martes, 9 de mayo de 2017

DOS ORILLAS

(Mark Tensey)

Como siempre que ando apático, y no me apetece publicar nada de mi propia cosecha, voy a recurrir a dar a conocer canciones tristes. Una canción de otro. En este caso de otro y de otra. Ya verán por qué. Unas canciones que yo me encargo de traducir a mi estilo. Entristeciéndolas aun más. O eso espero.

Lo que me ha sucedido esta vez es bastante curioso. Quería publicar una canción de Ron Sexsmith, recién salida del estudio, como aquel que dice, titulada "Shoreline". Una canción muy bonita, y muy melancólica, que incluso había traducido ya y todo.

"Puedo verlo en tu mirada distante.
Puedo oírlo en tus suspiros llenos de soledad.
Y sé que estás buscando la costa dentro de tu mente.

Algún sitio donde las olas estallen.

Sé que eso es difícil cuando lo que buscan dos personas es diferente
pero me gustaría que pudieras dar con la costa en tu cerebro.

Todo lo que quiero es verte reír
porque sé que esa es la manera de que los dos seamos felices ¡Oh mi vida!

Sabes que soy un chico de ciudad
Sé que eres una sirena de mares oscuros.
Y es bien probable que eso lo sentiremos en cualquier sitio donde estemos.
Lo que somos.

Me encantaría ayudarte a que encontráramos la costa los dos juntos".

(Mark Tensey)

Pero me ha resultado imposible dar en Internet con ninguna "pista" de audio -menos con un video, claro- de la misma. Mas... buscando y buscando, sin encontrar, si que he podido darme de bruces, medio por casualidad, con otra canción también llamada "Shoreline", de Anna Ternheim, que igual es triste. Y, también, bastante buena. Y esta sí que tiene su video. Su correspondiente traducción sería la que sigue:

"Desde que tenía ocho o nueve
he estado contemplando el litoral.
Siempre esperando
Esperando algo duradero.
Sin hambre, sin rumbo,
confuso y lejano.
Oh... esta ciudad, que te mata
mientras aun eres joven
Oh... esta ciudad, que te mata
mientras aun eres joven
Ya no soy el chico que solía
esta ciudad me ha arrebatado la juventud
y en ella todos los ojos se hunden
obra de la tristeza.
De pie, sobre la acera,
junto a los bloques de oficinas
todos andan siempre muy liados
sin hacerte el menor caso
Somos sombras
Sí, somos sombras
Las sombras de los callejones.
Eres joven, pero ya estás muerto.
Eres joven, pero ya estás muerto".

Dos canciones que comparten un título y el espíritu propio de la melancolía. Más trágica y grandilocuente la letra de la segunda, de una joven sueca, que la primera, obra de un maduro canadiense. Ambas bastante bonitas. Aunque de momento ustedes, en este sitio, van a tener que conformarse con escuchar la de la chica. Por cierto... ¿de qué ciudad estará hablando Anna?.



domingo, 12 de marzo de 2017

LOS ARTISTAS SON SIEMPRE LOS MISMOS


"Los Cantantes Son Todos Lo Mismo" (V. Delerm)

Todavía las noches de París.
Todavía la chica que se marcha.
Los viejos amores y las flores exóticas.
Los cantantes son todos lo mismo.

Todavía el cantautor que se atusa el pelo y se lamenta en un rincón.
Los muelles vacíos del Sena.

Todavía tú y tu vestido.
Perdidos entre el público
que había acudido a verme actuar.

Le has dado la vuelta a la canción del viejo Dassin... y
si crees que él no se ha dado cuenta...
es porque sí que lo ha hecho.

Todavía París y la lluvia.
El amor al atardecer y la buhardilla en Le Marais.
Los cantantes son todos lo mismo.

También el cantautor que has oído hace un rato
y la botella de absenta de Verlaine
son siempre los mismos.

Todavía tú y tu vestido, en un concierto
en un gimnasio de Boulogne Sur Mer
perdidos entre el público.

Todavía la noche de París.
Las luces verdes de los taxis.
Todavía la palidez de la mañana.
Los cantantes son todos lo mismo.

Pero hasta que se acabe el día
yo voy a continuar cantando, amor mío.
¿Acaso supone, eso, un problema?
No.


martes, 21 de febrero de 2017

SEVILLA LLOVIZNANDO


Sevilla lloviznando ¡qué cosa más bonita!

El día de mi doble cita: el viernes, lloviznaba en Sevilla. Había llegado el otoño, con toda su gama de pardos y ocres, para oscurecer los árboles. Y, con toda su gama de grises… malvas y sienas, para entristecer los cielos. A mí, el otoño no había comenzado a gustarme hasta hacía bien poco. Había necesitado sentirme, yo mismo, comedidamente otoñal para poder llegar a identificarme con el sosiego y la calma propios de la estación. El otoño era el colofón del verano y la antesala del invierno. Un lugar incómodo del calendario que había que saber ocupar con dignidad y convenía guiar a feliz término provisto de cierto sibaritismo, de un sutil decadentismo. Era el otoño, tal vez hasta por la influencia de la literatura, y porque en París, que es precioso, casi siempre es otoño, un tiempo para los artesanos, para los malditos, para los desencantados y los tímidos. Un bálsamo las neurasténicas. Y yo, de natural jovial y optimista, un tipo cuyas mejores amigas eran la música y la melancolía, iba sabiendo apreciar cada vez más al otoño conforme el tiempo pasaba por mi lado arrastrándome desde los barrancos del jolgorio hacia la dehesa de la ternura.


domingo, 29 de enero de 2017

CUESTION DE FE

(Judith Eisler)

"... yunar, me vestí y... para hacer tiempo... me entretuve mirando un mapa de Rusia. Siempre me había llamado la atención el hecho de que tras la proclamación de independencia de las -llamadas- repúblicas bálticas, un trozo de aquel  gigantesco país, fronterizo con Polonia y Lituania, hubiera quedado aislado del resto del mismo. Se trataba de un pequeño territorio abierto al mar, que en el transcurso del pasado siglo veinte había pertenecido asimismo, durante cierto periodo de tiempo, a Alemania.

 (Judith Eisler)

Cosas como aquella ocurrían a menudo, integraban el tejido elástico con el que se confeccionaba la Historia. Nada era inamovible, ni siquiera las naciones, y lo que hoy podía ser de una forma determinada, y de modo tan aparentemente justo y razonable que muchas personas estaban incluso dispuestas a defenderlo con su vida, mañana podía pasar a ser de otra completamente distinta, y hasta opuesta a la anterior, y existiría también, en este segundo supuesto, un buen número de hombres y mujeres capaces de morir por ello. A los seres humanos -siempre temerosos, siempre desvalidos- les encantaba adscribirse a una causa, una bandera, una ideología, para poder contar con un mito en el que creer. Y, yo, puestos a tener que confiar en algo que trascendiera a lo cotidiano, antes que en toda esa serie de asuntos que -sabía- accesibles, secundarios, incluso -como les he razonado- accidentales, prefería hacerlo en Dios, que era uno, era discreto y era eterno...".



lunes, 23 de enero de 2017

SÉ UN HOMBRE


".....los motores de las hélices, que, hasta entonces venían sonando armonizados junto al viento que ellos mismos levantaban en sus rotaciones, se pusieron a chillar con risas de hiena y el avión comenzó a cimbrearse. Uno de los muchachos afirmó, en voz alta, ver relucir relámpagos en el horizonte. "¿Es hacia allá a dónde vamos?" preguntó otro que se sentaba a mi lado, pegado a mí, a quién quiera que supiese la respuesta.

En esos momentos la cabina estaba en penumbra y… aunque nuestros cuerpos llegaban a rozar unos con otros… apenas si éramos capaces de reconocernos los rostros.

Una lucecita naranja irrumpió unos pasos más allá de mi lugar en la banca, destacándose sobre el fondo gris. El alférez retiró el cigarro de su boca y el pequeño punto de luz se diluyó de nuevo en las tinieblas.

"¡Cállense!" bramó entonces, su voz, por toda respuesta.

Estiré el tronco hacia delante y ladeé mi cabeza todo lo que pude hasta conseguir que una parte del hueco de la puerta quedara dentro de mi campo de visión. Mientras me afanaba en discernir… en la oscuridad… la luz de los rayos, intuí en el aire la inminente aparición de la lluvia. Esta comenzó de repente.

Una brusca sacudida en el fuselaje y una ráfaga de viento líquido se nos vino encima. Empecé a tiritar y rezar. Sonaron voces de alarma. Otro zarandeo. Otro. Murmullos. Algún grito. Se adueñó del avión el sonido del miedo.

"¡Tranquilos. Tranquilos, soldados. Dentro de un cuarto de hora habrá amanecido y les quiero bien vivos para entonces!" intentó tranquilizarnos el joven oficial.

Cuando el otro chico que estaba junto a mí me tocó la mano, no permití que me la agarrara. Sentí una ligera repulsión al percibir la humedad de sus dedos sobre mi piel.

"¡Sé un hombre…!" recuerdo haberle recriminado al pobre muchacho. 


viernes, 20 de enero de 2017

RUA DA SAUDADE


"Saudade. Los rasgueos de una guitarra se entremezclan con el aturdido repicar de las gotas de lluvia que humedecen esta noche los adoquines negros de las estrechas calles de Coimbra. Luces amarillas, ancestralmente turbias, que derraman sus reflejos en una manera muy lánguida sobre el suelo resbaladizo de las aceras. Luces de farol. Unos pasos acelerados. Un "¡ay Dios, casi me caigo!". La muchacha ha recuperado el equilibrio y se aleja, persignándose, por una de las callejas que salen de la plaza. Desde su habitación del hotel, el hombre -un cirujano cardiovascular que ronda los cincuenta- cree poder percibir el olor a rancio que exuda un café viejo y empapado, cree poder sentir en sus carnes los gorgeos de los cientos de polillas que se están ahogando afuera, en el final de sus vidas, y deja divagar, a su mente, entre una marea de recuerdos.

Recuerda... En la sierra ulula el viento... un pequeño utilitario avanza despacio entre los pinares... aunque lleva dadas las luces, solo le funciona uno de los faros, el otro se estropeó hace mucho tiempo en el transcurso de una noche de luna llena en la que una oligofrénica dio a luz en una cabaña más abajo de Lousa. Recuerda... un barro, cremoso y vital, que se adhiere a las suelas de las sandalias, y las yemas de los dedos, como si en lugar de ser de tierra lo formasen coágulos y grumos de sangre. Recuerda.... una barca rota con la borda hecha astillas, junto a un ribazo del río, hasta la que los niños acudían para esconderse. El agua. Un cubo de latón lleno de cangrejos. Se conmueve, emocionado, y piensa en su padre...".




martes, 17 de enero de 2017

MAYTE


Después de atravesar algunos corredores, arriban, los dos, a una galería acristalada que se asoma a un jardín, sin apenas planta alguna, en el que una austera fuente de piedra, de la que no mana el agua, parece constituir su centro geométrico. Dentro de esta galería, mirando al jardín, hay varias personas sentadas en sillones de mimbre. El conjunto luce un rasgo característico: todas ellas aparecen despeinadas. También parecen compartir entre sí, estas personas, un tipo de mirada que aparenta hallarse permanentemente perdida en la lejanía. Los tics de algunas son bastante aparatosos y otras, al revés, ofrecen un hieratismo casi estatuario. Por lo general, son mujeres. Ninguna parece haber reparado en la presencia del intruso o, al menos, omiten hacer el signo más habitual, modificar sobre la marcha el destino de la mirada para dirigirla sobre los que llegan, del que cabría desprenderse dicho dato.

El doctor Andrade se dirige hacia una mujer rubia, de unos cincuenta años, que está sentada sola, en completo silencio, muy cerca de la cristalera. Le habla en estos términos:

-"Mayte, hay aquí un joven que quiere charlar contigo".