún más intangible, más dudoso, menos consciente, como el de la dignidad. Ojalá la sensación que albergo acerca de Patricia fuera sólo eso: una impresión fulgurante que mañana pudiese parecerme absurda. Pero hoy, ahora -que es el único tiempo decisivo para los veredictos- sus modos, sus ojos, me sugieren la eventualidad de que los nervios la anden llenando de confusión la voluntad y vaciando de propósito todas esas palabras que a ella le gusta enunciar muy despacio, con solemnidad, como si siempre estuviese juzgándote.

Se lo advierto entonces: “Patty ¡ojo! el odio y el amor duermen en cuartos contiguos” y ella me tacha de cabrón y se larga, enfurruñada, a otra de las habitaciones del piso.

Sin apenas mirarme, me dice dolida, cuando me acerco hasta ella para pedirle disculpas: “no tengo por que seguir soportándote”. Y yo le contesto que no me haga caso, que pase de mí; le digo que... ya sabe... los consejos sólo los dan los gilipollas. Y a los gilipollas no hay que hacerles nunca demasiado caso.

Me dice, arrepentida, que no soy ningún gilipollas. Y yo le contesto que, un poco, sí. Es absurdo que ella se obstine en no reconocerlo.

Probablemente otro día, uno de esos días en los que Patricia, aburrida, se ponga mentalmente a componer, para tratar de entretenerse un rato, un listado vital de todos sus enamorados, yo, ya ni siquiera aparezca entre ellos. Pero, también es probable, si justo ese día ella no está muy triste y le ha dado por pensar que el mundo no es un lugar tan turbio, que sea yo y... no otro, precisamente yo, justo el que vaya a ocupar la pole position.

Como el verdadero campeón de su vida.

jueves, 10 de abril de 2014

EL TATUAJE DE RIVERA Y LA NUEVA LITERATURA


«Cuando quieras emprender algo habra mucha gente que te dira que no lo hagas. Cuando vean que no te pueden detener te diran como lo tienes que hacer. Y cuando finalmente vean que lo has logrado... diran que siempre creyeron en ti»

Esta frase, de arriba, puede leerse en la parte interna del brazo diestro de Kiko Rivera. El disc jockey. A lo mejor el chaval va a resultar no ser tan tonto como pensamos, o como a nosotros nos ha apetecido imaginárnoslo para, a través de uno de esos exorcismos colectivos de descalificación "ad hominem", a los que tan aficionados somos en nuestra tribu, pretender hacer como si no nos apercibiésemos de nuestra propia gilipollez. A lo mejor va a ser que el chaval tiene más luces, bastantes más, que las que atesoran todos esos otros que intentan consolarse de sus propios complejos, calificándolo a él, al famoso, al calvito, al chaval con la esclava de oro colgándole de la muñeca, de chico de tonto. De primavera.

No sé si la frase de marras será cosecha suya, de Kiko Rivera; pero... ¡claro que podría serlo! ¿por qué no?. Vamos, no obstante, a considerar la posibilidad de que no sucediese así ¿No vivimos una época, no frecuentamos una narrativa, que ha querido... conscientemente, otorgarle carta de naturaleza a la metaliteralidad? ¿No hemos quedado antes, otras veces, en que ya en pleno siglo veintiuno, y con casi tres mil años de prosa escrita subida a la chepa de la humanidad, en literatura, en el arte, todo lo que no es tradición va a resultar ser sólo plagio? Entonces, en cualquier caso, lo miremos por donde lo miremos, incluso admitiendo que no sea... él... el autor de la leyenda, tendremos que mantener que el joven -ya no tan joven- Rivera, nos ha marcado un golazo por la escuadra gracias a la sensatez y la suficiencia que es capaz de dispensar su tatuaje.

Ni una sola línea... ni un único planteamiento... en los textos de los jóvenes literatos españoles, y mira que los tíos y las tías se esfuerzan por tratar de conseguirlo, dotado de la fuerza expresiva y la carga emotiva de la bendita frase. Un frase que pespuntea, como las notas músicales de un pentagrama eterno, la piel del brazo de un hombre de la calle. "Y cuando finalmente vean que lo has logrado... diran que siempre creyeron en ti". Ley de vida. "De ley" como dicen los gitanos. El arrepentimiento interesado de los mediocres.

Procede entonces hoy, que, sin ligereza ni frivolidad de ningún tipo, acudamos a abordar esta oportuna comparación, también tan literaria, entre aquellos "Love&Hate" que, en la "Noche del Cazador", llevaba tatuados Robert Mitchum en las falanges de sus dedos, con esa precisa descripción de los torpes modales con los que los necios ofician sin descanso su conjura contra quienes no lo son -y perfectamente sé por que me ha venido a la cabeza el título de la novela de Kenneth Toole- que aparece escrita sobre los poros de la piel del sorprendente Rivera. Brutal el canto a la esperanza, y el desdén hacia la mediocridad, que el tipo, un "buen tipo" me parece a mí, ha querido que lo acompañe en el futuro, a su lado, como un sosegante mantra, por el camino de la vida.

Y... no, no se lo ha financiado Random House Mondadori. Me imagino.

lunes, 7 de abril de 2014

LA SONRISA TIERNA DE UNA CHICA TRISTE


Su tristeza y su sonrisa. Ella te mira desde el fondo de una foto. Lleva una gabardina puesta. Sostiene, en una de sus manos, una flor. “¿No será un poco cursi?” te dice, sonriendo. El pelo lo lleva recogido en la nuca y su mirada derrocha confianza. Aunque no llegue a ser una mirada alegre. La flor es una rosa.

Afuera, se ha desatado el viento. Baja por las aceras, a bandazos, topándose con las papeleras y las farolas. Despeinando a su paso las ramas de los árboles. Arrastrando consigo las bolsas de plástico vacías que, habitualmente, acostumbran a ensuciar las calles.

Es martes. Son las diez. No hay tráfico alguno. Los semáforos aburren. Resaltan, en la penumbra, las letras rojas y azules de una franquicia de hamburguesas a punto de cerrar a esas horas. Se diría que en esa ciudad grisácea, el alumbrado público, cuando es invierno, oscurece las calles al pretender iluminarlas. Sin la luz del sol, unas calles así pueden provocarte pena, hacerte sentir que has fracasado en algo sin excesivo valor.

La luz artificial flota sobre la ciudad, como un velo amarillento de plástico pegajoso, y oculta las estrellas. Te impide recurrir al consuelo de ponerte a mirarlas. Continúas conduciendo adelante. Sintonizas la radio. Se trata de un tipo que parece no cansarse de soltar chorradas. En casi todas las emisoras hay una tipa o un tipo que dicen cantidad de chorradas. La apagas. Valoras todo lo que te rodea como innecesariamente feo... incluso grotesco, en ocasiones... Te resulta imposible pillarle la menor gracia al asunto. Ni a las soflamas de la gente de la radio, ni a la basura que acarrea consigo el aire, ni... menos todavía... a las paredes de las casas llenas de monigotes y rayones pintarrajeados "¡Qué puta mierda!" te sale proclamar desde el fondo de tu corazón, aunque, prácticamente lo digas en un susurro, consciente de que todo eso, que tanto te jode, no va a poder, en modo alguno, solucionarse. Como si tus convecinos se hubiesen entregado a propósito, con gusto, a oficiar de buen grado un oscuro aquelarre menesteroso.

Tienes la foto. No lo olvidas. La sacas de la guantera. La vuelves a mirar. Vuelves a admirarla a ella... ¡tan linda! Y te da miedo. Piensas que si ellos se enteran, querrán arrebatártela. La miraran, la rasgaran y la dejaran tirada en las aguas podridas de un alcorque, flotando entre docenas de colillas fermentadas. Un destino ignominioso y absurdo para la sonrisa tierna de una chica triste. 

viernes, 4 de abril de 2014

VIAJE A ASTURIAS


No le habían dicho el nombre de la playa. Como la llamaban. Sólo sabía que debía andar por allí. Alguien le había hablado de un faro. El faro lo tenía delante, luego la playa tendría que hallarse cerca. Los cielos permanecían llenos de nubes. Encabronados. Eran nubes negras y picudas. Como si estuvieran forradas con espinos y cardos. La playa aquella, que andaba buscando, fue donde él aprendió a nadar de canijo. Su tío lo tomaba por la barriga, le decía que estuviera tranquilo y lo soltaba. El se ponía a bracear como un cachorro y, cuando estaba a punto de hundirse, su tío lo volvía a coger por la barriga y tiraba de él hacía lo alto. Se atragantaba casi siempre. Hoy, su tío estaba muerto. Había muerto la primavera pasada. A punto de jubilarse, a la muerte le apeteció llevárselo a su piscina para que les siguiera enseñando a nadar a los niños.            

Distinguió unas gaviotas en lo alto. No las había perdido aun... de vista... y ya habían aparecido otras.       

Gaviotas. Le trajeron a la mente una novela que había leído aquel mismo verano. Su protagonista se comportaba como un completo idiota. Aunque, en el fondo, no era más que unas cuantas ideas, penosas, torpes, dudosamente originales, a las que su dueño había decidido convertir en un hombre. Le cupo la duda de si él no estaría, también, forjando un idiota cada vez que se atormentaba dándole vueltas en la cabeza a lo sucedido. Justo. Si no estaría él, modelando, con sus pensamientos, otro rotundo gilipollas. ¿Quién, sino él, podría tolerar calarse hasta los huesos, bajo un aguacero, en busca de una playa que con toda probabilidad iba a resultar incapaz de reconocer?.  

Detuvo el coche junto a un chigre que había en los bajos de una posada. Entró dentro y preguntó por la playa. Algunos, los más viejos, sonrieron. En la televisión, una chica con el pelo teñido de verde, le explicaba a la presentadora por que odiaba a sus padres. Pidió que le sirvieran una sidra. Había una perdiz disecada, junto al aparato, y una foto de David Villa, junto a la perdiz, en la que el futbolista aparecía pasándole un brazo, por los hombros, a un hombre que se daba cierto aire al que en esos instantes atendía el mostrador. Justo el que había hecho caso omiso a su pregunta de hacía un par de minutos. Tuvo que insistirle.

“Esta vacía. No hay nadie. Con el tiempo que hace, no va a encontrarlos. Se lo garantizo". A él le intrigó aquel comentario. No sabía si aquel tipo estaba refiriéndose a alguien de por allí del que pensaba que podía ser amigo suyo o a los recuerdos perdidos que estaba esforzándose por recuperar aquella mañana. "No he quedado con nadie. Unicamente deseo verla". No le importó, a él, rendir explicaciones.

"Usted no es de por aquí ¿verdad?".

Se trataba de una chica rubia, con el pelo largo, que los estaba escuchando hablar.

Cuando la chica comprobó que él se había terminado la sidra, y no repetía ronda, le preguntó, esta vez, si podría acercarla hasta Gijón. "¿Vas para Gijón?".

Sin saber por qué, le contestó que sí. Los dos salieron afuera y se metieron, corriendo, en el coche. Ella, al entrar, forzó un gesto brusco con su cuello. Algunas gotas de agua fueron a parar a la piel, de la mano, con la que él andaba manejando, en esos instantes, la palanca de cambios.

Les costaba un mundo, a ambos, hacer uso de la palabra.

Pasado Candás, el cielo aclaró de repente y apareció a lo lejos, difuso y misterioso, como si su saliva fuera fruto de una gigantesca ampolla de vidrio, de color rosa, nada menos que el arco iris. 

jueves, 3 de abril de 2014

COGITUS INTERRUPTUS. Parte IV. Los Nuevos Paladines de la Literatura


De donde por fin se pone término a este atrabiliario relato de predilecciones prescriptivas, deserciones intelectivas y maquinaciones descriptivas, apuntando justo donde procede, al centro mismo de la diana. Ya que va ser aquí, en este último post de la serie, donde se explique, de manera breve pero terminante, críptica pero estimulante, el "verdadero tema del apotema" -compendio apoca(sica)líptico de el coño de la Bernarda y el cipote de Archidona- la cuestión, justo, que el sibilino Watson fingía desconocer. No otra que esta: "¿cómo unos libros tan malos pueden obtener unas críticas tan buenas?". O la, también llamada, venganza zalamera de los críticos cautivos. 

4ª Parte. Del excipiente de venganza que acostumbra a estar presente en los críticos renuentes. "Ese libro es un topacio".

No querría cerrar esta filípica o esta homilia -que hoy, no me pregunten por qué, parece que me ha dado por pretender ser el guardían de mi hermano- sin apercibir... a todas esas almas cándidas capaces de reprochar a nuestros dos amigos, aquí citados, que la emprendan a teclazos con las novelas sin haber terminado de leérselas... ¿Pero acaso disponen ustedes de una fé tan buena, tan noble, como para creerse que los críticos oficiales, profesionales, solo afrontan sus reseñas si previamente han sido testigos del punto y final del texto (y de todo lo que va por delante)? ¿Pero no se dan cuenta ustedes, amables lectoras, amables lectores, que eso no es en algún modo posible, que es materialmente inviable? ¿Que de ser así, como ustedes aparentan suponerse, los pobres críticos terminarían en la mayoría de los casos amargados, hastiados de la vida, vencidos por la desidía, la frustración y el aburrimiento?. Ocurre... que los críticos "de verdad" esto no lo pueden decir, está feo, pero claro que sucede ¡como no habría de suceder!

Es más, me imagino que esas críticas elogiosas, ponderadas, rigurosas, llevadas a cabo sin, ni mucho menos, haberse leído el libro que constituye su objeto, integran una dulce venganza por parte de estos señores ante la obligación que los ha impuesto ese establishment del que ya hemos hablado, y al que se han visto abocados a formar parte (y no me dirán que no soy mú güena persona), de tener que glosar unos bodrios infumables -en la mayoría de las ocasiones, aunque se lo ordenaran, ellos no podrían escribir así de mal ni a propósito- aparentando el cuajo, encima, de defender ante sus semejantes "la constante presencia en la obra de este joven y prometedor novelista, de un notable dominio del lenguaje y una imaginación desbordante, si bien en futuras entregas tal vez fuese aconsejable que procurara afanarse en un uso menos previsible de las metáforas". La bomba. ¡Para bailar esto es una... BOM-BA!.

miércoles, 2 de abril de 2014

COGITUS INTERRUPTUS. Parte III. Borja Pablo es un hortera


Post de largo recorrido en el que se empezó por alabar a un par blogs de crítica literaria tradicional. Se continuó disertando sobre la procedencia de desechar cualquier intento de asimilación, por simpatía explosiva, de las lecturas perniciosas, superflúas y ridículas. Y va a tratarse, esta vez, sobre la oportunidad del esbozo de una crítica audaz... que no temeraria, acerca de aquellos escritos catados a conciencia... que no con persistencia -a imagen de los aventurados sommeliers- cuyo fin pareciere apuntar al entontecimiento y el aburrimiento de los lectores mediante su alistamiento a los gustos homologados por los más recientes vanguardistas. Para ello, va a volver a hacerse evocación del malestar provocado por los romances fallidos y recurrirse al simil ¡exageradísmo, tal vez! de volver equivalentes las ideas con la sustancia de la persona que las alberga.

3ª Parte. De la pertinente procedencia de hacer crítica literaria de libros a medio leer. ¿O es usted tan hipócrita de negar que es incapaz de criticar a alguien sin, antes, haberlo conocido a conciencia?.

Retomando el hilo de nuestra antigua historia. ¿Acaso el hecho de no haber terminado en pelotas... retozando en la cama... con tu pretendiente va llevarte a renunciar a criticar con tus amigas, con tus amigos: su camisa de Tommy Hilfiger, sus zafios modales al cortar la carne, su predilección por Aida (la serie de la tele), su detestable arrogancia, o su obsesiva tendencia a pretender dejarte en ridículo? ¡Y un güevo!. Otro más.

Imagínate, ahora, si con quien has quedado es con un actor o con una actriz famosos. Menos aún lo callarías. Añádele que a tí, además, te hubiese dado por hacerte reportero de la prensa rosa. ¡Imposible, en este caso, que guardases silencio!

Pues esto, en el fondo, es lo que pasa con estos dos señores, de los que hasta ahora les he venido hablando, que como son una especie de reporteros de la prensa del corazón pero en relación con los escritores, el hecho de cotillearnos acerca de las novelas de estos últimos -el que los autores entablan con sus obras es el summum de los idilios en el egocéntrico mundo de la literatura- habrá de suponerlos poco menos que una obligación. Incluso... aunque hayan sido incapaces de pasar de la página ventiuna.

martes, 1 de abril de 2014

COGITUS INTERRUPTUS. Parte II. De los idilios infructuosos.


Post de largo recorrido en cuyo transcurso ha comenzado por tratarse de ciertos blogs literarios beligerantes frente a la narcolepsia de la mediocridad; y en el que en este turno se van exhibir, como objetos de exposición, los sensatos motivos por los que el abandono consciente de las lecturas perniciosas, superflúas y ridículas por parte de quienes han dado en padecerlas, convendrá ser tenido en cuenta por las víctimas, a poco diligentes que sean, como una jubilosa fiesta de la voluntad. 

2ª Parte. El olor de aliento a cebolla desbarata los idilios (o de la provechosa profilaxis de dejar por la mitad los libros que no nos gustan).

Justo por ese mismo aggiornamento valientemente puesto en solfa, aparecen de vez en cuando por la pareja de blogs de los que les hablaba ayer, algunos comentaristas -hombres y mujeres de buena fe, indudablemente- que les afean su conducta a los arcángeles tutelares de los respectivos chiringuitos. Primero, por no terminarse de leer un libro que se habían empezado a leer. Y, segundo, por atreverse a llevar a cabo una crítica sobre la valía del libro, y el genio de su autor, en esas ¿pírricas? circunstancias.

Voy a intentar desde mi modestísimo prisma de genial erudito... ejeeem... hacerles ver a todas estas personas, que yerran. ¡Qué digo "que yerran", no solo eso sino que además podrían asemejarse a unas hipocritonas de mucho cuidado!. Veamos ...

Usted señorita, usted caballero, tiene esta tarde/noche (como mola lo de tarde/noche ¡que parisien suena!) una cita galante con una persona de cuyos atractivos ha oido cantar absolutas maravillas, de la que todos comentan ser un ser genial, capaz de dejar impreso en tu corazón un recuerdo inolvidable. Pero luego quedas con ella en la terraza del Zurich, o en Cánovas o en la Plaza de Santa Ana, acudís juntos a cenar a un restaurant y resulta que esa persona ¡a priori tan subyugante! a ti te resulta aburrídisima, o desconsiderada, o te parece que carece del menor sentido del humor, o que tiene el sex appeal de una trucha o, incluso, que sus axilas aparentan estar aleccionadas para que la empredan -allegro ma non tropo- con "el día feliz y etéreo", de La Traviata, a mitad de la noche... ¿Vas tener que terminar encamándote, con él o con ella, sólo porque los dos hayáis compartido un plato de niguiris de anguila y por ahí se comente, por muy molones que sean los que lo comenten, que es un tío o una tía megaguay? ¡Y un güevo!. En casos como este... ¡hasta de la fase intermedia, la de "las copas", mucho menos comprometida, vas intentar librarte la mayoría de las veces, no vaya a ser los gin tonics hagan valer su magia, y acabes por hacer justo lo que no quieres hacer!.
 


¿Me he expresado bien? Más o menos ¿no? Pues con los libros sucede exactamente lo mismo.