viernes, 31 de enero de 2014

ROMANCE DE CIEGO. Jugar con la ironía.


(De los diarios de "El Clavadista Solitario")

“Ya está todo dicho”. En estas cuatro palabras queda quizás comprimida la historia de la literatura. Su significado debería alumbrar los propósitos últimos de quienes a lo largo de su transcurso han ambicionado convertirse en sus protagonistas. El lenguaje -sus modas- no posibilita teuves, internet ni radares. La retórica: alambicada, vanidosa, hasta pedante, carece de aptitudes para poder tramar (y consumar) la gracia de las innovaciones. A esta le cabe únicamente meter de vez en cuando un poco de ruido. Pavonearse como un gallo afónico dando vueltas a loco por el corral y sin poner un puto huevo.


Gertrude Stein lo comprendió maravillosamente bien: “una rosa es una rosa es una rosa....” manifestaba, y tal que así sucedía cuando ella lo proclamó, sucede ahora y ha venido sucediendo desde siempre a lo largo de la historia; para el caso da igual que la susodicha flor haya crecido el mes pasado en un invernadero de Chipiona como que lo hubiese hecho en uno de los jardines de Semiramis hace más de tres mil años. Porque lo cierto es que merodeando entre las flores ha existido siempre algún mastuerzo al que el cuerpo le ha pedido -probablemente a falta de otras distracciones de mayor enjundia- ponerse a divagar a tontas y a locas con el ánimo de poder explicarles a sus semejantes -clarividente, el tipo- que aquello era una rosa. Y tal vez pudiera ser que hasta lo mantuviese con una cierta arrogancia, por apetecerle pensar que... de no disponer de sus peroratas... a estos les podría pasar desapercibido que los enamorados refrendaban sus devociones con aquella flor y los pétalos de los rosales se marchitaban al llegar los veranos. ¿Y?.

Pues eso, asumámoslo: nosotros, los pobres cuentistas, nos limitamos solamente a hablar de la suerte que va a poder correr esa rosa, de los hombres y mujeres que la huelen, de los amantes que la sostendrán entre sus dedos, y proclamar así de nuevo, una vez más, con nuestras idolatradas palabras, una farsa mil veces repetida. Entonces... conscientes de que lo de la originalidad supone prácticamente una quimera, nos cabe sólo permitirnos, a los juntaletras, para que los ronquidos no acompasen nuestras glosas y los rabos de cebolleta pocha no vuelen junto a nuestras orejas, no ponernos demasiado pesados. Jugar con la ironía.

Los libros ya existen. Da igual lo que digas, la prosa con la que lo redactes; ese libro ya existe. Y también han existido ya antes los mismos cronistas: con unos años menos o con unos años más, siendo también hombre -como yo- o siendo mujer, en esta parte del mundo o en sus antípodas; eso es indiferente. Las palabras que aquél o aquella, ellos o ellas, dijo, dijeron, retumban como un eco en la senda del tiempo y es absurdo defender que nos es imposible reconocerlas. Vienen a por nosotros. Quieren que las escuchemos, como los trinos de los pájaros o el retumbar de los truenos. Forman todas ellas el patrón sobre el que superponemos nuestros papeles de calco. Ellas son también, a la postre, nuestros críticos (incluso los que no saben hacer la “o” con un canuto) y nuestros queridísimos lectores.

Pero a este idiota, pese a estar bien de acuerdo con todo lo expuesto -joder, como no habría de suceder así si él es el que lo ha dicho (o el último que lo ha repetido, de acogerse como buenas sus palabras)- lo tenemos ahora aquí, plantado en el centro de la plaza del mundo y punteando con su ratón inalámbrico los pergaminos cibernéticos del futuro, para recitarles de nuevo a los curiosos congregados a su alrededor, la historia de Justino: el mamón que se convirtió en lobo tras ser abandonado en los bosques al nacer y que luego, de mancebo, se supo hijo bastardo del hidalgo felón que había impuesto su prendimiento.

¡Sí señores!. Aquí me hallo, enmedio justo de todos ustedes, recitando una vez una más una historia cien mil veces contada, a la espera de que el día menos pensado aparezca de repente algún mecenas al que le de por admitir: “¡qué bien se te da esto, pedazo de cabrón!” y se decida a llevar a imprenta los frutos de mis elucubraciones.

Una ilusión renacentista.

jueves, 30 de enero de 2014

TONO Y VEROSIMILITUD. Novelista incomprendido.


No voy a adoptar una pose pseudo doctrinal para darle cuerpo a este artículo. Primero, porque no se si sería capaz de ponerme estupendo -esmerándome, a lo mejor sí- y, segundo, y aquí ya sí que no hay vuelta de hoja, porque carezco de los conocimientos lingüisticos mínimamente exigibles para poder hacerlo con solvencia. A estas alturas... recurrir a la wikipedia, y similares, está feo. Me imagino que saben por donde voy.

La idea de afrontarlo, no obstante, surge de los amables elogios que han podido obtener algunas entradas de mi blog -como recientemente se ha dado el caso con “Aniquilador de Monstruos”- y la indiferencia absoluta -y, esta vez, las pobrecillas suponen mayoría- que les ha tocado padecer a otras más.

Y aunque, como podrán imaginarse, a mí me parecen prácticamente todas igual de cojonudas ¿cómo va uno a reconocer en público que quiere más a un hijito que a otro? he intentado proporcionarle solución al dilema, apelando al tono y la verosimilitud. De eso pretendo hablar aquí -brevísimamente... no empiecen a salir por patas, que les conozco- del tono y la verosimilitud.

El Tono. Marca el tono de lo que escribo en internet, esa circunstancia ya apuntada: no recurro jamás a la wikipedia, no recurro tampoco a las citas. Que le den por culo a la metaficcionalidad. Esto es, todo lo que todos ustedes tienen ocasión de leer en este blog es “julian bluff” en estado puro, no contaminado por las ideas de nadie, para el correspondiente desprestigio o encomio del escribelíneas. Y siendo siempre julian bluff, uno, unas veces, se pone nostálgico, otras coloquial, otras críptico, algunas costumbrista y las hay en las que ¡incluso podría llegar a sucumbir a los encantos (sí, no me importa reconocerlo) de un modernizado manierismo! Porque sucede que así, justamente, es como es julian bluff. Resumiendo, el tono del que me valgo para expresarme en este medio -procurando ser versátil en lo que se refiere al estilo; me considero, a este respecto, un “todoterreno”- es un tono caracterizado por la sinceridad.

La verosimilitud. ¿Y... ser sincero le rinde frutos al letrista o, por lo menos, se los rinde a julian bluff?. Procedería, en este punto, que mudásemos de objetivo y pasásemos a hablar de la verosimilitud. En la literatura ser sincero es importante pero no es decisivo, en cambio, es la verosimilitud la que depara los plácemes. Concurriendo, en mi caso, que los lectores -¡mis sufridos, escasos y exquisitos lectores!- parecen apreciar más justo aquellos escritos cuya verosimilitud menos me ha importado que no sea veraz. Esto es, los predominantemente ficcionales. Cuando es lo cierto que este tono -a vueltas de nuevo con el tono- suelo reservarlo, como no podría ser de otra forma, para las novelas. Es en este otro medio discursivo donde me abandono de buen grado a la historicidad, me acojo a la línea argumental, modelo tipos y personajes, vigilo la correspondencia ¡persigo la idealización, en suma!. Reservando este blog para dar rienda suelta a los esbozos impresionistas, los escorzos descriptivos, las disquisiciones verbales, los recuerdos del pasado, las comidas de tarro... con los que mi mente también disfruta especulando a veces. Pero he aquí que...

Si bien Dios me ha dado el poder de escribir con una cierta soltura, a don Jorge Herralde Grau le ha dado el superpoder de rechazarme los manuscritos que le envió. Una simple cuestión de jerarquías.

¡Aaay! si no fuera por vosotros, mis amables comentaristas. 


lunes, 27 de enero de 2014

ANIQUILADOR DE MONSTRUOS


He llamado al portero automático y me ha dicho que suba. No suele suceder. De hecho es la segunda vez que ocurre en tres años. ¿Tres?. Más de tres. Ya son casi tres y medio.

Toco el timbre de la puerta. Un poco escamado. Le he notado la voz rara, más amable de lo normal. Sinceramente, no me apetece verla. Seguro que tampoco esta vez es capaz de sonreír. Yo sí voy a hacerlo. De todas, todas. Como siempre. Aunque no me haga ni pizca de gracia verla, la verdad.

Se abre un poco la puerta. Y aparece el rostro de mi hija entra la hoja y el marco.

-"¡Hola papá!".

-"¿Qué es lo que llevas ahí, Violeta?".

-"Es una muñeca gótica. Se llama Lucy...".

-"Es muy bonita. Mola mucho" le aseguro a mi hija de siete años, guiñándola el ojo.

-"Me la ha regalado la tía Eva".

-"¿Quieeén?".

-"Yo". La puerta se abre un poco más y aparece, ante mí, una mujer realmente guapa. Es bastante más joven que yo y lleva un jersey negro, de cuello vuelto, sobre el que resalta una apabullante melena de color rubio.

-"Ayer, por la tarde, Bárbara me mandó un what's app para ver si me podía quedar a dormir con la cría. Ella y Javier tenían que salir pitando inmediatamente hacia León por no sé que historia; un velatorio o... algo de eso".

Bárbara era mi ex mujer. Javier el nuevo marido de mi ex mujer. Violeta, mi hija. Luego estaba Eva. Esta última suponía una completa novedad en el reparto.

-"Tienes una voz parecida a la de Bárbara ¿Eres su amiga? No te conocía...".

-"Soy su cuñada. La hermana pequeña de Javier".

Me quedo todo cortado.

-"¿La hermana pequeña de Javier? No sabía que Javier tuviera hermanas". Era verdad... no sabía que Javier tuviera hermanas, mi hija no me había dicho nada al respecto. Y la renacuajo es bastante cotilla ¡ya lo creo!.

-"Sí, papá. Ella es hermana del tío Javier. Está trabajando en Inglaterra y ha venido de vacaciones". Viene a apostillar Violeta, hecha una repipi. Aunque no lo parezca, ha debido estar todo el tiempo al tanto de la conversación sin perder detalle.

-"Bueno..." -le digo a Eva- "... siento haberte molestado. La podías haber dicho que bajara por la escalera, solo son dos pisos. Y, por desgracia, la cría se conoce el camino estupendamente". Me apetece adoptar, para la ocasión, esos aires contritos.

-"Ya. No sé... Tenía curiosidad por conocerte. La niña se pasó ayer toda la tarde, el rato que estuvimos las dos juntas, hablándome de ti. Me dijo que matabas monstruos". Eva puso una voz bajita, grave, enormemente sexy, al indicarme esto último.

-"Ya será menos"... pretendo continuar con la broma. Y sonrío.

-"Una no suele disponer de la oportunidad de conocer, así como así, todos los días, a alguien capaz de matar monstruos".

-"Tampoco hay que exagerar. A veces son ellos los que acaban conmigo".

-"¡Eso no es verdad papá, no es verdad!".

Mientras estira con rabia de una de las perneras de mis pantalones, mi hija se esfuerza en mantener, ligeramente exasperada, la imposibilidad de que los monstruos puedan matarme. A la pobre, últimamente, ha empezado a darle pena que la gente se muera. Pero la vida es justo así; se murió su hamster y se ha muerto Liz Taylor. Una jodienda.

sábado, 25 de enero de 2014

AY AY AY. GUAY GUAY GUAY (Efectismo Emocional)


A raíz de las opiniones cruzadas entre los comentaristas de uno de los blogs que acostumbro a seguir habitualmente, “Condonumbilical”, a próposito de la célebre novela “Bajo el Volcán”, de Malcolm Lowry, me apeteció a mí intervenir en el debate para apuntar que consideraba a este libro, literatura efectista. Y aunque tanto la exégesis del texto como la personalidad del autor pudieran sugerir lo contrario, el contenido de la obra -al fin y a la postre lo único que en puridad debería constituir objeto de crítica- me impide desvincular a esta última de dicho calificativo. Lo siento -o tal vez no lo sienta- pero considero “Bajo el Volcán” una novela, ciertamente, efectista.

¿A qué llamo tal? A una literatura mediante la que pretendiendo su autor, a primera vista, remover conciencias... cuestionar valores indiscutidos del tejido social, persigue en un segundo término una especie de auto redención personal y, sobre todo, sobre todo, obtener un reconocimiento por parte de los lectores a través de la lágrima fácil, de la conmiseración, de la solidaridad, luego de haberles brindado a todos ellos las claves necesarias para que adquieran conciencia de lo estupendo que es y sepan comprenderlo y perdonarlo. Y así -ciñéndonos al caso de Geoffrey Firmin, el protagonista de “Bajo el Volcán”- Lowry parece querernos invitar: miren, aunque me haya formado en Cambridge... me  gusta tomar mis tequilas en un tugurio de Cuernavaca lleno de moscas, donde ¡hasta me hablo con los lugareños!; así que... no me llaméis pijo, por favor. Aunque sea cónsul de su Graciosa Majestad... hay veces en las que me deprimo tela y pongo de mezcal hasta el culo; no me consideréis, por tanto, un privilegiado del establishment colonial. Y, aunque sea una diosa anglosajona con la cultura de la Woolfe o la Austen, mi mujer me pone los cuernos, y yo, para no venirme abajo, me veo obligado a echar mis parrafadas, solo y desquiciadito, con las prostitutas analfabetas de Morelos; luego... pensároslo dos veces a la hora de motejarme de ser un burgués acomodaticio.

Algo que podría asemejarse, aunque sin llegar ni mucho menos a tales extremos de desdoro, a esos fotógrafos del primer mundo que, en otros países bastante más desfavorecidos que el suyo, se dedican a fotografiar a jóvenes que se arrastran por el suelo con los miembros amputados a causa de una bomba; ancianos llenos de arrugas, sin nada, ensimismados en la nada; niños desnutridos con lo labios negros de moscas... ¿Qué hacen estos tipos aparte de la foto; aparte de exponer la foto en periódicos, revistas y galerías de arte; aparte de venderla al mejor postor? ¿Se llevan consigo a la niña para que crezca fuerte y sana en su país “de mierda”? ¿Se comen las moscas? ¿Se quedan a vivir al lado del anciano, de la anciana, para limpiarle las lágrimas que cada diez minutos les saltan de los ojos a causa de sus cataratas?. No, no y no. Regresan, en un reactor, en clase turista ¡faltaría más! a su lugar en el primer mundo con las fotos en su poder para conmover corazones, para espolear conciencias. Y comerciar con todas ellas. Con las fotografías, con los corazones y con las conciencias. E incluso tomar parte, si se tercia, en el “Grand Prix Washconsciousness Photograph Award”. Y, todavía mejor, no me digan que eso no sería ya la repanocha, poder llegar a ser con el tiempo, gracias a los retratos de otros cuantos modelos más, sabiamente elegidos entre miles, portada de “Time” o “Le Monde”.

Valga el ejemplo gráfico anterior -es sabido que las cosas por medio de la vista se aprehenden de forma más sencilla que por medio de la razón- para significar a lo que quiero aludir con el epíteto, este, del “efectismo” aplicado a la narrativa. En resumidas cuentas, me estoy refiriendo a hacer trampas, en beneficio propio, buscando simultáneamente revelarnos, ante los demás, más guay de lo que en realidad somos. A quejarnos amargamente de los males que sacuden al mundo, y los hombres, sin, para nada, ser uno mismo su víctima. A no hacer entrega del 50% de los derechos de autor a una causa justa. La misma ¿por qué no? de la que has hecho merecido escarnio en tu libro. A un asunto de puto marketing emocional. De falta de madurez. De hipocresía. ¡Ay, ay, ay! ¡Guay, guay, guay!.

jueves, 23 de enero de 2014

LITERATURA DE SILENCIO


Cada día me cuesta más abrir la boca. Cada minuto de tiempo que me paso observando lo que ocurre a mi alrededor le añade un cerrojo más a mis labios. Y pienso que sólo merece de verdad la pena poder elegir lo que escuchamos... lo que vemos, y encerrarnos a cal y canto, mientras esto ocurre, en el silencio protector que nos habita por dentro. ¡Qué no sean nuestras palabras las que corroboren con su inconsistencia la levedad de la certeza, que no permitan con su apresuramiento y su osadía que la mentira vaya volviéndose cada vez más tortuosa!.

¿Por qué decir.. si podemos emplear nuestro tiempo aprendiendo de otros muchos que disponen de la clave exacta para lograr que no nos sintamos tan absurdos, tan solos? ¿por qué enredarnos a lo tonto en una senda laberíntica de frases evidentes -y, las más de las veces, contradictorias- que sólo van a poder convencer de nuestras razones a los premeditadamente convencidos?. Callemos la boca, entonces, que el silencio es oro y es su honra la que habrá de permitirnos reconocerle su evidente superioridad al discurso del tiempo.

Así es, cada día me cuesta más hablar, incluso a los que quiero, incluso en el trabajo o para quejarme de las secuelas de mi voluptuosidad las veces -menos de las que me gustaría- que me da por extraviarme en excesos. No, no le encuentro apenas ninguna gracia a las conversaciones ni a las afirmaciones ni siquiera a las dudas. Los parloteos en vano me agotan. ¿Y no es acaso un detalle de prudencia, una virtud gentil de oblato joven, el decir sólo cuando acucian las preguntas? ¡Claro! hablar en demasía es gesto baladí y gasto inútil. Representa marear aún más la aguja de la brújula para marear a chismosos e incautos. Supone permitir que a veces se pierdan absurda y aleatoriamente, entre los cuatro puntos cardinales, algunos pareceres no del todo equivocados. Un desatino.

¡Qué tanto mejor, las más de las veces, ofrecer una sonrisa de cariño con preferencia a una palabra vacía, o veinticuatro -una detrás de otra- o, incluso, un ramillete bien nutrido de frases escogidas a propósito. Porque... ¡qué complicado es casi siempre dotarle de un verdadero sentido a las palabras! ¡que difícil no sucumbir, al manejarlas, al respiro del tópico!.

Vivir en silencio, siempre en silencio ¡incluso en el amor! Que es atributo de los besos, bien medido, el de acallar oportunamente a la palabra.

martes, 21 de enero de 2014

SIN SORPRESAS (con intertextualidad, no hay paraíso)


No hay sorpresas que valgan. No surprises (como decían, dicen y seguirán diciendo por los siglos de los siglos, los Radiohead). La literatura -la palabra colocada... ordenada por escrito... sistematizada- está para engatusar la mente; no sirve para provocar deleite visual alguno.

La literatura carece de color, de forma, de movimiento, de todos esos llamativos atributos que son capaces de deparar un placer sensorial. El goce de la palabra es, y así debe ser, que no es poco, intelectual, meramente intelectual, intensamente intelectual. Cualquier afán de pretender mediante una novela, mediante una serie concatenada de palabras -una perorata, al fin y a la postre- provocar un impacto sensorial, está condenado a ser una extravagancia del "gusto", sólo del gusto, precisamente, de unos cuantos extravagantes, precisamente. Como se ha dicho otras veces, existen ya para permitir la eclosión de ese impacto sensorial, tan grato a las apetencias de los seres humanos, lo primero de todo, las fuerzas de la naturaleza; luego los fuegos de artificio, cuya eficacia, acreditada desde bien antiguo, y todavía boyante, queda al margen de toda duda; también están los artilugios de las ferias, que igual tienen sus años; el cine, más reciente; los videojuegos, tan noventa's (el verdadero hype de los 90's); internet, de ahora mismo; y la música, infinita y atemporal. Todas esas eventualidades y actividades están ahí, existen, con el principal objeto de proporcionarnos un sentimiento de placer a través de la vía de los, comúnmente denominados, "cinco sentidos". Y pretender que una serie repetitiva de pequeños gráficos estampados sobre un plano de distinto color va a poder sustituir o siquiera emular -incluso aunque fuese con fines estéticos o experimentales o incluso paródicos- la capacidad de deslumbramiento que es propia de las artes plásticas, la música o la tecnología, es ambición de ingenuos o de soberbios. O de ingenuos soberbios.

Miren, a esos veteranos autores, de espíritu audazmente juvenil, que aparentan albergar la pretensión de parir una literatura capaz de asimilar en su génesis: a internet (la radio), a instagram (las fotos), a facebook (la correspondencia), a blogger (los diarios), a youtube (el cine) y/o a spotify (la música) les aconsejo que, tras pensárselo dos veces, no desestimen hacerse los antiguos y vuelvan a vueltas con el "dada". Aunque sólo sea como homenaje a Fernando Arrabal ¡que bien se lo merece, el hombre!. Y que cuando se pongan a escribir en serio, juntando una letra detrás de otra, una frase detrás de otra, un párrafo tras otro, procuren, solo, que sean nuestros intelectos -y, en consecuencia, nuestros pensamientos- los que vayan a resultar afectados (y... de poder ser... hasta conmocionados) por la premeditada combinación de todos esos pequeños garabatos puestos en fila. Tan feos, tan vulgares, tan anodinos ¡Y tan singularmente poderosos, los muy cabrones!

Escriban ustedes, entonces, mis primaverales cuarentones, sin sorpresas ¡se lo ruego!. Pero escriban de puta madre. O... procúrenlo. Intenten ser como torres heridas por los rayos. Sin sorpresas.

lunes, 20 de enero de 2014

DULCE PENITENCIA


Por mi onomástica fui castigado por la medusa a colocarme de rodillas en el rincón de los amantes. Postrado, con los brazos en cruz, tuve que cobijar en la mente -¡tres horas!- una avalancha de recuerdos ya casi perdidos. Una penitencia incontestable.

jueves, 16 de enero de 2014

LA PORFIA DE SCHIELMANN


Tal vez cada uno de nosotros, con nuestras pasiones, no seamos sino únicamente el excipiente necesario para que fermenten esos sentimientos indefinibles que a veces encharcan nuestro corazón de nostalgia en medio de algo que no vemos, algo de lo que no sabemos el nombre: tintes de cuadros pintados en penumbra y disgregados por el moho, haces de luz que cruzan la atmósfera deprisa, urgentes, como si su destino poseyera una relación cierta y decisiva con el infinito. Respuestas ajenas que aprobamos, objetos e individuos desconocidos que sin embargo, sin saber por qué, nos resultan afines. La rosa eterna que jamás se marchita. El rosal donde crece y el sol que la ilumina desde los cielos. El canto de los pájaros. Un mundo, una cultura, que intenta renovarse al ritmo de las generaciones mediante la misión extrema de conceptuar el alma. Los libros. La ceniza. La necesidad del dolor para protegernos de la muerte. El calmo abrazo del tiempo desaparecido. Sus habitantes, que de tarde en tarde se nos aparecen en sueños. Troya, sin ir más lejos.


lunes, 13 de enero de 2014

LA CASA DE LAS SERPIENTES

(Carlos Lorenzo)

Había quedado en ir a buscarme, a la salida del trabajo, para visitar el zoológico. Allí vimos a los tigres moverse de un lado a otro de sus fosos en un esfuerzo baldío por escapar del destino, vimos al león abrir sus fauces con desgana y a los monos comerse los bichitos del pelo de sus crías. Me pareció que los gritos y los rugidos de los animales podían rasgar el paso del tiempo.

A los niños les encantaba mirar a las focas y los hipopótamos, y los monos, zumbándose la badana unos a otros, conseguían hacer que los más pequeños se mondaran de risa.

Te miré a los ojos con el sol a tus espaldas y me apretaste la mano con fuerza. La condujiste hasta tu corazón.

“No somos todavía ningunos viejos” te quise animar, porque a veces te gustaba quejarte, de balde, de que nuestro tiempo juntos había pasado volando. Porque, igual, pensabas que éramos incapaces de ponernos a hablar del futuro sin remitirnos a antiguos sucesos del pasado.

A mí todo aquello me desesperaba un poco. La posibilidad de que creyeses que el futuro consiste únicamente en esperar me parecía terrible. Te lo había demostrado antes, en otras ocasiones, el truco consistía en poder acompasar nuestro tiempo al paso del tiempo. Aceptar que nuestro papel en la farsa siempre es el correcto. "Por su propia naturaleza, el futuro es incapaz de brindar pautas" pretendí que lograses asimilar.

Apretaste de nuevo mi mano -más fuerte esta vez- mientras avanzábamos despacio hacia la casa de las serpientes. Un beso. Te di un beso para que esa tarde borraras de tu mente cierto beso perdido del ayer que de vez en cuando retorna a tus labios para perturbarte. Una sonrisa. Te sonreí con cariño para que pese a todo lo que aún estuviere por llegar no me considerases nunca un miserable. Pasaba el tiempo.

Le compramos a una chica del Ecuador un par de helados -el tuyo, como no, de nata- y nos sentamos a comérnoslos bajo la copa de una acacia. Tú, elegante, garbosa, tenías que ser, en esos instantes, de entre todas las mujeres del mundo que comían un helado de nata, una de las más bonitas, quizás la más bonita de todas. Yo aún disfrutaba, como un bobo, mirándote comer helados.

 “¿Cuánto hace que no sueñas conmigo?” te pregunté. Me manchaste la nariz con una brizna de nata y me abrazaste. Claro que sí, todavía estábamos dentro del tiempo, disfrutando en su seno sin ninguna cortapisa, sin ninguna necesidad apremiante de despejar incógnitas. Todavía nos aburríamos como una ostra algunos domingos y abominábamos en voz alta de los malditos lunes. Todavía nos gustaba desnudarnos el uno al otro, con lascivia, en los cuartos de los hoteles y contarnos, desnudos, historias truculentas de mentrijillas que concluían sin grandes catástrofes. ¡Por supuesto que sí!.

Terminamos de comernos los cucuruchos, le sonreímos a la chica de los helados y pospusimos para mejor ocasión la visita a la casa de las serpientes. En esas, empezó a llover.

sábado, 11 de enero de 2014

A VUELTAS CON MURAKAMI. "Mujer Ciega".


Me hallo sin saber con exactitud que hacer. ¿Cabría asimilar dicha situación a la que se percibe cuando nos quedamos mirando desde el andén a un tren que se aleja?. La mala suerte viste toda de negro y disfruta de un buen humor envidiable, le importa un comino la enorme muchedumbre de insatisfechos que anda siempre quejándose de ella; pasa del tema. Y... no; no tiene ninguna conciencia de resultar antipática, de sembrar la frustración, de no ser ecuánime. Al revés, se ve monísima cuando se mira en los espejos, y, las raras veces que recapacita sobre sus comportamientos, jamás encuentra algo de lo que poderse arrepentir. Se sabe poco menos que infalible.

La mala suerte elude, por una cuestión de estética, el amarillo, el rojo, el azul o el resto de los colores que necesitan de la luz para evidenciar su apariencia. Le gusta el negro. Ir siempre de negro y pasar desapercibida en la noche. Ser ejemplo de sobriedad durante el día: el empaque, la elegancia, ya saben... 

Recién acabo de prender un cigarro cuando una mujer acude hasta mi a pedirme fuego. Es joven y va toda vestida de negro, pero no es gótica ni siniestra ni nada que se le parezca. Lleva un traje de chaqueta de corte recto, medias lisas sin dibujo, con una única costura que recorre longitudinalmente el dorso de sus piernas, y zapatos de tacón de aguja rematados en punta. Al acercar el cigarrillo a la llama del bic, alcanzo a verla, gracias al escote de su camisa, las blondas del sujetador. También es negro. Y los cristales de sus gafas de sol, igual.

-"¿Qué es lo que estás leyendo?" me pregunta ella en referencia al libro de Murakami que he tenido que cerrar apresuradamente para poder darle lumbre.

-"A Murakami". Le contesto. "Al sur de la frontera, al oeste del sol" le confirmo a renglón seguido posando en la portada de la novela las yemas de los dedos de mi mano derecha.

-"¿Y está bien?" me plantea ella acerca de lo de adentro.

-"Sí, está bastante bien, es ameno. Pero Murakami resulta un poco frustrante. Te va atrapando página a página con una serie de enigmas, bastante bien traídos, cuya solución no llega a desvelar luego".

-"O sea ¿que el libro se acaba sin que tú llegues a enterarte de un montón de cosas interesantes?".

-"Justo. Eso es lo que hace Murakami. Te habla de un montón de cosas interesantes que no llega a aclarar después".

-"Sí, eso es algo que en el cine pasa a menudo. Películas buenas con un final malo".

-"La verdad, los finales son siempre bastante difíciles de resolver".

-"¿Lo estás diciendo por lo que les pasa a las parejas...?".

-"No, no. Me estoy refiriendo única y exclusivamente a como rematar bien una historia, me da igual que sea una película o una novela, pero tiene que ser una historia de ficción. A mi juicio es sumamente complicado dar con un final redondo capaz de dejar puesta cada cosa en su sitio. Ya puedes verlo, casi todos los escritores terminan haciendo uso de los desenlaces abiertos" le aseguro a la mujer, firmemente convencido de mis palabras.

-"Y eso.. no está bien.. según tú..." deduce ella.

-".. es algo -dijéramos- parecido a hacer trampas". Vuelvo a mostrarme crítico con ocasión de juzgar a los novelistas que resultan incapaces ponerles fin a sus fábulas sin haberse dejado, abandonados por el camino, un montón de cabos sueltos.

-"No sé ..." añade la mujer "... creo que en la realidad no existe historia alguna que antes de terminarse haya dejado perfectamente claro todo lo que sucedió hasta ese momento. Gracias, adiós... ".

-"Las novelas no tienen por que reflejar la realidad" intentó justificarme antes de que me deje.

Ella le da una calada al pitillo y se marcha. Yo reabro el libro otra vez. Unos débiles rayos de sol pugnan por colarse en el local abriéndose paso entre las botellas de ron y los letreros animando a su consumo que hay presentes en el escaparate de la fachada. La "happy hour" da comienzo a las siete y media y termina a las ocho y media. Vale el doble ese tiempo.

Concluyo la cerveza y el capítulo.

Al marcharme, veo a la mujer de negro, sentada sola en una mesa junto a la puerta. Permance con las gafas de sol puestas. La miro a la cara y esbozo una sonrisa amistosa a modo de despedida. Ella permanece impertérrita, como si no me hubiese visto. Continua aguardando. Esperando...

¿Y si en realidad no fuese ciega? me pregunto. Y mi confusión es total.

jueves, 9 de enero de 2014

HARUKI MURAKAMI. "Literatura Aséptica"


Tras haber terminado de leerme la última de Murakami (Haruki), "Los Años de Peregrinación del Chico sin Color", la primera cosa que me ha venido a la cabeza es esta pregunta ¿Por qué nos gustan tanto las novelas más simples de Haruki Murakami?.

Fallo. De este primer motivo el autor no es el responsable principal. A mi juicio, la primera razón por la que Murakami ha triunfado entre nosotros es por la magnífica traducción al castellano de sus obras, así que... las correspondientes felicitaciones, por lo menos en lo que respecta a este último título, a Gabriel Alvarez Martinez.

Hecha esta pequeña broma, que a lo mejor no lo es tanto, habría que referirnos al estilo de Murakami, o a la ausencia de estilo. No. Seamos justos. ¡Claro que Murakami posee un estilo! El de la asepsia. Párrafos asépticos, diálogos asépticos, pensamientos asépticos. Y eso está bastante bien. A los lectores les convence. Casi imposible que te mosquees con él por alguna chorrada que ha dicho, cuando casi de inmediato va a soltar otra u otras que asumirías gustosamente hasta sus últimas consecuencias. Son, las de nuestro hombre, opiniones neutras, poco comprometidas, y expresadas sin demasiado lucimiento, acerca de: lo lleno que va el metro en las horas punta, el daño que le hace a la autoestima un amor que no es correspondido o si el pescado resulta más sabroso frito o a la plancha. Todo esto a título de ejemplo. A Murakami le da por escribir de cosas triviales: problemillas, conflictos domésticos, pequeños malentendidos... que nos afectan a todos nosotros aunque no seamos los personajes de un libro.

No podemos desechar tampoco, entre las claves de su éxito, su afán por caerle bien a los lectores. Así, por ejemplo, en esta última novela el autor japonés hace suyos -los adapta al modo y tempo de su narrativa- los patrones más característicos de los best sellers en boga. Y se extiende un par de páginas -un poco por el morro, la verdad- sobre las peculiaridades y características de determinada marca de coches que yo voy a omitir -a mi no me pagan por la publicidad (de momento)- para tratar de atrapar en su red al elemento masculino. Justo ¡está visto! al modo de los folletinistas franceses del siglo diecinueve, a Murakami le importa por encima de todo el lector. Escribe para el lector. Y esto, que en otros va a venir a suponer un desdoro, en él, que ha sabido forjarse un estilo propio, casi único -el “estilo de la asepsia”, ya lo hemos dicho- va a constituir un mérito, al, digamos, simplificar los toscos trucos de la complicadísima novela comercial, y exhibirlos perfectamente acoplados a un trama sencilla que discurre naturalmente... página a página, sin apenas ningún sobresalto... hasta el desenlace final de la historia.

Luego están sus personajes. Su cotidianeidad. Se quieren entre ellos como la mayoría de nosotros nos queremos en la realidad, hablan como acostumbra a hacerse en la realidad e, igual, sus comportamientos serían perfectamente asumibles por la mayoría de las personas en disposición de asomarse a las páginas de los libros por donde aquellos campan a sus anchas. Digamos que son unos personajes perfectamente creíbles y que la compasión, el odio o el amor que son capaces de despertar es siempre, o casi siempre, moderado. Tal y como sucede en la vida misma.

En todas estas naturalidad... normalidad... neutralidad... que propone, ha sabido, Murakami, adaptar a una mentalidad occidental, una consolidada tradición propia de la narrativa nipona. Vease a Endo, a Soseki. Y, a la inversa, en el hiperoccidentalizado Japón actual ha sido capaz de salvaguardar ese espíritu tradicional que no concibe hablar de las mujeres y los hombres sin referirse asimismo, sin embellecimientos superfluos, al correr de los arroyos, al despuntar del sol en las madrugadas y al modoso vaivén de las ramas de los sauces cuando son agitadas, como escobillas, por el empuje del viento.

En resumidas cuentas, Murakami, su literatura, digamos que tranquiliza, sojuzga al rencor, y es capaz de poder inspirarte mejores sentimientos. Y eso mola. Mucho.

lunes, 6 de enero de 2014

REGALO DE REYES


Una ofrenda -mezcla exactísima y ponderada de oro, incienso y mirra- para que los lectores de este blog puedan dar comienzo al dos mil catorce planeando perezosamente sobre el éter. ¿Síntesis de laboratorio?. Ni mucho menos. Materia orgánica pura, consistente, tangible... nacida de la mente y el corazón. Hija de la sangre y los huesos...

Cuervo del Desierto

Espero que todos ustedes disfruten al extremo de la melodía y den comienzo al nuevo año planeando, como oscuros cuervos sediciosos, sobre la máscara indeleble de la eternidad.

sábado, 4 de enero de 2014

ABRACADABRA... ¡BAROJÍZATE!


Acabo de leer una novela -mejor releer, aunque reconozco que no he sido capaz de recordar si la primera vez llegué a terminármela del todo- que me ha gustado bastante. En ella, uno de los personajes siempre que tiene que adoptar una decisión, por nimia que sea, como por ejemplo elegir el relleno del bocadillo, acostumbra a hacer uso de la Biblia para no incurrir en errores. No estamos hablando de que lea determinados versículos bíblicos cuya enseñanza esté relacionada, en cada caso, con el objeto de sus divagaciones sino de algo bastante más prosaico, de un método que parece postular la prevalencia del azar sobre la revelación. 

Vean, la cosa consiste en que una persona que esté contigo se ponga a pasar lentamente las hojas del libro sagrado y que tú, el consultor, poses tu dedo índice en un determinado lugar, elegido a voleo, del texto de una de esas hojas. Se comprueban luego la naturaleza de la palabra… o la frase… señaladas con el dedo y se la dota de un sentido último -y, en esta otra labor, al que vuelve las hojas va a negársele cualquier protagonismo- capaz de dar respuesta a nuestra interrogante.

A mí, con Baroja, con su obra, que no es la Biblia pero por ahí le anda, me pasa justo lo contrario. Acudo a examinar lo que él ha dicho sobre cualquier cosa, un poco al azar ya que tengo subrayadas abundantes frases en sus libros, y, tras adquirir certeza de que más o menos viene a ser lo mismo que opino yo sobre ese particular en concreto (como les será fácil comprender cuando discrepo de don Pío no le subrayo la frase; prerrogativas de lector y de superviviente), me esmero en poder poner en práctica en la vida real, de la forma menos onerosa posible, las actitudes que considero adecuadas a la asunción por mi parte de tales opiniones.

Así, por ejemplo, especula el maestro por boca de uno de sus personajes:

“En la lucha por la vida no triunfa ni el bueno ni el fuerte, sino el cuco, que es el más apto para la sociedad, naturalmente arreglada y preparada por los cucos y para los cucos. La gran virtud social es la acomodación, la adaptación”

Y a mí sigue sin salirme de los cojones llegar a adaptarme. Justo, justo, como le sucedió a él, quien se pasó buena parte de su vida cabreado y solo. Me falta -nos falta- saber si estaba o no conforme con eso. Bien probable es que sí.

Ahora, que ha empezado un nuevo año, y yo a veces soy bastante ñoño, entiendo que lo suyo sería insertar aquí, como colofón a la entrada, un emoticono de esos que guiñan el ojo. Pero… como no se puede, voy y se lo guiño de palabra ¡Un abrazo muy fuerte para todos!.