lunes, 3 de julio de 2017

HEAVENLY HELL. LOS ANGELES


¡Qué le vamos a hacer! En momentos de sequía creativa, al menos blogueril... -que en otros asuntos de letras, distintos de este, sí que andamos venturosamente enredados- ... me da por ponerme a escribir acerca de canciones que he descubierto últimamente, no siendo nuevas ni tampoco muy antiguas, o sí, y que han despertado mi atención por lo cojonudas que son.

Canciones cojonudas que sé que van a pasar completamente desapercibidas y que a mí me apetece compartir con la gente que aprecio. Porque a la gente que entra al blog, la aprecio.

Hoy vamos a hablar de un tío de Palma (de Mallorca) que se llama Luis Alberto Segura.

Palma ha sido de siempre uno de los baluartes más significativos del mejor rock-pop que se hace en Europa, y si no, ahí están para recordárnoslo bandas como Ex-Crocodiles, La Granja, Sexy Sadie o The Zinedines. Mineral Water o los Nash del gran John Tirado. Pero sobre todos ellos, mis idolatrados Valendas. Luis A Segura ha estado casi siempre metido -tocando la guitarra y haciendo coros- en todos esos fregados. Luego, fundó su propia banda "L. A", Los Angeles... California, ya saben... un nombre comprometido por las evocaciones que encierra.  De esta forma da rienda suelta a su talento componiendo y cantando sus propias creaciones.

Los Angeles. Sus evocaciones. Por ejemplo... ¿A que me suenan a mí Los Angeles? Fundamentalmente a John Fante y a su hijastro Charles Bukowsky. Un par de cabrones. Musicalmente a nada. Su banda más aclamada son The Doors y yo a The Doors no los soporto. Prefiero a Bunbury antes que a Jim Morrison. No, en el terreno musical, la ciudad no le ha proporcionado al mundo unos músicos rock tan apabullantes como los citados escritores rock. Valgan a bote pronto, por todas las bandas nacidas en Los Angeles, de incuestionable éxito mundial, The Eagles, que cuando componen "Hotel California" están, tal vez, prestándole una banda sonora, inconmovible ya, por los siglos de los siglos, al estado de los osos grizzlies y las sequoias. Pero vaya... me disperso y no estamos en lo que estamos. Y ante lo que nos encontramos es ante una de esas canciones cuyo compositor ha tenido que crear en estado de gracia. Tocado por el tacto de Los Angeles. Si no, no se explica.


Vayamos, entonces, al lío. Con todos ustedes distinguido público, una canción dedicada a una dama, algo muy bonito, "Elizabeth". La "única" dice de ella el artista en la letra, sabiendo, como sin duda sabe -porque para ello es artista y encima lidera una banda de rock- que todas, todas ellas, son únicas, o tendrían que serlo, al menos, para un hombre que se decide, y consigue, componerlas una canción de gratitud.

El tema se halla en un disco magnífico, que cuenta con el magnífico título de "Heavenly Hell". Tesitura, esta última, que voy a aprovechar para preguntarme ¿Por qué titularán tan feo a sus novelas los escritores, y las escritoras, de narrativa?.

Respuesta: no lo sé. Aunque, sobre esto, es posible que volvamos por aquí en otra ocasión, más adelante. Si es que me acuerdo y los títulos de las novelas siguen siendo tan malos como ahora en el futuro.


lunes, 19 de junio de 2017

9 RAZONES PARA LEER A ALFRED HAYES


LIBROS BUENOS Y MALOS

¿Me habré vuelto tonto? ¿O un exigente insoportable? ¿O un sibarita con ínfulas? Bueeeno... siempre lo he sido (lo de sibarita). En definitiva... ¿me habré vuelto viejo?

Lo cierto es que un conocido del trabajo me pasa algo así como tropecientasmil novelas metidas en un pendrive y tras un demorada labor de criba, y no es una frase hecha, selecciono como unas trescientas (la décima parte más o menos). Hablamos de obras maestras de las literatura, hypes del momento, best sellers irresistibles. Ahí le ando, como diría un mejicano -ya saben: "¡ándale, ándale!"- y la decepción es: MAYUSCULA. Con mayúsculas. Fallan los argumentos, la verosimilitud de las tramas está por los suelos, la singularización de los caracteres es en muchos de los casos prácticamente nula, los diálogos son afectados, las descripciones de escenarios premiosas e insustanciales.... Y eso, a lo que se ha dado en llamar el ESTILO, y que yo valoro tanto, porque me gusta mucho, y por eso lo valoro tanto -como Emma B., el estilo soy "yo"- decididamente brilla por su ausencia. NO HAY ESTILO. Así... una novela tras otra, pim pam pim pam, los inicios, las nueve o diez primeras páginas, hasta terminar por preguntarme, no me jodan, si la verdadera razón de todo eso que me está pasando no estribara en que me he vuelto viejo. Si no habré leído ya demasiado y lo que ahora toca si no quiero llevarme unas decepciones de órdago, como de hecho me las estoy llevando, es releer lo ya leído. Y disfrutado. Para volverlo a disfrutar otra vez. Ummm....

Menos mal que, de repente aparece, entre los autores del pendrive, un tal Alfred Hayes, del que no he oído hablar en mi vida, y una novela "Los Enamorados", que ha reeditado una pequeña editorial llamada "La Bestia Equilatera", y vaya a concurrir que el tío Alfredo no tenga reparo alguno en acercarse hasta este curriqui, a decirle: "No estás viejo, corazón, aunque sí te estés volviendo viejo; lo que en realidad sucede es que los demás libros, todos esos libros que has intentado leer, que permanecen apretujados junto a los míos en el pitorro ese de plástico: ¡esas obras maestras de las literatura, esos hypes del momento, esos best sellers irresistibles...! son realidad muy malos. Yo también estoy de ellos hasta los cojones".

Y yo voy, y me lo creo. "Gracias, corazón".


9 RAZONES PARA LEER A ALFRED HAYES

"... una vez la medí contra la pared, besándola cada treinta centímetros, y su altura era un metro sesenta y tres sin zapatos ni, a decir verdad, medias..." (Alfred Hayes)

"... los hombres le contaban casi todo y a la larga, si los frecuentaba lo suficiente, hasta la verdad..."  (Alfred Hayes)

"... ¿cómo se podía no desear la felicidad? ¿Y que podía querer de ella, entonces, si no era la felicidad? ¿Qué más podía darme ella, que en el fondo creía tener poco que dar, sino lo que cualquier hombre, oscilando entre la torpeza de la retórica y las caricias inhábiles y silenciosas sobre su pecho o su cadera, consideraba como felicidad?..." (Alfred Hayes)

"... a él no le gustaba la ópera, había descubierto ella, porque cantaban demasiado; pero le parecía bien el ballet, donde había chicas bonitas que bailaban..." (Alfred Hayes)

"... tú único vicio, pensé, eres tú mismo. El peor de todos. El que de verdad es incurable..." (Alfred Hayes)

"... además comencé a experimentar la vanidad del sufrimiento. El sufrimiento me daba una importancia que ningún otro sentimiento me había proporcionado. Era como un destino..." (Alfred Hayes)

"... ella se quedó sentada frente a la ventana; contemplaba la oscuridad como si al mirarla y quedarse callada un rato pudiera apropiarse de aquella ingravidez y aquel silencio húmedo, triste pero no desagradable, y apropiárselo hasta compenetrarse con él, con su lejanía, con su constante mutismo..." (Alfred Hayes)

"... era inútil tratar de retenerla. No estaba hecho para retener a nadie. La gente se me escapaba o la perdía. Era incapaz de sentir una injusticia por mucho tiempo, ni siquiera una sensación de haber sido traicionado..." (Alfred Hayes)

"... eso de quedarse ahí arriba en la cuerda floja, haciendo equilibrio con una sombrilla insignificante y contentándonos con darle miedo a la audiencia, es lo que nos consume. ¿No estás de acuerdo? Una gran caída, eso es lo que necesitamos..." (Alfred Hayes)

Según he visto por ahí, en Internet, otro mago de la literatura, Julian McLaren Ross -estamos hablando de un libro que se publicó por primera vez a principios de los 50's- dijo que la novela esta, de "Los Enamorados", era tremenda. Háganles, ustedes, caso a los julianes. No se arrepentirán.


martes, 9 de mayo de 2017

DOS ORILLAS

(Mark Tensey)

Como siempre que ando apático, y no me apetece publicar nada de mi propia cosecha, voy a recurrir a dar a conocer canciones tristes. Una canción de otro. En este caso de otro y de otra. Ya verán por qué. Unas canciones que yo me encargo de traducir a mi estilo. Entristeciéndolas aun más. O eso espero.

Lo que me ha sucedido esta vez es bastante curioso. Quería publicar una canción de Ron Sexsmith, recién salida del estudio, como aquel que dice, titulada "Shoreline". Una canción muy bonita, y muy melancólica, que incluso había traducido ya y todo.

"Puedo verlo en tu mirada distante.
Puedo oírlo en tus suspiros llenos de soledad.
Y sé que estás buscando la costa dentro de tu mente.

Algún sitio donde las olas estallen.

Sé que eso es difícil cuando lo que buscan dos personas es diferente
pero me gustaría que pudieras dar con la costa en tu cerebro.

Todo lo que quiero es verte reír
porque sé que esa es la manera de que los dos seamos felices ¡Oh mi vida!

Sabes que soy un chico de ciudad
Sé que eres una sirena de mares oscuros.
Y es bien probable que eso lo sentiremos en cualquier sitio donde estemos.
Lo que somos.

Me encantaría ayudarte a que encontráramos la costa los dos juntos".

(Mark Tensey)

Pero me ha resultado imposible dar en Internet con ninguna "pista" de audio -menos con un video, claro- de la misma. Mas... buscando y buscando, sin encontrar, si que he podido darme de bruces, medio por casualidad, con otra canción también llamada "Shoreline", de Anna Ternheim, que igual es triste. Y, también, bastante buena. Y esta sí que tiene su video. Su correspondiente traducción sería la que sigue:

"Desde que tenía ocho o nueve
he estado contemplando el litoral.
Siempre esperando
Esperando algo duradero.
Sin hambre, sin rumbo,
confuso y lejano.
Oh... esta ciudad, que te mata
mientras aun eres joven
Oh... esta ciudad, que te mata
mientras aun eres joven
Ya no soy el chico que solía
esta ciudad me ha arrebatado la juventud
y en ella todos los ojos se hunden
obra de la tristeza.
De pie, sobre la acera,
junto a los bloques de oficinas
todos andan siempre muy liados
sin hacerte el menor caso
Somos sombras
Sí, somos sombras
Las sombras de los callejones.
Eres joven, pero ya estás muerto.
Eres joven, pero ya estás muerto".

Dos canciones que comparten un título y el espíritu propio de la melancolía. Más trágica y grandilocuente la letra de la segunda, de una joven sueca, que la primera, obra de un maduro canadiense. Ambas bastante bonitas. Aunque de momento ustedes, en este sitio, van a tener que conformarse con escuchar la de la chica. Por cierto... ¿de qué ciudad estará hablando Anna?.



domingo, 12 de marzo de 2017

LOS ARTISTAS SON SIEMPRE LOS MISMOS


"Los Cantantes Son Todos Lo Mismo" (V. Delerm)

Todavía las noches de París.
Todavía la chica que se marcha.
Los viejos amores y las flores exóticas.
Los cantantes son todos lo mismo.

Todavía el cantautor que se atusa el pelo y se lamenta en un rincón.
Los muelles vacíos del Sena.

Todavía tú y tu vestido.
Perdidos entre el público
que había acudido a verme actuar.

Le has dado la vuelta a la canción del viejo Dassin... y
si crees que él no se ha dado cuenta...
es porque sí que lo ha hecho.

Todavía París y la lluvia.
El amor al atardecer y la buhardilla en Le Marais.
Los cantantes son todos lo mismo.

También el cantautor que has oído hace un rato
y la botella de absenta de Verlaine
son siempre los mismos.

Todavía tú y tu vestido, en un concierto
en un gimnasio de Boulogne Sur Mer
perdidos entre el público.

Todavía la noche de París.
Las luces verdes de los taxis.
Todavía la palidez de la mañana.
Los cantantes son todos lo mismo.

Pero hasta que se acabe el día
yo voy a continuar cantando, amor mío.
¿Acaso supone, eso, un problema?
No.


martes, 21 de febrero de 2017

SEVILLA LLOVIZNANDO


Sevilla lloviznando ¡qué cosa más bonita!

El día de mi doble cita: el viernes, lloviznaba en Sevilla. Había llegado el otoño, con toda su gama de pardos y ocres, para oscurecer los árboles. Y, con toda su gama de grises… malvas y sienas, para entristecer los cielos. A mí, el otoño no había comenzado a gustarme hasta hacía bien poco. Había necesitado sentirme, yo mismo, comedidamente otoñal para poder llegar a identificarme con el sosiego y la calma propios de la estación. El otoño era el colofón del verano y la antesala del invierno. Un lugar incómodo del calendario que había que saber ocupar con dignidad y convenía guiar a feliz término provisto de cierto sibaritismo, de un sutil decadentismo. Era el otoño, tal vez hasta por la influencia de la literatura, y porque en París, que es precioso, casi siempre es otoño, un tiempo para los artesanos, para los malditos, para los desencantados y los tímidos. Un bálsamo las neurasténicas. Y yo, de natural jovial y optimista, un tipo cuyas mejores amigas eran la música y la melancolía, iba sabiendo apreciar cada vez más al otoño conforme el tiempo pasaba por mi lado arrastrándome desde los barrancos del jolgorio hacia la dehesa de la ternura.


domingo, 29 de enero de 2017

CUESTION DE FE

(Judith Eisler)

"... yunar, me vestí y... para hacer tiempo... me entretuve mirando un mapa de Rusia. Siempre me había llamado la atención el hecho de que tras la proclamación de independencia de las -llamadas- repúblicas bálticas, un trozo de aquel  gigantesco país, fronterizo con Polonia y Lituania, hubiera quedado aislado del resto del mismo. Se trataba de un pequeño territorio abierto al mar, que en el transcurso del pasado siglo veinte había pertenecido asimismo, durante cierto periodo de tiempo, a Alemania.

 (Judith Eisler)

Cosas como aquella ocurrían a menudo, integraban el tejido elástico con el que se confeccionaba la Historia. Nada era inamovible, ni siquiera las naciones, y lo que hoy podía ser de una forma determinada, y de modo tan aparentemente justo y razonable que muchas personas estaban incluso dispuestas a defenderlo con su vida, mañana podía pasar a ser de otra completamente distinta, y hasta opuesta a la anterior, y existiría también, en este segundo supuesto, un buen número de hombres y mujeres capaces de morir por ello. A los seres humanos -siempre temerosos, siempre desvalidos- les encantaba adscribirse a una causa, una bandera, una ideología, para poder contar con un mito en el que creer. Y, yo, puestos a tener que confiar en algo que trascendiera a lo cotidiano, antes que en toda esa serie de asuntos que -sabía- accesibles, secundarios, incluso -como les he razonado- accidentales, prefería hacerlo en Dios, que era uno, era discreto y era eterno...".



lunes, 23 de enero de 2017

SÉ UN HOMBRE


".....los motores de las hélices, que, hasta entonces venían sonando armonizados junto al viento que ellos mismos levantaban en sus rotaciones, se pusieron a chillar con risas de hiena y el avión comenzó a cimbrearse. Uno de los muchachos afirmó, en voz alta, ver relucir relámpagos en el horizonte. "¿Es hacia allá a dónde vamos?" preguntó otro que se sentaba a mi lado, pegado a mí, a quién quiera que supiese la respuesta.

En esos momentos la cabina estaba en penumbra y… aunque nuestros cuerpos llegaban a rozar unos con otros… apenas si éramos capaces de reconocernos los rostros.

Una lucecita naranja irrumpió unos pasos más allá de mi lugar en la banca, destacándose sobre el fondo gris. El alférez retiró el cigarro de su boca y el pequeño punto de luz se diluyó de nuevo en las tinieblas.

"¡Cállense!" bramó entonces, su voz, por toda respuesta.

Estiré el tronco hacia delante y ladeé mi cabeza todo lo que pude hasta conseguir que una parte del hueco de la puerta quedara dentro de mi campo de visión. Mientras me afanaba en discernir… en la oscuridad… la luz de los rayos, intuí en el aire la inminente aparición de la lluvia. Esta comenzó de repente.

Una brusca sacudida en el fuselaje y una ráfaga de viento líquido se nos vino encima. Empecé a tiritar y rezar. Sonaron voces de alarma. Otro zarandeo. Otro. Murmullos. Algún grito. Se adueñó del avión el sonido del miedo.

"¡Tranquilos. Tranquilos, soldados. Dentro de un cuarto de hora habrá amanecido y les quiero bien vivos para entonces!" intentó tranquilizarnos el joven oficial.

Cuando el otro chico que estaba junto a mí me tocó la mano, no permití que me la agarrara. Sentí una ligera repulsión al percibir la humedad de sus dedos sobre mi piel.

"¡Sé un hombre…!" recuerdo haberle recriminado al pobre muchacho.