martes, 30 de agosto de 2016

BORGEADA. "Aberración suma"


A primeros “setenta”, Jorge L. Borges se lamentaba amargamente de la moda imperante por la que se decía de los textos de… pongamos por caso Cervantes… que estaban escritos a la manera Cervantesca (o Cervantina) cuando precisamente él, Cervantes, era el único escritor sobre la faz de la tierra al que le era imposible copiar, o remedar, el estilo de Cervantes. Y lo mismo cabría decirse de T. Mann o de cualquier otro autor, el propio Borges incluido. Modestamente, incluso de quien ahora les habla. Entonces… como no voy a poder calificar el siguiente cuento como bluffiano, ya que todos los que escribo lo serían, voy a calificarlo de “Borgeada” por la inspiración que su argumento y su estilo le deben al insigne literato de Buenos Aires.

ABERRACION SUMA.

“Podría mantener sin vanagloriarme, o vanagloriándome lo justo, que soy una persona de éxito. Éxito en lo profesional y también, y a esto otro lo considero aun más importante, en lo personal. Los hombres me aprecian, me valoran ¡incluso me admiran! Casi todos ellos desean acostarse conmigo. Sí, constantemente cuento con una camarilla de admiradores incondicionales que se van renovando con habitualidad. Y… sin embargo. Sin embargo, me es muy duro admitirlo, tal vez incluso riesgoso, los desestimo a todos, no admito salvedades, ya que a mí me gustan las mujeres -hermosas mujeres- cuanto menos desde un punto de vista carnal.

Hace tan solo tres meses conocí a una mujer muy guapa, Lola Mielmuriel. Intimamos casi desde el primer momento en que nos vimos y luego hemos continuado tratándonos con asiduidad, hasta terminar convirtiendo nuestras citas en una costumbre, una ardorosa costumbre, de frecuencia casi diaria.

Ayer, Lola, junto a la pequeña mesa de feccel de un café del centro sobre la que reposaban, en esos instantes, nuestras dos tazas de té a medio consumir, me trasladó una noticia a la que quiso calificar de extraordinaria. Una noticia que si bien yo aceptaría como buena, tal vez incluso como trascendente, no dejó por ello de causarme una indudable sorpresa y sumirme en una honda preocupación. Lola me dijo hallarse embarazada.

A bote pronto no supe que decir. Era demasiado perturbador.

Y, sin embargo, insistentes rumores defendían tal posibilidad. Pese a que la ciencia oficial se apresurara, enseguida, a tratar de desmentirlos, había, entre la comunidad científica, algunos individuos, los más osados, los más locos, que, en privado, en la clandestinidad casi, eran incluso capaces de brindarte las pruebas ¡quien sabe si reales o inventadas por ellos mismos! de que eso era así.

Luego de tomarme las manos, y entrelazar sus dedos con los míos, Lola me confió conmovida:

-Julian ¡mírame! Estoy segura, plenamente segura, diría, de que la pequeña criatura que acoge mi vientre también te pertenece a ti.

Pensé, pese a las dudas, que sus palabras pudiesen ser ciertas, y me invadió el temor. Si la relación afectiva que habíamos entablado se hallaba de por sí vedada por los reglamentos, por ser nuestros sexos distintos, la gestación de la criatura, completamente al margen de los cánones reproductivos reglamentariamente previstos, entraba directamente en lo que, esas mismas normas, calificaban como aberración suma. Deduje, por tanto, que se hallaban en juego mi prestigio e, incluso, mi vida.

Ella continuaba sujeta a mí, emocionada, tierna, sus ojos fijos en los míos.

Mi reacción fue clara, no pudo ser otra, mejores alternativas que esa no cabían. Hube de convencerla para que se registrase inmediatamente en algún programa reproductivo presto a dar inicio, en cuyo transcurso su embarazo quedase debidamente homologado conforme a canon. Si acaso esta particularidad les resultase a ustedes ajena, decirles que el periodo de gestación de la raza humana, habitualmente de nueve meses de duración, había ciertas ocasiones, de cuyos motivos no llegaba a tenerse completa certeza, en las que quedaba reducido a siete tan solo”.

Como habrán podido apreciar en el relato, la denominada, por J.L. Borges, secta del Fénix continuó su progreso entre nosotros hasta terminar por imponer sus postulados, y, luego de instituir la proscripción del coito, afán del que ya teníamos alguna noticia gracias al maestro, decretó la ilegitimidad, por considerarlas arteras e interesadas, poco filantrópicas en suma, de las relaciones sexuales entre personas de distinto género, quedando el proceso de renovación de los individuos en manos del Estado mediante los oportunos programas de fecundación sin cópula capaces de garantizar el desarrollo físico más adecuado para nuestra especie.


domingo, 28 de agosto de 2016

LA VIDA ETERNA


Hoy, un niño ha aprendido a tirarse de cabeza a la piscina. Está feliz. Se pega cada planchazo ¡qué no veas! Pero está feliz. Yo también me siento feliz de ver al niño tirarse de cabeza.

El niño lleva, hoy, en la piel y la carne de su pecho, de su estómago, el triunfo del mundo. La marca de todas las victorias del mundo. Fraguadas a medias a base de valor y miedo.

Luego, más adelante, con trece, catorce años, querrá inventar la vida eterna.

Pensando todo esto que le está sucediendo al niño, soy incapaz de no sentirme un poco triste. Y no debería ser así, pero…

La canción que escucho habla de una tierra que no terminará nunca, una tierra de nunca jamás, una isla tropical -como las que imaginaron Joseph Conrad o Bioy Casares cuando los avasallaba la rutina- y este detalle tampoco contribuye a disipar mi pena porque su melodía, siendo a veces un poco alegre, otras, en cambio, no lo es.

Al final se reduce todo al paso del tiempo. A que le prestemos la atención debida a lo rápido que transcurre y volvamos nuestras miradas hacia el pasado. De hacerlo… una inmensa mayoría de nosotros vamos a poder emocionarnos sin demasiada dificultad.

Por el contrario, si miramos hacia delante, sabemos cual va a ser nuestro destino. Siempre. Justo ese que ya se están imaginando. Algo no excesivamente emocionante.

Entonces, braceando entre la emoción y la conmoción, vivamos mejor el presente y alegrémonos, con ese niño que ha aprendido hoy a tirarse de cabeza a la piscina, de poder colarnos en el agua azul, y fría, rápidos y entregados como los delfines. Sin detenernos a pensar en mucho más. No es el momento. Nunca es un buen momento para recordar lo que hicimos mal, para aceptar que nos equivocamos, que no debimos rendirnos.

Sin triunfalismos excesivos, cenar en el lavadero, en soledad… -observando a los últimos turistas del hotel de enfrente tender sus toallas- … un bocata de nocilla y un plátano. Un poco moscas por tener, todavía, la tripa dolorida. A estas alturas de nuestras vidas ¡quién nos lo iba a decir!


(Nota.- La canción a la que alude el post es "Foreverland" y figura en el albúm homónimo de The Divine Comedy,  en el que igual se halla incluida la canción del video)

domingo, 24 de julio de 2016

Y NO ESTABA MUERTO


... que estaba tomando cañas (Peret).

jueves, 9 de junio de 2016

¡QUE SOLOS SE QUEDAN LOS VIVOS! (más Umbral)


Siguiendo con el homenaje al maestro Umbral, vamos a ponerle el colofón, un colofón momentáneo que no definitivo -los colofones de los homenajes a los grandes hombres, y muchos escritores lo son, tienen que ser siempre momentáneos porque luego, con el paso del tiempo, vuelves a saber algo de ellos, o de sus obras, y, a la par, vuelves a sentirte en deuda con su talento- tirando de bloggoteca, y pegando por aquí, que esto lleva ya demasiados días varado y luego no va a haber ya quien lo ponga a flote, unas breves líneas que les dediqué a él, y a su obra, cuando se produjo el triste acontecer de su muerte. ¡Qué grande Paco Umbral!

"Si bien lo miramos, la muerte en sí no es algo que verdaderamente nos aterre. Lo que nos asustan son los muertos. Algunos muertos. Aquellos con los que, mientras estuvieron vivos, mantuvimos el contacto o, por lo menos, llegaron, por las razones que sean, a resultarnos: cercanos, familiares.

Cuando durante mis vacaciones estivales me he enterado de la muerte de Paco Umbral, he sentido de repente un miedo inesperado, e irreflexivo, a morirme yo mismo ¡Qué miserables somos a veces los hombres!.

A propósito de Paco Umbral obra ya en este blog un post, titulado "El Giocondo", que pretendía ser un sentido homenaje a la literatura (y "las cosas", tal y como a él le gustaba referirse a las consabidas circunstancias orteguianas) del ahora difunto, a partir de lo evocado de mis propias vivencias juveniles: nocturnas, depredadoras, dispsómanas, umbráticas ¡cómo no! acaecidas durante cierta época de mi vida. Una época incierta.


Con tristeza y reconocimiento me toca proclamar esta vez que la literatura castellana -y aquí quiero decir "de castilla" y aquí incluyo en esa castilla ¡tan ancha! ese poblachón enorme que es Madrid- ha perdido a su último valedor. ¿Quién va a cantarles ahora a los barbechos de amianto y las eras de asfalto sin resultar tostón o hacer uso del tópico? ¿Quién retratar a banqueros, pintamonas, marquesas, alguaciles, caricatos y politicastros sin caer en el desprecio, la alabanza o la pedantería...?

Ribera y Valdés Leal le andan pintando la mascarilla al muerto y los espectros palaciegos de majas, monjas, meninas y chulapas se afanan en tocarle la minga entre la saya para encimar su resurrección con el pajeo. Aguardan impacientes, fumándose unas tobas, Solana y Espronceda ansiosos por partir de farra hacia Cascorro y los Humilladeros, junto al fantasma del  difunto, y enredarse en bravatas.

Y él.. mientras tanto.. -inmortal, incólume- se acaricia esas narices suyas: feas, rotundas, españolas.. llenas de bubas y espinillas, bien consciente de que le estaba genéticamente vetado ser un dandy de veras a pesar de ese foulard de seda que lucía con respeto -y desamparo- y sus canosas guedejas de poeta. Consciente de que su genio y su porfía estaban condenados de antemano a finar, tal y como le pasó a Cervantes, tal y como les ha ocurrido a tantos otros, en un paraje yermo de La Mancha. Uno cualquiera. Que del nombre -como se nos tiene dicho- no merece la pena acordarse.

Una pérdida irreparable. A falta de herederos de verdadero fuste y fusta de la buena, permitámosles a los escaparates de Hortaleza y los luminosos de la Puerta del Sol que sean ellos los que se ocupen a fondo de ajustar día a día la glosa capitalina. Nadie queda ya, más ducho".



martes, 31 de mayo de 2016

ENGAÑABOBOS

(Claire Harvey)

Me imagino que en otros países también pasará lo mismo, aunque también me imagino que en Francia, en Inglaterra, en Australia... en naciones con un nivel cultural alto en comparación con el nuestro, el fraude no acontecerá en unas proporciones tan desorbitadas. ¿De qué les estoy hablando? Del engaño. Del engaño sistemático y programado como forma de vida.

A la gente, en concreto a los españoles, le gusta que les engañen. Tal cual ¡les encanta! Siendo la de la altivez, venga o no cuento, una de las señas de identidad de nuestro pueblo -y no se trata tan solo de una apreciación mía porque el conjunto de nuestros vecinos coincide... a la hora de poner de relieve nuestro mayor defecto... por juzgarnos así: arrogantes o, incluso, soberbios- y concurriendo que el provecho de la sapiencia requiere, lo primero de todo, de la humildad del cavilante, llegaremos a la conclusión que esta es tierra abonada para los parlanchines, los dorapíldoras y los vendedores de humo.

El español, siempre en guardia para que no se rían de él, para no hacer el rídiculo, termina convirtiéndose con su actitud recelosa, y un tanto esquiva, pero llena de candor dogmático, en presa gustosísima para los vividores. No es algo nuevo, desde antiguo ha venido sucediendo así, la pena es que el arco de la curva de tendencia no decline. El truco, es obvio, consiste en implicar al engañado en el embuste, la treta más común entre los filibusteros. Esto se traduce, hoy por hoy, en conseguir que este pague una pasta por ser engañado, que la mentira le cueste dinero, ya que, en este caso, muy pocos se avendrán a reconocer que los han tomado el pelo arriesgándose a pasar por tontos ante los demás. Cuanto más pagues por la trola, más se afanará tu menoscabado orgullo en transformarla en certeza y más feliz terminarás por considerarte a la culminación del truque.

 (Kay Althoff)

Les sugiero entonces a los políticos, a todos, si quieren terminar con las críticas acerbas hacia sus personas, con las querellas, las denuncias, y demás cosas por el estilo que tan desagradables tienen que resultarles a los pobres hombres, que le cobren a la ciudadanía -a imagen de lo que hacen otras élites profesionales de indudable renombre: abogados, cocineros, economistas, sociólogos... a la hora de prestar sus servicios- un estipendio por votar, pongamos que doscientos (200) euros para las "legislativas" y cien (100) en lo que respecta a las "autonómicas" y las "municipales" (las"europeas" irían de "free bonus" con el combo completo al no ser objeto, su resultado, de demasiadas desafecciones), y van a ver como así, la gente dejaría de dar el coñazo, de increparles, y se conformaría con lo que les toque. Incluso con una sonrisa profidén instalada en el rostro.

Los jerifaltes del mercado no son ni especialmente inteligentes ni especialmente perversos ni especialmente metódicos. Ni sus estrategias de marketing se diseñan con unas complejísimas variables cuya comprensión sólo alcanza a unas pocas mentes privilegiadas reunidas en conciliábulo, ni sus estudios de campo se basan en unos conocimientos exhaustivos de los hábitos de los consumidores urbanos llevados a cabo por eminentes eruditos. Son única y exclusivamente unos vivos, unos jetas, unos tunantes, que han asimilado sin el menor problema ¡al punto de aceptarlo como justo! la paradoja consistente en que a la gente le gusta que le engañen, y que... a más, a más... cuando ha tenido que pagar, por ello, una hipotética sospecha de fraude va a tornarse casi siempre en complacencia de favor.


viernes, 27 de mayo de 2016

QUIZÁS

(Loui Jover)

¡Llámame! No te reprimas. Sé que a veces me consideras vanidoso. Otras, irritante...

¿Ya cuelgas...? ¿Qué sientes...?

"Relax. El relax suficiente para no querer volver a verte" me has dicho.

Te conozco y sé que es eso lo que sientes. Agarro uno de mis papelotes, lleno de notas y tachones, y escribo: "Te conozco y sé que es eso lo que sientes ". Hago sonar "White Shoes", de Marie Danielle, e intento escribir algo parecido a la letra fallida de una canción de amores malogrados. 

Quizás.


martes, 24 de mayo de 2016

INFLUENCIAS e INFLUENZA

(David Levine)

Leo en el blog titulado "Un Libro al Día" del que últimamente estoy muy fan, probablemente porque presienta que sus autores (se trata de un blog colectivo) se hallan en la senda correcta, justo la que esquiva las enlodadas praderas del buenismo, descubro en este blog... les estaba diciendo, me iba ya por las ramas, una relación de novelistas que el celebrado escritor argentino Patricio Pron reconoce, de propia voz y en exclusiva, como influyentes en relación con su último libro "No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles". Cita Patricio, exactamente, a: Ezra Pound, Jorge Luis Borges, Thomas Bernhard, Roberto Bolaño, Georges Perec, Julien Gracq, Marcel Duchamp, Felix Philipp Ingold. Kurt Vonnegut, Jr… Y, tras releer todos esos nombres, yo no he podido dejar de especular en relación con algo que ya he valorado otras veces. Ahora verán que es. Aunque los que vienen siguiéndome desde hace tiempo, probablemente estén ya imaginándoselo.

Analizando únicamente a los "integrados" -de la conocida dicotomía entre estos y los apocalípticos, popularizada por, el recientemente fallecido, Umberto Eco- he dado en calificar a los miembros de dicha categoría de creadores en tres grupos distintos.

Por un lado están aquellos, cuyas sensibilidades y preferencias éticas, estéticas y hasta psíquicas se ajustan como un guante a los requerimientos que imponen las modas y tendencias decretadas, en esos precisos momentos, por el establishment. A estos son, entre todos lo integrados, a los que menos mérito les veo, ya que, cuando escriben, actúan naturalmente, libremente... Y la narrativa, en lo básico, consiste en fingir. Más o menos.

Están los que, atizando a su alrededor palos de ciego, a tontas y a locas y sin saber muy bien de donde les viene el aire, consiguen subirse al carro de la moda. Son bastante entrañables. Como ese señor de pueblo que se endominga para ir a los toros, y del que todo el mundo opina, aunque no lo diga, que va hecho un cuadro el pobre hombre.

Están por último, los que se adscriben al sistema con ciertas reticencias y, como les da cierto apuro lo que han hecho, escriben como si trataran de descabalarlo, pero como también les da cierto apuro que se caiga, porque el sistema es el sistema y ellos han conseguido colarse en él, al final lo que hacen es apuntalarlo, aunque intenten aparentar lo contrario. Estos últimos son los que están hechos un lío y, a su vez, escriben cosas muy confusas, también.

(David Levine)

El señor Pron, citando a todos esos autores que relaciona como asumidas influencias estilísticas, parece cabalmente encuadrable, y mira que me ha chocado que sea así, dentro del primer grupo. El tío tiene que estar poco menos que encantado de haberse conocido escribiendo para el lector hispanohablante en este arranque -ya menos arranque- de centuria. ¡Cojones, si parece la alineación del mundial de Diego! ¡Pound de arquero! ¡Borges por el lateral diestro! ¡Centrales: Berhard y Bolaño! ¡De defensa izquierdo, Perec!... y así sucesivamente. No falta ni uno. Ingold, del que he de reconocer que no tenía noticia, cabe que sea el segundo entrenador o el fisioterapeuta.

Vaya... que, de uno en uno o, incluso, de dos en dos, el asunto podría tener su aquél. Pero así... todos seguidos, uno detrás de otro, a mí se me acaba hasta el aire. "¡Arghh... que me asfixio!"

Si esto fuera música, y no literatura, sería más o menos como la lista del Rock de Lux de lo más guay del indie. Le preguntan a uno de, pongamos por caso, que no lo sé, "Love of Lesbian" "¿Cuales son las influencias del grupo?" y el tío contesta: Arcade's Fire, The National, The Black Keys, Mark Lannegan, Arctic Monkeys, Neutral Milk Hotel, Nick Cave, P J Harvey y Radiohead. Con dos cojones. Y el que se mueva... ¡si no sale en la foto que se aguante!

Y no es eso. No es eso.

Todo lo cual me lleva a preguntarme al final -¿admiración, envidia, estupor...?- ¿Cuales habrán de ser las dotes persuasivas, empáticas, encantadoras, subyugantes, de las que se hallan provistos todos esos gurús culturales capaces de lograr convencer a la gente de que Nick Cave canta bien, de que George Perec es un tipo rebosante de ingenio, capaces de conseguir que un escritor con personalidad propia, como Patricio Pron, haga suyos todos y cada uno de los dogmas de su archimanida catequesis?.

A mí, la lista de Patricio -o de quien sea: que parece hecha a medida del "perfecto moderno"- hace que me suba la temperatura. Palabra de honor.