domingo, 29 de enero de 2017

CUESTION DE FE

(Judith Eisler)

"... yunar, me vestí y... para hacer tiempo... me entretuve mirando un mapa de Rusia. Siempre me había llamado la atención el hecho de que tras la proclamación de independencia de las -llamadas- repúblicas bálticas, un trozo de aquel  gigantesco país, fronterizo con Polonia y Lituania, hubiera quedado aislado del resto del mismo. Se trataba de un pequeño territorio abierto al mar, que en el transcurso del pasado siglo veinte había pertenecido asimismo, durante cierto periodo de tiempo, a Alemania.

 (Judith Eisler)

Cosas como aquella ocurrían a menudo, integraban el tejido elástico con el que se confeccionaba la Historia. Nada era inamovible, ni siquiera las naciones, y lo que hoy podía ser de una forma determinada, y de modo tan aparentemente justo y razonable que muchas personas estaban incluso dispuestas a defenderlo con su vida, mañana podía pasar a ser de otra completamente distinta, y hasta opuesta a la anterior, y existiría también, en este segundo supuesto, un buen número de hombres y mujeres capaces de morir por ello. A los seres humanos -siempre temerosos, siempre desvalidos- les encantaba adscribirse a una causa, una bandera, una ideología, para poder contar con un mito en el que creer. Y, yo, puestos a tener que confiar en algo que trascendiera a lo cotidiano, antes que en toda esa serie de asuntos que -sabía- accesibles, secundarios, incluso -como les he razonado- accidentales, prefería hacerlo en Dios, que era uno, era discreto y era eterno...".



lunes, 23 de enero de 2017

SÉ UN HOMBRE


".....los motores de las hélices, que, hasta entonces venían sonando armonizados junto al viento que ellos mismos levantaban en sus rotaciones, se pusieron a chillar con risas de hiena y el avión comenzó a cimbrearse. Uno de los muchachos afirmó, en voz alta, ver relucir relámpagos en el horizonte. "¿Es hacia allá a dónde vamos?" preguntó otro que se sentaba a mi lado, pegado a mí, a quién quiera que supiese la respuesta.

En esos momentos la cabina estaba en penumbra y… aunque nuestros cuerpos llegaban a rozar unos con otros… apenas si éramos capaces de reconocernos los rostros.

Una lucecita naranja irrumpió unos pasos más allá de mi lugar en la banca, destacándose sobre el fondo gris. El alférez retiró el cigarro de su boca y el pequeño punto de luz se diluyó de nuevo en las tinieblas.

"¡Cállense!" bramó entonces, su voz, por toda respuesta.

Estiré el tronco hacia delante y ladeé mi cabeza todo lo que pude hasta conseguir que una parte del hueco de la puerta quedara dentro de mi campo de visión. Mientras me afanaba en discernir… en la oscuridad… la luz de los rayos, intuí en el aire la inminente aparición de la lluvia. Esta comenzó de repente.

Una brusca sacudida en el fuselaje y una ráfaga de viento líquido se nos vino encima. Empecé a tiritar y rezar. Sonaron voces de alarma. Otro zarandeo. Otro. Murmullos. Algún grito. Se adueñó del avión el sonido del miedo.

"¡Tranquilos. Tranquilos, soldados. Dentro de un cuarto de hora habrá amanecido y les quiero bien vivos para entonces!" intentó tranquilizarnos el joven oficial.

Cuando el otro chico que estaba junto a mí me tocó la mano, no permití que me la agarrara. Sentí una ligera repulsión al percibir la humedad de sus dedos sobre mi piel.

"¡Sé un hombre…!" recuerdo haberle recriminado al pobre muchacho. 


viernes, 20 de enero de 2017

RUA DA SAUDADE


"Saudade. Los rasgueos de una guitarra se entremezclan con el aturdido repicar de las gotas de lluvia que humedecen esta noche los adoquines negros de las estrechas calles de Coimbra. Luces amarillas, ancestralmente turbias, que derraman sus reflejos en una manera muy lánguida sobre el suelo resbaladizo de las aceras. Luces de farol. Unos pasos acelerados. Un "¡ay Dios, casi me caigo!". La muchacha ha recuperado el equilibrio y se aleja, persignándose, por una de las callejas que salen de la plaza. Desde su habitación del hotel, el hombre -un cirujano cardiovascular que ronda los cincuenta- cree poder percibir el olor a rancio que exuda un café viejo y empapado, cree poder sentir en sus carnes los gorgeos de los cientos de polillas que se están ahogando afuera, en el final de sus vidas, y deja divagar, a su mente, entre una marea de recuerdos.

Recuerda... En la sierra ulula el viento... un pequeño utilitario avanza despacio entre los pinares... aunque lleva dadas las luces, solo le funciona uno de los faros, el otro se estropeó hace mucho tiempo en el transcurso de una noche de luna llena en la que una oligofrénica dio a luz en una cabaña más abajo de Lousa. Recuerda... un barro, cremoso y vital, que se adhiere a las suelas de las sandalias, y las yemas de los dedos, como si en lugar de ser de tierra lo formasen coágulos y grumos de sangre. Recuerda.... una barca rota con la borda hecha astillas, junto a un ribazo del río, hasta la que los niños acudían para esconderse. El agua. Un cubo de latón lleno de cangrejos. Se conmueve, emocionado, y piensa en su padre...".




martes, 17 de enero de 2017

MAYTE


Después de atravesar algunos corredores, arriban, los dos, a una galería acristalada que se asoma a un jardín, sin apenas planta alguna, en el que una austera fuente de piedra, de la que no mana el agua, parece constituir su centro geométrico. Dentro de esta galería, mirando al jardín, hay varias personas sentadas en sillones de mimbre. El conjunto luce un rasgo característico: todas ellas aparecen despeinadas. También parecen compartir entre sí, estas personas, un tipo de mirada que aparenta hallarse permanentemente perdida en la lejanía. Los tics de algunas son bastante aparatosos y otras, al revés, ofrecen un hieratismo casi estatuario. Por lo general, son mujeres. Ninguna parece haber reparado en la presencia del intruso o, al menos, omiten hacer el signo más habitual, modificar sobre la marcha el destino de la mirada para dirigirla sobre los que llegan, del que cabría desprenderse dicho dato.

El doctor Andrade se dirige hacia una mujer rubia, de unos cincuenta años, que está sentada sola, en completo silencio, muy cerca de la cristalera. Le habla en estos términos:

-"Mayte, hay aquí un joven que quiere charlar contigo".


jueves, 17 de noviembre de 2016

LA MAGDALENA CONVERTIDA EN PORRO. "También esto pasará" (Milena Busquets)

(Salvador Dalí)
Uno, que acostumbra a moverse en autobús y porque está de acuerdo en lo que dicen, y en como lo dicen, también acostumbra a frecuentar blogs de crítica literaria que, cargados de sensatez, no logran dar ni por asomo con la gran esperanza blanca de la literatura española, ayer perdió el autobús, para ir al trabajo, por encontrarse leyendo ensimismado, en la parada, un libro de una escritora española. Tal y como lo oyen.

Hablamos de un libro “También esto pasará”, de Milena Busquet, que trata del transcurso del tiempo y de la pérdida de la juventud. Versa, más concretamente, sobre los sentimientos y las reflexiones que a una mujer divorciada, en los albores de la cuarentena, le provoca la muerte de su madre.

Al parecer, la novela ha tenido una notable repercusión mediática en el extranjero, algo que puede deberse a que lo que se cuenta en ella por la mujer que la protagoniza, es muy poco localista, bien poco costumbrista, es, por el contrario, a contracorriente de lo que viene siendo habitual por estos pagos, tan proclives a que el narrador se crea que no existe vida inteligente más allá de su barrio, perfectamente extrapolable a otras personas de otros ámbitos y otra cultura. Son muchas las mujeres que habrán de sentir y comportarse de forma parecida a como lo hace la protagonista de la novela -que vamos a imaginarnos que es la propia autora- y que no se atreven a decirlo ante los demás, ni siquiera a verbalizarlo ante su propia experiencia. Entonces… verlo escrito, letra junto a letra, tiene que suponer, me imagino, algo bastante reconfortante para ellas. Y, para nosotros, los tíos, pues… también.

A real man

Esa es otra de las grandes bazas de la novela: su sinceridad. La autora, Milena, centra su relato básicamente en sus relaciones con los hombres: en una búsqueda permanente del tiempo recuperado. Y en las evocaciones de la memoria de su madre: en una agridulce rememoración del tiempo perdido. Aunque también trate, de manera tangencial, pero cuidadosa, de los otros dos grandes pilares de la vida: los hijos y los amigos. Nada que no haya sido expuesto ya antes, en innumerables ocasiones, en la historia de la literatura. La clave de su acierto, de su singularidad, estriba en no callarse nada, no ocultar nada. Decirnos en cada momento que es justo lo que está pensando y hacerlo de tal manera que quedemos convencidos de que no nos está mintiendo.

Y esto es porque cuando la señora Busquets nos cuenta con una prosa comedida, precisa, natural, que utiliza en cada momento la “palabra justa” -esa característica esencial del lenguaje escrito que permite distinguir a los buenos escritores de los “juntaletras”-, jamás recurre a hacerse pasar por lo que no es -a veces parece buena y a veces parece mala, las más no parece nada, pero jamás intenta caracterizarse a sí misma como una redomada canalla o una humilde heroína- para intentar la sublimación del personaje y, con ello, su propio lucimiento, tanto emocional como artístico.

En resumen, se trata de un libro muy bien escrito, valiente, con evidentes evocaciones Rohmerianas (de Eric Rohmer, obvio), en la línea, hoy desafortunadamente perdida, de sus paisanas Laforet y Roig. Un libro escrito con “clase” -lo que quiera que sea eso- que habrá de dejarnos en la boca, a poco que lo paladeemos con un poco de calma, un gusto, agridulce y delicioso, a juventud perdida. Un gusto, más rotundo, y no tan matizado, a esperanzas baldías e inevitabilidad.

¿Qué me dirían, todos ustedes, si les dijera que Cadaqués, el Cadaqués del relato, a mí me ha recordado a Balbec y que la magdalena se me ha aparecido convertida, con el paso de los años ¡un siglo! en un porro de maría y una copa de vino blanco?

A quienes no termino de encontrarle su sitio -Milena me perdone- en todo este escenario, es a “The Clash” de los que la autora se declara rendida admiradora. Aunque a lo mejor sí, también encajan aquí “The Clash”, perfectamente. Y es que… no debemos olvidarnos de que Joe Strummer, su líder (con el permiso de Mick Jones), era hijo de un diplomático británico y se crió, como la(s) protagonista(s) de nuestra reseña, en un ambiente “arty” liberado casi, totalmente, de prejuicios.

En resumidas cuentas una novela a tener en cuenta, porque, le pese a quien le pese, está escrita con fundamento. Precisión y cálculo. Emociones cartesianas.


domingo, 13 de noviembre de 2016

CAPITAN OJOS DE AJO

(Eric Fischl)

Su primer pitillo se lo fumó en un patio con escombros entre vuelos rasantes de vencejos y alambres retorcidos cubiertos de óxido. El día que probó el DYC, se bebió media botella y empezó a jugar al fútbol con un transistor encendido. Su principal tesoro eran tres tablas ensambladas y cuatro rodamientos sobre las que puesto de rodillas bajaba por las cuestas más rápido que el diablo, otro, unas revistas viejas que escondía dentro de un cuadro de fusibles en las que unas tías teñidas de rubio enseñaban el coño. Volcaba los futbolines siempre que el jefe se daba la vuelta y, si no conseguía partida, les pegaba a las máquinas unos puntapiés asesinos.

En clase siempre estaba aburrido, sin saber que hacer, fuera de sitio y al llegar los recreos se iba a un rincón del patio a fumar, y escupir, junto con Cardoso y otros dos repetidores.

No le trató bien el tiempo: granos en la cara, ojos saltones, pelo grasiento. Todas... cosas que joden.

Por las noches cruzaba con los colegas al otro lado del río a fumarse unos porros y a hacerse un Blaukpunt (o dos). Un día de mucho pedo a un hijoputa se le ocurrió llamarle ojos de ajo.

Las semanas transcurrían entre resacas, broncas con la vieja y Vespinos medio rotas que se quedaban sin sopa a las primeras de cambio.

(Eric Fischl)

En la mili se pegó de hostias un par de veces y estuvo de putas en Montera con un "primero" al que le encantaba hablar de guarradas. Allí, el asunto no pintaba tan mal: comida caliente, sábanas limpias y la misma tralla para todos. Y aunque se siguiera llamando ojos de ajo, él ya no se sentía como un puta mierda.

Le gustaban las pistolas, los motores y las baladas de Leño, también, de vez en cuando -¡un descojono!- esconderle la turuta al turuta. Por fin, unas pocas cosas en las que creer.

Durante unas maniobras cargó a cuestas más de kilómetro y medio con uno de Zamora al que se la había dislocado un tobillo. Lo felicitaron. Fue abuelo, bisa.. y cuando llegó a patriarca, una tarde que estaba de guardia le dijo al teniente que quería seguir en el cuartel. Pasó el tiempo, se hizo cabo; luego... sargento. Se casó y tuvo dos niñas. Ya ascendido a brigada, una bomba le arrebató la vida en el amanecer de un barrio obrero del País Vasco.

Sus hijas se despertaron con el estruendo.


domingo, 6 de noviembre de 2016

PARIS ET L'AMOUR

(Gyula Halasz)

Había estado en París hacía tres años con Miguel, por aquel entonces no preparaba aún la oposición. Fue a primeros de agosto y apenas si se veían franceses en la ciudad. Se alojaron en un hostal de Montparnasse que estaba al lado del rascacielos. Visitaron el Louvre, les Halles y el centro Pompidou. Subieron a Montmatre y a la torre Eiffel. La vista se les perdió en los Inválidos y se les iluminó en Los Campos de Marte. En los jardines de Luxemburgo se dieron uno de los besos más sentidos de su noviazgo. ¿Intuían, quizás, que su final estaba próximo? Porque fue en París donde adquirieron certeza de que no se comprendían lo bastante. De que no se necesitaban lo suficiente. En esa ciudad mágica, hecha para los amantes, los dos se sintieron solos. Sus apetencias no iban por el mismo camino. Ambos se dieron perfecta cuenta de esa falta de sincronía sin sufrir por ello ninguna inquietud, ningún desengaño, y trataron de disfrutar al máximo de todo lo que les ofrecía la ciudad. 

(Gyula Halasz)

A Violeta le maravillaron las plazas: Étoile, los Vosgos, del Alma, sobre todas ellas la plaza Vendôme. Una plaza fantástica: hecha para que la rodeen los Mini Cooper, para que Lino Ventura se fume un cigarrillo junto al escaparate de una de sus joyerías, para que Sergé Gainsborough la recorra despacio con el cuello de su gabardina sin alzar. El sitio perfecto para encontrarse al espíritu de Jean Seberg. A otra de esas plazas, la del Alma, iba a dar el bulevar Montaigne, con su interminable despliegue de lujosas boutiques y sus alineadas hileras de frondosos castaños. Tomaron Pernod junto al Sena viendo pasar a algunos palistas con sus piraguas. Viendo pasar a las viudas solitarias del verano con sus caniches rapados a rodales. Viendo pasar a los japoneses -y sus handycam de video- protegiéndose, con su gregarismo, del ancestral desasosiego que les transmite el porte del hombre occidental. Cenaron en una brasserie de la Île de la Cité y oyeron jazz en un café cercano a Saint Germain des Prés. Hicieron casi todo lo que los enamorados suelen hacer en Paris. El viaje de regreso en el avión, lo hicieron cogidos de la mano. Sin embargo, antes de transcurriera un mes, habían dejado de verse.